Politiquería y mediocridad con signo de "clase"

Escribir sobre la estupidez y la inmoralidad militante en nuestra Venezuela, particularmente en referencia al medio predominante politiquero, es un penoso reto, una incomodidad por la fetidez, lo trillado, y hasta por la sensación de sentir que se está perdiendo tiempo, pero las circunstancias que estamos transitando lo imponen desde lo reiterativo, lo hacen insoslayable.

Vivimos una época de precipitación por los abismos de la histeria vocinglera, del relato sustancioso en falsedades y vilezas, cabalgando en delirios las afanosas nulidades, para abrirse paso hacia las marquesinas del poder, sueño de innumerables rebaños sedientos de sus 15 minutos de gloria, sin importarles en lo más mínimo cuan irresponsable y dañina sea esa conducta para con esta patria, donde la tragedia encontró su nido de serpientes. Para estos tránsfugas de las loables costumbres, lo importante es estar "al día" con las demandas de la sociedad inversa, de allí la construcción fatua, lo falsario, la cosmética del pensamiento residenciado en la apariencia, tugurio de la decadencia, adalides de la siembra de evasión. El ejercicio político en nuestro país nunca ha alcanzado la verdadera y profunda esencia, pero la politiquería ha rebasado sus propios límites.

La bufonería se ha convertido en la carta de presentación de los dueños, dueños de cada escenario oficial y político en general; los festivales banales, ferias de la lujuria, derroche de lo obsceno, inauguraciones de santuarios comerciales, del "llévatelo todo, llévatelo todo", se han convertido en razón de estado, mientras deambulan por la calle el hambre y la enfermedad, cabalgando trágicamente con la miseria, así como vanaglorian efemérides de la transculturización, con su carga ambigua y desconcertante, de la identidad sacrificada en las hogueras paganas anglosajonas del Halloween; paralelo a esto la religiosidad tramoyista, como espectáculo, constituyen el gran arsenal estupidizante.

Gobernadores, alcaldes y demás prototipos devenidos en comediantes burlescos, sin decoro compitiendo entre ellos por quien hace "más", para que la ciudadanía se olvide de sus diarias tragedias, anclándola en otra, la alienación. Toda una vendimia con las puertas abiertas al derroche de los recursos de la nación, en lugar de dirigirlos a su destino constitucional, social y justo, como lo es resolver las necesidades reales y sentidas de la población, aderezada todo esta batahola social, con la fanfarria entrando en escena a tambor batiente de los "sones" pegajosos y babosos del "arte" al servicio de la trivialidad, aletargantes oficiantes de una pléyade de mercenarios de la vocalización; una burda y lamentablemente efectiva estrategia para servir el plato soporífero de la escapatoria; ‘’distraer" hundiendo, vendiendo un cambio en mordaz glosa: "Venezuela se está arreglando", mientras el hambre atenaza, humilla, diezma, en tanto campean la enfermedad, el desempleo, la precarización a niveles alarmantes de las condiciones y el ambiente laboral, el costo inalcanzable de los medicamentos, el deterioro general de la vida, incluso su perdida por los muy deficitarios servicios públicos de salud, donde los insumos medico/quirúrgicos escasean o no existen y hay que comprarlos entre los mercenarios "emprendedores" del acaparamiento, comerciando en las inmediaciones de las áreas hospitalarias, con la mirada cómplice e indiferente de las autoridades sanitarias y de la seguridad pública, a lo que hay que añadir los especuladores hasta las alturas del desenfreno criminal, de los servicios privados de salud haciendo de las suyas, entronizados en la oportunidad, demostrando su mercantil barbarie e inhumanidad despiadada.

Ya no existe clase media, la sociedad se proletarizo y los proletarios de siempre, en caída libre, abismados más aun, en las penas y sus acentuadas carencias históricas, frutos de un sistema social genocida, implacable, que les hace llevar sobre sus hombros todo el peso de la desgracia, de las precariedades generadas por los acumuladores de grosera riqueza, la clase dominante, hasta colocarlos al borde de la literal extinción, pero sin llegar al caso, por necesarios, renovables cual noria de horror, ya que el capitalismo tiene en ellos su fuente de peculio y señorío.

