La felicidad paradójica un espejismo en la formación académica

Formarnos académicamente persigue el propósito cultural de prepararse para posicionarse en el mercado laboral con buenos ingresos y gozar de un poder adquisitivo cónsono para alcanzar un estatus de confort en una sociedad determinada. Visión que por diversas razones escuchamos dentro del contexto que nos tocó vivir. Los estudios universitarios conocidos en su momento como superiores indiscutiblemente persiguen un objetivo desde las políticas públicas, la familia, los empleadores y la individualidad. Sin embargo, intentando expresar teóricamente y con un grado de objetividad la formación académica desde la infancia debe fortalecer la cognición del individuo con la finalidad de superar obstáculos como el prejuicio y el desempeño plausible de un buen ciudadano. Debería ser vista como el soporte que nos permita ser mejores seres humanos y reconocer con respeto la diversidad que rodea la vida misma. De lo contrario, el deseo de aprender y comprender se verá nublado.

La función de la educación es tácitamente transformadora es una influencia innegable considerada como una acción poderosa que induce a actuar. Incluso de allí el hecho de que esta haya sido utilizada por siglos para fines de dominio y no para liberar al ser. Se escucha con frecuencia que estudiar es sinónimo de tener dinero. No obstante, la historia contemporánea ha llevado a la desilusión de la juventud. Pues, para consumir hay que tener dinero y este ente remunerativo se consigue a la brevedad sin estudiar en algunos casos, afirman muchos; no se logra ver con claridad la distinción entre adquirir objetos materiales y formación. Los canales y medios de comunicación masivos han sido portavoces de mensajes que dirigen la manera de pensar. Y, dentro de estos se complementa una educación ávida que propicia un valor desmedido a los bienes materiales. Tristemente observamos personas que aunque hayan estudiado no leen ni escriben bien, el fin era el título académico como otro objeto más y por poseer teléfonos de marcas reconocidas u otros recursos materiales asumen que eso es progreso.

La felicidad se ha vinculado desproporcionalmente con la abundancia de posesiones materiales y generaciones tras generaciones hemos escuchado esto desde incluso el propio hogar. Ello debido a la repetición constante de creencias heredadas como por ejemplo estudiar para ser alguien. Se observa una balanza propiamente no calibrada, los productos que se pesan están contaminados y el dueño de la balanza con criterios distorsionados sobre el concepto de lo que es una acción honrada. En acción tres elementos manipulables, la balanza alterada, los productos de mala calidad y el vendedor ávido solo de vender. Evidentemente se nos ha ofertado la educación desde muchas distorsiones. Ahora bien, centraros en resultados quizás poco consultados por algunos sectores pudiera indicarnos qué está sucediendo, ya que estos paradigmas errados o no según las visiones personales pareciera que no están satisfaciendo a toda la población. Según información publicada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pese a los progresos, cada 40 segundos alguien se suicida y el índice proporcional no es precisamente de países pobres.

¿Ha impedido la educación, el consumismo o el hiperconsumismo que personas acaben con su vida? Veamos otros datos publicados en sitios oficiales donde la tasa de suicidios estandarizada por edad correspondiente al año 2016 fue de 10,5 por 100.000 habitantes. Y, la variación fue exponencial de un país a otro, es decir, desde 5 suicidios por 100.000 habitantes a más de 30. Muy a pesar de que el 79% de los suicidios en el mundo se registraron en los países de ingresos bajos y medianos ingresos, la tasa más elevada de 11,5 por 100.000 habitantes correspondió a los países de ingresos altos en los cuales se suicidan casi tres veces más hombres que mujeres, en contraposición con los países de ingresos bajos y medianos, en los que la tasa está más equiparada. Indicando el mismo ente que el suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, después de los accidentes de tránsito.

El asunto de vivir satisfechos o no parece que nos es directamente un asunto de logros académicos y de ingresos sino más bien de saber digerir cada idea que conlleve a un comportamiento saludable del colectivo. Los espejismos convencionales han resultado una adjudicación sin óptimos resultados en el desarrollo cognitivo de la sociedad. La salud física, mental y emocional trascienden las vanidades que nos han impuestos o nos hemos impuesto en algunos casos. El mercadeo y sus diversidades de técnicas atentan contra el sentido normal de certidumbre que demanda un ser humano. Creer constantemente que estamos desinformados o desactualizados en conocer la variedad de dispositivos electrónicos, programas computacionales, técnicas de relajación, películas, canciones, eventos, redes sociales y afines contraviene desde todo punto de vista la tranquilidad del ciudadano ya que se alimentan deseos más que necesidades y como bien escribió un poeta nuestras necesidades son pocas y nuestros deseos infinitos.

Desde otra perspectiva, se pudiera pensar u objetar que esos bienes y servicios emanan de la preparación o formación académica, lo que resulta cierto. Sin embargo, utilizar lo que sabemos por ser autodidactas o profesionales no estamos exentos de ser víctimas útiles a los intereses egoístas de otros. Ya que los productores de la mercadotecnia también se convierten en víctimas de las exigencias de un patrón, capital y colectivo que rápidamente se aburre, deseando más y más cosas novedosas, más dinero, mayor inversión. Todo ello quizás a una velocidad superior a la oferta-demanda, para finalmente caer en el mismo círculo de infinitas insatisfacciones. Ante estas realidades me atrevo a aseverar que la educación debe responder a educar nuestro sentido de saciedad desde la tierna edad y el equilibrio como punto de partida de cada área del saber. Lo que demanda contenidos seleccionados para direccionar el pensamiento que logre construir una sociedad estabilizada desde la conducta emocional hasta la toma de decisiones congruentes con las realidades del ser humano y a favor de su contexto que forma parte del TODO como sistema social preservando la vida como indicador principal del verdadero desarrollo.

Los espejismos académicos están en la obligación de desaparecer y replantearse desde la docencia, la investigación y la extensión universitaria. Revisar las bases del saber y con honestidad dar respuestas a interrogantes como ¿para qué investigo? ¿para qué estudio? y ¿para qué enseño? Todo contenido y toda área del saber debe formar y resaltar la humanidad del humano, valorarla por encima de lo material. Desmontar desde esos escenarios la ovación hacia el ego que se convierte en el blanco perfecto de los mercadólogos, pues estos conocen que las emociones influyen en el consumidor. De ahí que tanto la publicidad como los establecimientos comerciales estén diseñados para despertar las emociones, razón por la cual se debe aprender y enseñar a comparar las promesas publicitarias con la realidad lo que incluye incluso afirmaciones como que se debe estudiar para ser superior y competir con otros seres humanos; la competencia ha sido el elemento solapado y detonante de las grandes guerras del mundo.

Evaluar constantemente los resultados de la conducta humana debe ser un ejercicio de la educación en todos sus niveles incluida la informal que emana desde el hogar. La felicidad mercadeada nos ha llevado a cometer muchos errores como fomentar un estilo de vida que no nos hace desde el interior realmente felices. Conocer y dar a conocer las estadísticas sobre la de venta de ansiolíticos, antidepresivos, hipertensivos y medicamentos similares se han disparado en los últimos años lo que indica que existe una parte importante de la población que no está saludable y por más avances tecnológicos impresionantes tenemos una sociedad jadeante de respuestas y estabilidad en el interior.



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