La supervivencia del indígena sin WhatsApp

Porque yo no quería seguir siendo el hazmerreír del grupo, y todos estaban en línea con la frivolidad que te hace matar cada suspiro del tiempo, sin saber dónde yacerá la esperanza que perdió a sus dioses, que vomitó a sus hijos, que clausuró a la vida fértil.

Y tuve que sufrir el desprecio de mi prójimo, porque no podía ser como ellos deseaban que yo fuera, y fuera de mí había un espíritu indómito en la tierra, que sacudía el polvo mesiánico de vivir un sueño que no despierta, porque quien hoy escribe la perfidia de la mentira capitalista, ayer perdió el destino en la palma de su mano más desangrada.

Es como perder la dignidad cada vez que revisamos el estado, sabiendo que la sabiduría se perdió por tanto aborto mundano, y no quería despegar mis ojos de la pantalla, porque la indígena buscaba la vista de mi bisabuela, pero yo vendí a mis seres queridos por un par de cotejos azules, y me estoy ahogando como un feto salado de Sinamaica.

Y el teléfono una y otra vez repicaba y replicaba en el palafito, porque el sábado no se puede trabajar en la ardiente leña judía, pero porque ya no hay peces limpios en el río convertido en derrame de petróleo, ahora el sábado no se trabaja por culpa del éxodo amazónico, y yo no puedo verme en el espejo de una laguna tan sucia como mi alma.

Porque yo rechacé la llamada del buen juicio, y el cacique esperaba que yo fuera valiente, que yo fuera aguerrido, que yo no me fuera de la tribu sin antes pelear la guerra descalza por amor a mi raza, pero fui muy cobarde, fui muy egocéntrico, fui muy ignorante, y me olvidé del brazo aborigen que llevó mi sucia canoa a buen puerto.

Somos tan étnicamente desgraciados, que a veces me pregunto para qué seguir sobreviviendo en un sofisticado Mundo, donde nadie sabe qué pensamientos pasan y resbalan por nuestras perversas mentes, porque tal vez la Piedra Kueka sea una ridícula roca de gente anormal venezolana, pero esa ancestral y patriótica piedra no es algo más anormal y ridículo, que ver tus dedos obsesionados por tocar el mejor sticker yanqui.

¡Qué verga más arrecha es la transculturación!

No puedo creer que mi amor nació de un chat, y es cierto que ordeñar vacas no es labor que reivindique el legado del pueblo originario, pero es mejor ordeñar una vaca y hacer el amor como Dios manda, antes que activar los mensajes temporales desde la oficina del banco, donde siete días no son suficientes para aprender a ordeñar a una sucia vaca.

Mi querido hermano de sangre, yo sé que prostituí la decencia de tu guayuco, porque tu Diablo danzante de Yare era demasiado alto por el norte, era demasiado idólatra por el sur, era demasiado pagano por los cuatro costados, y solo el Diablo sabe que te comí la cremallera con tan solo verte llegar por la espalda, pero he allí el gran problema de una maldita y capitalista Humanidad, que gasta bastante plata para comprar la mejor póliza de seguros del mercado hispano, sin saber que la amarga cruz de su gloriosa muerte existencial, lleva más de dos mil años perfectamente cifrada de extremo a extremo.

Qué ganas tengo de botar ese teléfono a la basura, qué ganas tengo de salirme del grupo sin pensar en la vergüenza de salirme del grupo, qué ganas tengo de volver a respirar como un yanomami libre y sin ataduras, pero hasta mami espera que yo le pida la bendición desde el virtualismo del grupo, y aunque me duela reconocerlo, yo también espero que mami me otorgue su santa bendición desde el virtualismo del grupo, porque los ciudadanos hispanos perdimos el mestizo amor eternal de nuestra Pachamama.

Dicen que es de mala educación rechazar una invitación, pero cuando la mundana invitación huele a capitalismo salvaje y hiede a etnocidio venezolano, entonces será mejor practicar la descortesía y rechazar la mundana invitación social, porque no hay nada más triste que ver a un indígena pemón muy molesto, porque la indígena Wayuu que es su cibernovia, decidió bloquear el número telefónico de su antiguo cibernovio.

La continua sobrepoblación y urbanización de los espacios geográficos hispanos, obliga a que los indígenas descubran tremendas tecnologías de consumo masivo, que perjudican el patrimonio cultural de sus pueblos originarios, y aunque el indígena no necesita un teléfono inteligente para reconocer su propia inteligencia en el planeta Tierra, no hay duda que la constante intromisión del consumismo tecnológico en sus territorios nativos, terminará convirtiendo a las redes pesqueras en las redes sociales.