En este panorama yermo de nuestra sociedad a la deriva, los serviles de las clases hegemónicas, trepadores de los muros resbaladizos del oportunismo y la devastación, han edificado su FUHRERBUNKER, su base principal, en la región central del país, escenario paradigmático, asiento viejo, pionero de la reversa histórica del gatopardismo con sobre maquillaje, donde ejercen estos testaferros, encomenderos de la minúscula y vieja godarria carabobeña, nostálgica, anacrónica, bañada en incienso, de miradas lánguidas implorando a las alturas que los aleje de la pobreza y las "negruras epidérmicas", como de todo bicho "marginal", solazándose en el pasado mantuano, igual que sus descendientes, los nuevos godos del "aquí nadie se rinde", pródigos vástagos de idénticos y maculados arrebatos monárquicos…"Valencia del Rey", trasmutando a Fernando VII en Felipito VI, añorando escudos de armas y blasones, con el ropaje actualizado de mercachifles, contratistas, "emprendedores" de elevado coturno y bajo catre, pero exigentes, demandantes de sus pendones a imagen de la reserva federal, derechos estos de pernada monetaria y sobretodo adulada, por los nuevos firmantes de la cosiata, quienes muy diligentes y serviciales se esmeran en prodigar agasajos, espacios "majestuosos" para sus encuentros y solaz, exclusividad del acatamiento a domicilio como buenos súbditos de lo troglodita.

La gobernación de valencia fue trasmutada tempranamente, como se dice coloquialmente, en el "espabilar de un mono", sin chance para respirar, en una Quinta Vergara cualquiera, asiento de Baco en su mejor versión, donde gobernar es gerenciar espectáculos, una agencia de festejo pues, espacio de las mil flautas de hammelin para alejar la conciencia ciudadana de la criticidad, de la lucidez, del " darse cuenta", producir una embriaguez de falsa prosperidad y felicidad desbordante, evasión absoluta que no le permita a la ciudadanía luchar, abogar por sus derechos, exigir calidad de vida, pero el flautista no solo quiere inducir somnolencias y control social, también espejismos para perdurar y lograr sus ambiciones personales, aletargando mientras la carencia campea, los estómagos vacíos runrunean, la insalubridad gana terreno a la vida, la salud pública se bate en estertórea retirada, la escolaridad se hace más y más precaria, la pobreza se acentúa la inseguridad se desborda; el flautista además sabe de cosmética y es prodigo en favores con sus congéneres ideológicos y muy dispendioso en entelequias para el pueblo.

Otro tanto pasa con la alcaldía valenciana, gemela en andares de su socia mayor, la gobernación, de igual talante cual quinta Esmeralda, de show en show, retorica, panfletaria, con el discurso vacuo como instrumento político, en incondicional sargentería, ‘beata" muy preocupada por la jerarquía curial militante y sus onomásticos, hipócrita democratizadora de la fe y del arte, o lo que es peor cultora sin cultura de lo que considera arte, cuyos rudimentos solo le llegan a la valencia de las pasarelas y el mandibuleo, mientras para el pueblo sans-culottes, el bochinche de plazoletas como mueca de la "cultura" para "todos"…es impresionante ver las invitaciones a las galas de óperas al mejor estilo de lo decadente, para regocijo de la valencianidad "linajuda", reinvindicada, mientras los prohombres y mujeres de la "revolución", hasta ayer acérrimos cuestionadores de la "burguesía", hoy son sus orgullosos adulantes, imitadores, desfilando en un espectáculo bufo de vergüenza ajena; más que patéticos verlos a ellos ataviados de levita o frac, que delatan desacostumbre y a ellas con sus largas túnicas o vestidos griegos posando para el selfie, buscando la instantánea mágica, la misma que cuestionaban por banal; pero allí todos, en orden cerrado, con sus pecho de paloma y marchar pretoriana tras sus alter egos.

Las mentiras y la manipulación son los pilares del templo de donde salen los pregones, las letanías huecas que en cadena recorren al país, pretendiendo esbozar grotescamente, el que no queremos, pero tal país, cual maldición bíblica padecemos, donde los tartufos unos y otros, se enfrentan a diario, esgrimiendo sus cargas de ignominias e irrespeto por la ciudadanía, compitiendo por sus favores, los que pretenden lograr desde el carnaval, el descuido, la entrega en brazos de la necesidad, desde el espectáculo e indiscutiblemente desde la hipocresía.

Desentrañar el porqué de tanta vocación; en la eficaz estolidez, injusticia y crueldad en cuanto a las vivas esencias del establishment; de estos "señores", forjadores descollantes, paradigmas de los antivalores, solo sería posible; en caso de que lo fuese; realizando un titánico esfuerzo por hacer inmersión en los laberintos tenebrosos e insondables, asiento del desvarío, la aridez moral e inconmensurable deuda natural, en cuanto a integralidad cromosómica, y aun así los afluentes de la frustración anegarían el intento por la muy difícil tarea de encontrar explicación a tanta iniquidad.

Es indiscutible que procurar explicaciones de las desvirtudes de los inefables arrebatadores de destinos y esperanzas del pueblo, en la precariedad escolar, académica, en la historia, en una mala digestión o una noche de insomnio, en la hipoxia cerebral, la maldición gitana o en un rayo criminal lanzado desde los predios del empíreo con puntería certera a la testa, o en la ingesta de una hostia de pan viejo, constituye un ejercicio de nutrida retórica complaciente, en afán indulgente para con la piara en cuestión; las razones se asolapan en el liberalismo burgués, la sociedad de consumo y de grosera acumulación de capital, guiada y protegida cual niños de la mano de sus progenitores, por la falsa democracia, demagógica, gatopardiana, negada al pueblo,

Las sendas de la estupidez y la concupiscencia en nuestro país, son las rutas libres, expeditas, hacia mamotretos destartalados como el estado actual, que birla las reglas del pudor social y exalta la manipulación deleznable. Indudablemente a título de algunas salvedades. La estulticia por supuesto va en bajel apresurado por las turbias y generalmente mefíticas aguas de las redes, de las instituciones, del establishment, de la psicopatología del poder, dejando su reguero de nomenclatura implacable, ambiciosa, huyéndole a la verdad, a la justicia, escondiéndose tras la retórica y ahogándose en deshonestidad.

Para complementar el repugnante cuadro sociopolítico que se enseñorea a lo largo de nuestros confines nacionales, vale señalar la muy lamentable vocación y elevada cantidad de "peones del veneno", vertiginosos vocalistas onomatopéyicos del cotorreo plumífero, clarines convocando a las noches y como tales perdidos en sus propios balbuceos y pensamientos, haciéndole el trabajo a la destrucción, a las pestilentes aguas desbocadas por nuestra geografía; es este nuestro panorama, nuestra topografía nación, hecha trastos, reguero desordenado, chatarra humeante y desolación, por la acción de la insania depredadora de los mismos rostros, del mismo y pírrico valor bajo idénticos ropajes que simulan diferencia.

Atravesamos por momentos donde la conciencia esta acorralada por el temor, la verdad se esconde entre los pliegues de la indecisión, la conveniencia y la indignidad, decapitando la decencia, la esperanza, el logro de la verdadera democracia, los decididos intentos por elaborar tejido social humanístico. La misión reaccionaria es hacer de lo extenuante, lo obstaculizador, el desaliento, la razón de ser de lo pérfido.

Esa comparsa de victimarios de sueños, la conforman los tristes despojos de una clase política fallida, aviesa, en tenaz obstinación por sofocar los gritos, el coraje y demandas del pueblo, problematizando así los caminos del ascenso histórico, aferrándose a las trompetas de Jericó y los cantos de sirena de una pequeña burguesía trepadora y sin recato.

No se hace revolución verdadera sin radicalidad transformadora de lo vetusto instituido, no se hace revolución desde las complacencias coquetonas y la impudicia acomodaticia del reformismo gatopardiano, en su eterno papel de camino truncado, de liviandad vocacional.

Es imperativo el encuentro en si misma de la izquierda; la histórica, la heredera de tantas luchas, fragores y sueños, la incansable, la hija del humanismo autentico, la lucida, desprendida, la que por encima de todo es sensible y solidaria, estudiosa, sacrificada, borracha de justicia sin cortapisas; para juntar los hombros con los condenados de la tierra, cual grito de Frantz Fanon…

Emiliano Villa.

 



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