Participación, consenso y debate

 
No es una tarea fácil plantearse -como solución a la crítica situación que agobia a la mayoría de la población de Venezuela- la participación, el consenso y el debate entre los diversos sectores políticos y económicos que se disputan (desde hace dos décadas) el control del Estado; lo que debiera realizarse sin mucha dificultad, dadas las expresiones públicas de cada uno de éstos de querer trabajar desinteresadamente en función del bienestar del pueblo. Pero la voluntad de compromiso, digamos patriótico, que esto exige de quienes lo promuevan y participen en el mismo, parece ausentarse si solo se presta atención al discurso emitido y al deseo de lograr y mantener una hegemonía absoluta e incuestionable. Además, debe tomarse en cuenta el hecho cierto que una parte de la oposición de derecha y/o antichavista está conectada a los intereses geopolíticos y económicos defendidos por Washington, lo que entorpecería cualquier posible avance en tal sentido.
 
Lo anterior serviría de base para aseverar que se produciría un diálogo de sordos, lo que repercutiría en la actitud desconfiada e indiferente que los sectores populares mostrarían hacia quienes ejercen -desde ambos bandos- la dirigencia política del país, creándose una realidad nacional con poco apego a la institucionalidad que haría de la democracia participativa y protagónica un concepto vacío, sin sustento alguno. De ahí que los sectores llamados a concretar la participación, el consenso y el debate con que se iniciaría la recuperación de esta Patria Bolivariana deben estar dispuestos a deplorar posiciones y a honrar los compromisos adquiridos en este proceso. Sin embargo, no puede dejar de mencionarse que todo esto trasciende cualquier acuerdo factible entre élites. Venezuela no es la misma de 1958 cuando se suscribiera el pacto de Punto Fijo, con exclusión manifiesta del Partido Comunista y de los sectores populares, conformándose así la base de la gobernabilidad de este país durante cuarenta años consecutivos. Ahora existe un pueblo más consciente de sus potencialidades democráticas y poco dispuesto a ceder los espacios y derechos conquistados al amparo de la Constitución de 1999, cuestión que debe garantizarse en todo acuerdo nacional.
 
Asimismo, debe haber un rechazo compartido respecto a las acciones violentas que trate de desencadenar la extrema derecha, con apoyo extranjero, en algún momento, en vista que las mismas solo contribuirían a profundizar el estado de crisis en que se encuentra el país. La idea central que debieran enarbolar y respetar los participantes de este proceso de participación, consenso y debate nacional es encauzar a Venezuela por la vía democrática y fortalecer el estado de derecho, depurar las diversas instituciones que conforman el Estado, implementar una economía cuyo centro sea el bienestar colectivo y adecuar la legislación vigente a la realidad o, por lo menos, emitir una legislación transitoria que sirva efectivamente para solucionar algunas necesidades y problemas puntuales. Todo esto acompañado por la organización y la acción de un poder popular suficientemente autónomo, capaz de protagonizar y de promover los cambios requeridos, lo que tendrá que repercutir en todos los campos de la vida social venezolana; sin éste, toda iniciativa del Ejecutivo Nacional y los sectores políticos y económicos que lo adversan funcionaría sin una base fundamental como lo es la clase trabajadora, en su doble carácter de productora y consumidora, lo cual exige que ella disponga de un poder adquisitivo que no sea rebasado por la inflación desmedida, inducida por la falta de controles gubernamentales eficaces y el interés de algunos grupos, incluyendo a gobiernos extranjeros, de acabar con la economía interna.
 

Con todo lo anterior presente, el efecto inmediato de este proceso de participación, consenso y debate que se escenificaría en suelo venezolano no podría ser otro que una actitud más tolerante entre todos los actores políticos, económicos y sociales que allí participen, generando aguas abajo una actitud semejante que facilite alcanzar los objetivos trazados. De igual manera, habrá que analizar y relanzar periódicamente tales objetivos, a fin de evitar su eventual estancamiento, retraso o desviación, perdiéndose así todo esfuerzo; lo que desbordaría la situación presente, con consecuencias impredecibles.



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Homar Garcés


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