La sal de cocinar

—En este arrabal lo más barato que había era la sal.

Sí, esa misma. La sal de mesa o de cocinar.

Aquí nadie se preocupaba por ese condimento o como se le llame.

Era la menor de las preocupaciones.

Porque para eso estaban la salina de Araya y la de Las Cumaraguas. Aquellas mismas que dijo el cantor «del lagrimear». Que son las más conocidas.

Debe haber otras muchas más.

Le voy a decir camará y no me lo va creer.

—En este estero cualquier cosa es creíble.

Ya nada sorprende.

—Me fui al Mercado de Quinta Crespo a comprar un paquetico de sal.

Pasé por un local y había. Pero era quilada y no me confié de esa.

—¿Y por qué?

—Usted sabe que hay varios tipos de sal, y no sabe de cual le están vendiendo cuando viene así empaquetada.

—Eso es verdad.

Hay sal de cocina, para queso, industrial, para animal. Sal pa´ allá, sal pa´ fuera, sal de Miraflores, sal del cooperante y así siga hasta donde usted quiera.

—Sin guachafita, pero esa es la pura realidad.

Bueno, como le iba contando.

Esa quilada estaba en las afueras del mercado, me zumbo pa’ dentro para conseguir una que tenga marca por lo menos.

Y veo en el primer puesto que me encuentro una sal marca «Bahía». Y pregunto ¿A cómo tiene la sal? A 25 mil, me respondió el muchacho. ¿A cómo? Volví a preguntar. A 25 mil, repitió.

Será que he oído mal. Y no quise insistir. Para no parecer mal educado.

Lo cierto es que sigo caminando y mirando los precios de la sal y muy cierto la sal «Bahía» cuesta 25 mil. En algunos puestos estaba más barata, pero no bajaba de los 20 mil.

—¿Y la compró?

—No, que va. A ese precio cuando llego.

Ahí me dije, será que me toca cocinar y comer sin sal.

Eso va a ser como los discursos del de Miraflores, como un sancocho sin sal.

A diablo, me dije.

Seguí buscando hasta que conseguí una sal marca «Cristal» a 6 mil sober-anos.

La más barata, de ahí pa´ bajo nada existe.

Esa que compré dice que la empaquetan por la vía de Quisiro. Refinada con yodo y fluor.

Yo me pregunto, ¿será que esa sal «Bahía» la trajeron de Noruega cuando estuvieron dialogando allá?

Y deben haberla traído en primera clase. Por lo menos.

¿Por qué esa diferencia de precio tan grande? ¿Qué tiene aquella que no tiene esta?

Si aquí a nadie nunca le ha importado la marca de la sal. Eso era irrelevante.

Sal es sal. De Oriente o de Falcón.

—Eso es para que usted eche una mirada revolucionaria.

¿Y compró la sal?

—La de seis mil, es la que compré.

Con qué se sienta una cucaracha.

Pero no entiendo la diferencia de precio.

—Y para qué quiere entender.

Le van a dar algún Nobel si llega a entender.

Usted no ha visto que en la calle rueda el billete parejo. ¿De dónde sale?

Si aquí todo está paralizado. Pero hay billete.

Conozco un parquero, de esos que están en la calle, que me comentó que todos los días se lleva para su casa cinco dólares, gente que le dice «no tengo efectivo, toma un dólar».

Y usted preocupándose por entender el precio de la sal.

No pierda tiempo en eso.

Vea a ver cómo consigue para comprar un kilo de carne y echarle sal. Porque seguro que esa sal es para el arroz, la lenteja y los espaguetis blancos de la caja CLAP. Eso no es vida.

Allá viene la camionetica, nos vemos luego.

Y le dijo: Por ahora, apriete.

 

 

 



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Obed Delfín


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