Por un sindicato que nos garantice nuestros derechos y preserve nuestra permanencia

La historia de El Elefante Rojo

Viernes, 07 de julio de 2023.- Yo nací con el impulso que traen los que vienen a imponer nuevos tiempos, con la energía de los renovadores, de los revolucionarios, de los bañados por la esperanza y los sueños de un pueblo que aspiraba a una mejor y más saludable vida, de los que traían la idea de que un mundo mejor es posible.

Me bauticé con aguas frescas y caudalosas que limpiaban las calles y refrescaban el ambiente, donde la alegría se desbordaba y surgía a borbotones por doquier.

Con olor de nuevos tiempos, de nueva vida que nace de las cenizas de lo viejo, de lo que ya pasó, de lo superado.

En ese ambiente nací y comenzó mi vida.

Mis ancestros eran blancos, yo no.

Mis ancestros estaban condenados a perpetuarse en la memoria de quienes los veían, pasaba el tiempo y no avanzaban en sus propósitos.

Su quietud era su movimiento.

Pasaba un mes, un año, más de un año, muchos años y todos seguían inamovibles, su naturaleza era la de los que no avanzan sino que están clavados en el tiempo, anclados a perpetuidad, apadrinados por la desidia, la corrupción, la complicidad y una ceguera selectiva que impedía cualquier avance.

Si, así eran mis antecesores, muy blancos, muy limpios, casi inmaculados, callados, silentes pero presentes y a la vista de todo el mundo, formaban parte del ambiente y la gente, de tanto verlos, ya lo consideraban normales, parte del paisaje cotidiano.

La sabiduría del pueblo los bautizó con el particular nombre de Elefantes Blancos y así se quedaron, pasaban de una administración a otra, de un gobierno a otro.

Bañados por tormentas de promesas y ofertas del consabido ya está bueno, se acabó, compromisos serios de los nuevos encargados de que ahora sí, ya basta, por fin serían superados, pero continuaban su lento devenir en el tiempo, a paso de paquidermos.

Lo que se hereda no se hurta, a mí y a mis hermanos nos pasa lo mismo.

A veces me pregunto si será una cuestión genética o a malos hábitos muy arraigados, a promesas que no pueden ser cumplidas por no poder violar la ineficiencia congénita que parece ser parte de nuestra naturaleza tropical o simplemente al hurto instaurado en esta, nuestra maltratada patria.

Harta de tantas promesas y de ofertas incumplidas.

Nací blanco o más bien moreno, mestizo y sin darme cuenta la piel se me fue poniendo roja, colorá, como si hubiese pasado todo el día en la playa sin protector solar.

Este pueblo, que como a muchos, le encanta ponerle nombre a las cosas, me rebautizó como Elefante Rojo y que si se fijan bien, poseo las mismas características que mis ancestros.

Que todo cambie, para que todo siga igual, decían, con pesimismo crónico, antiguos analistas de sociedades negadas al cambio y a la evolución.

Por favor, no más promesas y acepten de una vez y para siempre que somos parte de esta patria que nos vio nacer y que sin importar el color de nuestra piel, siempre estaremos presentes y rodeados de muros de silencio que protegen nuestra privacidad y por leyes que salvaguardan nuestra existencia.

Estamos en conversaciones, alrededor del país, con el propósito de formar un sindicato que nos garantice nuestros derechos y preserve nuestra permanencia.


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Luis Enrique Sánchez P.


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