Porque un día no muy lejano, el Tarzán de Disney será el mejor becerro de oro de los indígenas latinos, porque si hasta la impenetrable Petra de Jordania sucumbió con el paso del tiempo, entonces yo me pregunto cómo la desértica y penetrable Guajira colombo-venezolana, no sucumbirá ante la injusticia social que se comparte con una Coca-Cola bien fría, pero que jamás se denuncia en las calurosas calles de la sequía.

Porque la notificación que recibe un indígena, es rendirle culto a la madre que parió con arcilla y es rendirle culto al padre que educó con manglar, siendo las dos mejores notificaciones que realmente debemos recordar en la vida, para no olvidar que somos polvo de maíz orgánico, que somos árbol Araguaney, que somos orina de cunaguaro.

Pero el sonido de libertad y democracia que emana una notificación indígena, es muy distinta a la notificación de violencia y dictadura que emana una notificación capitalista, para que el esclavo trabaje rápido, de mala gana y a los trancazos, porque no hay amor por la arcilla, no hay amor por el manglar, no hay amor por la dignidad.

Yo no deseaba agregarte como nuevo contacto, porque después de tanto contacto sexual entre ambos, definitivamente usted fue mucho más que un nuevo contacto de mi red social, porque mi intención siempre fue exaltarte como mi olvidadizo chamán de primavera, y aunque nunca supiste qué significaba Qoheleth, yo siempre supe que nada nuevo se escondía bajo el sol, y porque todo es vanidad, te envainé dentro de mi vida.

Usted me juró el 30 de abril del 2021, que mi vida cambiaría la fea pobreza por el bonito porvenir, pero llegó la ansiedad de mayo y aprendiste a silenciar mis notificaciones, para no sentir culpa por un juramento echado a la basura, y aunque el azulado cielo andino fue testigo del beso de tu juramento, al final del drama, solo una captura de pantalla y una nota de voz, son capaces de recordar la mentira del mirador.

A veces quisiera exportar tus embustes a la nube, pero el buen indígena vive con la cabeza en el cielo y con los pies en la tierra, hasta que Jesús Miguel derrote al maligno.

Tanto me acostumbré a la hipocresía del Mundo, que terminé perdiendo la paz, acabé perdiendo mi salud mental, finalicé perdiendo mi camino, y ahora me siento como un maldito androide psicópata, que odia saber que estás en línea, porque me matan los celos, y yo no sé con quién estás en línea, no sé con quién estás en la cama, yo no sé nada, y me arrepiento por no haber ordeñado a la vaca, y me arrepiento por no haberte robado más besos, y me arrepiento por traicionar a las frías montañas de Mukumbarí.

En el principio, nuestras dos azuladas marcas de cotejos en el Universo, demostraron que el doble chequeo azul, era la irrefutable prueba de un amor sin reservas.

En el transcurso, nuestras dos grisáceas marcas de cotejos en la Tierra, demostraron que el doble chequeo gris, era la irrefutable prueba de un romance expirado.

En el epílogo, mi solitaria y grisácea marca de cotejo en Venezuela, demostró que el simple chequeo gris, era la irrefutable prueba de un suicidio por la ventana.

El teléfono celular del indígena solo debe escuchar la voz de Gaia, pero por culpa de mis caprichos mundanos, convertí el dialecto del indígena en una cosa social muy mala y depravada, que ya no puede descansar por la noche y que ya no puede dormir en la madrugada, porque el cliente australiano desnudará el guayuco con su cuenta PayPal.

Ahora yo quiero vengarme de la nueva idiosincrasia del indígena, porque empezar a usar una red social será promesa de futura venganza, porque la esencia del capitalismo salvaje es la venganza entre sus depredadores, y somos capaces de cambiar la mentalidad de un sano pueblo originario, para vanagloriar a nuestra inmundicia urbana.

Ahora yo no puedo ver los ojos del indígena, porque lo vendí, lo prostituí, lo cambié, y ahora solo puedo masturbarme con el recuerdo de un par de brillantes ojos, que aunque ya habían recorrido cincuenta veces el sol mapuche, me demostraron que es posible ser un hombre cincuentón con ternura de corazón, con humildad y con ingenuidad moral.

Es tanta la nostalgia y el remordimiento, que tal vez compre un nuevo chip y desde cero empiece la relación, aunque cuando te recuerde el juramento de la ley dominical, seguro que sabrás quién soy, así que mi querido hermano indígena, lo mejor será olvidarme de ti, así como usted se olvidó de la arcilla, se olvidó del manglar, se olvidó del sábado, se olvidó del adventismo, se olvidó de la corbata y se olvidó de mi amor.

Yo nunca te pedí que fueras Alejandro Magno, yo nunca te pedí que usaras WhatsApp, yo solo te pedí un poquito de amor, pero la ciencia y la religión son armas incompatibles, y para sobrevivir en Mérida primero hay que supervivir en la Tierra.



Esta nota ha sido leída aproximadamente 360 veces.



Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

Visite el perfil de Carlos Ruperto Fermín para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes: