El regocijo por una vivencia compartida

¡Vaya emoción! Después de navegar en un mar de imprecisiones, sobre olas inciertas, a través del tiempo: arribo hoy 12 de junio de 2019 al campo existencial de los ochenta años de vivencia compartida. Por la, que, continúo girando en la ruleta de los acontecimientos imprevistos del día a día: amparado por ese cielo azul encajado de nubes pasajeras que nos rodean como un pasatiempo ilusorio, al que me entregué a aprender y enseñar sin, descubrir siquiera, a qué vine a este mundo. ¿Cuál nuestra misión o, acaso es un simple devaneo? Lo cierto es que no me impacienta, pero que sí, me gustaría saberlo y, llevo años pensando en eso, y no hallo una respuesta adecuada que en sí me consuele.

Sin que nadie me alabe, me juzgo, y me planto en un sentir de tranquilidad. He practicado con confianza: hacer el bien sin mirar a quién, y todo lo que he emprendido en esta vida, ha tenido, un final feliz. No le deseo a las personas lo imposible de lograr, pero, critico a los que se apoyan en Dios para mentir y engañar. Mientras, de ese atrás compartido de mis años: retengo mi diminuto mundo que, como oculto: cabe en mi pensamiento que, no es fácil olvidar el pasado como rastro de un persistir sin amaestrarlo, y aun bien considerado que, ayude en algo: a tantos seres humanos, que detrás de mí, vienen cuesta arriba a morir de vejez.

Eso de decir que somos la tercera edad, es un camuflaje de la sociedad, que no encuentra cómo deshacerse de esa ignominia ancestral de que, los jóvenes pierdan su potencialidad, por lo que, es oportuno considerar, como si ellos no pretendieran llegar al protocolo de ese desencanto, por lo que es preferible que de una vez, nos digan viejo, lo que a mí en particular me molesta, es, sobremanera cuando, nos tildan de abuelitos, escaramuza sentimental que la cubren con esa dulzura tan estúpida en vez de llamarnos, viejos. Porque, si sinceros somos: nadie quiere llegar a viejo, viejo para qué, ¿deslucir y opacar a la juventud y a la memoria?, y, además es, una distracción dentro del quehacer diario de la familia que quita tiempo y suma preocupación y, la indignidad de las personas mayores que, no saben actuar, ni guardar su compostura de su edad, me molesta.

Gateando y después caminando a encontrarme con la agridulce vejez sin ninguna táctica, ni guía: no me fue nada fácil recorrer los diferentes escalones existenciales. Ni de primera mano: aprender a vivir, seguir adelante, dejar el pasado. ¿Quién lo sabe que me pueda responder? Una ilusión disimulada, o, una mala jugada de la vida de pagar los errores cometidos como tropiezos por afrentas de inseguridad, tal vez. No, no va conmigo. No soy indigno por el dolor ajeno y, pensar que cuando la partera, Basilisa Marín, me sacó al mundo con dos nalgadas y, al cortar mi cordón umbilical con el diestro bisturí de su afilada uña del dedo índice: lloré, pero por la tempestad de hambre que pasé por nueve meses, que dejaba atrás en el pueblo donde nací en un petate: crujiente de sol, malacostumbres y miserias, que me hicieron adicto a llorar con más postín como actor al mismo tiempo, para que, me dieran de mamar de inmediato, es decir, descubrí, el efecto de la acción-reacción desde niño.

Amo a las mujeres, las he amado y me han amado, y las seguiré amando con toda mi libertad que, no dejaría de vivir mientras haya una, que me sonría. Crecí -con los ojos azules, de poca carnes, blanco y risueño- y en aquellos años de mi inocencia: lo más que me daban de comer a diario eran: topochos maduros asados, atoles y, a veces crema de arroz, leche de vaca muy poco, y después pescado y arepa. A los dos años de nacido fue que mi progenitor se dignó conocerme (estuvo perdido) y esa misma noche soltó, al decir a mi madre: -si este carajito no te sale bueno, me lo das, y me lo llevo a Los Caños, a cambiarlo por una fanega de maíz amarillo. Palabras que se grabaron en mi memoria y no olvidé jamás.

En mi adolescencia en el pueblo: fui vendedor ambulante de empanadas, de conservas, de turrones, de heladitos, y a los catorce años, me atrapó: un afán de soñador sin porvenir al aceptar que, me pusieran a trabajar como castigo, por haber dejado la escuela hasta el cuarto grado, ¿y qué más podía hacer, si la misma maestra de quinto grado me "quebró" en dos escuelas diferentes? ¿Vainas, no?, y desde los quince años, escondido fumaba y me metía tres borracheras al día con tres tragos de ron Chelía (mi tío), y me vestía a la moda obligada de pantalones rotos que, no eran de marcas como ahora.

Y como inquietudes de la vida misma: me enamoré a los dieciséis años, de una joven estudiante de bachillerato, por la que comencé a pensar, y quería cambiar, y, me dije, tengo que estudiar. Me lo propuse al llegar a los diecisiete años, que con dedicación lo logré, al cursar y aprobar: el quinto y sexto grado a la vez de noche, en el Grupo Escolar Antonio Díaz de Juangriego y, cinco días de la semana en las noches asistía a clases en bicicleta, hasta que me gradué y me dieron mi cartón de primaria y, por ser aplicado en la resolución de reglas de tres e interés compuesto nació, mi afición por las matemáticas, que creo que, la vida es una constante regla de tres diaria.

Enamorado seguí: vivía en un mundo plácido que no conocía: el mundo del amor, y, para no quedar a la zaga de la estudiante: me brotó la idea de irme a Caracas a estudiar, porque en la isla no tenía medios cómo hacerlo. La idea, se me hizo un fin, y no hubo marcha atrás, que, meses después con la ayuda de tío Chelía, salí de la casa llorando, y llegué a Juangriego, y me embarqué en la lancha María Rosario con una mañana calurosa, cargado de tristeza y miedo, con mi corazón acelerado, y mis nervios, apretujados de emoción y dudas, arribamos, el otro día al mediodía al puerto de La Guaira y después, me trepé en un carro por puesto, y subimos por la carretera vieja durante una hora, que llegamos y me bajé en puente Miraflores en La Pastora, en busca de un primo que allí vivía y trabaja de costurero de pieles.

Mi resolución funcionó y la suerte me acompañó y me volví a enamorar, intensamente, de Caracas, mi amada por muchos años, que la conocí en 1950 que, por pocos meses estuve con mi madre cuando ella fue a trabajar. Y ahora era yo el que iba por trabajo, a lo que saliera, y la fría Caracas me atrapó. La sentí como mi protectora, y mientras conseguía un buen trabajo, me hice ayudante del primo. Me alejé de él y de La Pastora por ese algo que nunca se sabe, pero es por tu bien y, como trabajaba sin ubicarme en un buen trabajo comenzó también mi traslado de pensión en pensión, a la semana, a los quince días, al mes hasta que, me fui ubicando por años y de pronto había que salir de las de gallegos, canarios, madrileños, andaluces, margariteñas, guayanesas, caraqueñas y colombianas, y en una de ellas, un matrimonio de gallegos me sorprendió al escogerme para ser el esposo de su bella hija sin conocerla, algo extraño, pero como no pensaba en eso y, en la de las colombianas: me empate con una hermana de la dueña. Seguí libre, quería ser libre sin orientación ninguna y, casarme no me atraía, pero me enamoraba. Esa Caracas desde el año 1957 en adelante, la caminé y la exploré a mi gusto. Hurgué sus entrañas con mi vista, con mis sentimientos, con mi pasión, con mis bríos, con mi boca, con mis miedos, con mi inocencia, es decir, me entregué a ella y llegué a sentir pasión por sus prostitutas nocturnas que las visitaba y con el calor de sus cuerpos me refrescaba íntimamente, eran mi mejor esparcimiento, sentirlas, manosearlas, tenerlas, amarlas a su voluntad y, Caracas me acogió como una madre a su hijo que jamás pensé abandonar y, seguí adelante.

Pasé inoportunos malos ratos: de hambre con angustia con mi cabeza flotando de ese padecer que, no me dejaba pensar y, qué pasaría el otro día, era incierto, y, un lunes por la mañana con mi estómago ajilado: tuve el tupé de tirarme a paticas, apuradito desde, plaza Catia: toda la Avenida Sucre, Avenida Urdaneta hasta La Candelaria donde, en su plaza muchos años antes paseando: un bolívar de plata corrió por debajo de mis piernas al salir de un bautizo que se celebraba por la tarde cuando pasaba: me dio de comer y, ese día después de tanto caminar y sudar fue, un amigo quien me mató el hambre y me dio dinero para regresarme que, semanas después me lo sacudió en mi cara y como vivía mal y deambulaba sin trabajo en la Cortada de Catia después, de saltar de otra parroquia a ella y allí conocí al boxeador Sony León en su decadencia. No me entregué, no aflojé mi intención por lo que fui a ella que estuve alejado de la isla, y, de mis seres queridos por cinco años que no quería apartarme de mi Caracas, sin importarme las penurias que pasaba: tratando de subsistir y, cuando regresé a mi pueblo: me enamoré de una compueblana a la que años después, me le rendí por amor y nos casamos hasta enviudar. Después que nos adaptamos a vivir en nuestro apartamento de Caricuao, fuimos felices, donde además, me entregué a recomenzar los pasos que daría en lo adelante como profesional de educación y soñador empedernido que, para salir era un martirio de horas por largas colas de trancas, sin metro y, aunque pasamos las de san Quintín en la Galia, persistimos y nos mantuvimos por treinta años hasta que, nos mudamos a la isla con la misión cumplida ...

Por algunos años la brisa de la suerte no fluía a mi favor, por lo que estuve a punto de decirle adiós a mi Caracas, pero no. Jugué la última carta: acudí a un primo doctor y, al conversar y explicarle mi malos ratos, y mis deseos de permanecer en Caracas trabajando y estudiando: se condolió de mí con la condición que estudiara y me aceptó en su laboratorio por diez años y, gracias a él me inscribí e inicié mis estudios en el liceo nocturno Juan Vicente González -todavía era joven- en cinco años me hice bachiller, y sin programar en el espejo retrovisor de la esperanza: de ese liceo salí jubilado tiempo después, de profesor residente que, antes como buen estudiante que demostré ser, en física, matemáticas y química de las que ningún alumno compañero me superó, y a mí me dio después de decidirme, entrar a estudiar matemática pura en la Facultad de Ciencias de la UCV, en la que trabajé y, además malogré mi tiempo al aprobar sólo cinco semestres a duras penas, que por tonto: me sumé a las tertulias del socialismo de marchas y confrontaciones, por lo que descuidé lo mío, y, me convertí en un fanático de la política de izquierda, pero sin dejar de ser socialista, sin recibir órdenes de nadie me hice a un lado, y me entregué de nuevo a lo mío. Me esforcé por rendir al máximo en esa escuela, coseché buenas lecciones, pero no rendí, seguía con mi rutina de bohemio, además que, la carrera era muy fuerte, trabajaba y las materias extensas y los libros en inglés, por lo que terminé graduándome en el IPC para poderme casar y ponerme en espera de lo que más adelante me correspondió hacer. Desistí de entrar de nuevo a la Central como me ofrecieron de preparador y estudiante, y preferí pasmarme como profesor de media con mentalidad universitaria.

Nuestro pequeño mundo hogareño comenzó a crecer pues, el que no se comportó como buen padre siguió adelante produciendo en nuestra joven madre que llegamos a ser, cuatro hermanos varones, de ellos dos, que jamás el gran carajo quiso reconocernos, por lo que a mí en particular siempre me hizo falta el cariño que no tuve, ni su vigilancia, ni su orientación, por lo que él como guía, no fue el timón que seguí en llevar adelante a mis hijos sin que nada les faltara por mi culpa, aunque les faltara todo, fui sincero y honestos con ellos, y luche porque llegaran a ser los que son y ellos mismos se hicieron profesionales universitarios y buenos ciudadanos como estudiantes e hijos. Por allí no hay rendija que se filtre el malestar que me afecte pues, a mi el destino me puso a prueba y le respondí no como quería, pero me satisfice siempre yendo hacia adelante, sin pararle a las crudezas de los días con mi risa de resistencia, ni a lo qué dirán, pero mis sueños imaginados se cumplieron, lo que quería como niño se me hizo realidad a la edad adulta que:

Viajé por Las Europas dos veces en tours -viaje hoy y pague mañana- que hasta las ciudades más importantes del territorio ruso recorrimos por quince días, y además, tuve una novia rusa de una noche. Jamás las riquezas ni las exquisiteces de grandeza me endulzaron, ni me trasnocharon: ni de ambición, ni de emoción, y, en los tres coches de fábrica que adquirí: viajé y conocí veintidós estados de Venezuela que, hasta a la Gran Sabana no dejé de ir por cinco días y, a Delta Amacuro lo conozco por tierra, por mar y río, sus recónditas entrañas geográficas.

Mi distracción favorita era, coger carretera a la hora que fuera: Caracas-Barquisimeto-Barinitas-Valera-Mérida-San Cristóbal-San Antonio-Cúcuta-Oriente, eso era semanal, mensual, anual, como lo quisiera y, hubo una vez que salí de Mérida para San Cristóbal, pelé la vía y, me tiré sin querer la trasandina. Y en una Semana Santa me fui hasta Maracaibo, y de allí a Riohacha, y seguí a Santa Marta y bajé a Rodadero hasta las ciudades colindantes más cercanas llegué. Y en un año de este milenio volé hasta la Argentina, y como en uno de mis tours había estado acompañado de argentinos, entre otros, les tenía cierta aversión que con cierta cautela llegué a Palermo y, de allí visité y conocí Buenos Aires y parte de su interior y la relación que me brindaron no me dieron motivo de quejas en los negocios, sitios e instituciones donde estuve que, medio día lo pasé metido ojeando libros en una gran librería de tres plantas y un sótano que, con cinco libros salí, entre ellos: El Reino, de Carrére. Me atrajo Argentina como Caracas, cuando regresé a ella, con mucho miedo, que, de ésta me atrajo su despertar, su convivir, su soltura y amplitud de calles, avenidas y parques y, otras que capté, algunas insólitas y otras no, que, no me han quitado la intención de migrar a ese país y, debo hacerlo al tener tres hijos y ocho nietos allá, los hijos laburando y, los nietos estudiando, en función de ese país: un nieto matemático que trabaja y cursa postgrado, otros dos estudiando en la UBA con dedicación e interés de progresar, responsables como son, profesionales serán que, la hembra fue abanderada del colegio donde se graduó de bachiller, que no dejan de ser detalles y acciones que me reconfortan de alegría su estirar de pasos con libertad y esfuerzo, y, me abren las puertas de muchas ganas de perseverancia.

Mi abuela materna, en su incauto exhalar de sus años: soltó a la vida mellizos y, muchos años después, mi hijo mayor sin pedirlo, sin pensarlo siquiera, la suerte y su mujer: lo premiaron al parir ella gemelas -han de creer- y esa misma abuela, analfabeta, de mente sutil, de manos habilidosas, voz de tristeza, de tatuaje natural de guaiquerí margariteña, me aconsejaba, al decirme: ¡viva su vida nieto, sin molestar, sin faltarle el respeto a nadie, no pierda su tiempo en necedades, y no se deje padrotear por nadie!

En mi enmarañado trajín personal de roce y de trato: conocí la maldad, la envidia, la intriga, la simulación, la ofensa, y gran parte de las mismas me las tragué con tranquilidad, el revirón de ojos, la espera, la distracción, la ofensa, la negación, pero no me vencieron ni me afligí, ni me desmoralicé por ellas -soy de los que cree: hoy por mí, mañana por ti, y, los años me llevaron paso a paso a conocer y, a disfrutar cosas maravillosas que hoy, en este distraer de emociones habiendo convivido con lo insólito, sigo tras la claridad de las mañanas en cada despertar, que, respiro y atrapo el conformar de mi ser como si naciera todos los días, días que me refrescan la memoria con la satisfacción de seguir siendo, plantado a los atardeceres que han pasado de largo, y he mirado el titilar de las estrellas en noches tibias, de ráfagas fugaces, que me han dirigido por el camino que sigo dejando atrás, con pasos más lerdos, pero más seguros, que me han traído del tránsito de una premura constante, por realizar las cosas, que tardíamente he tenido que hacer para adaptarme a ellas.

Mis años han sido como un acertijo de oportunidades programadas, que me han llevado por el buen camino, venciendo dificultades y, el anafe de mi consentir alimentario ha sido desde niño: el arte culinario donde, aprendí a olfatear, y a darle buen sabor a mi tranquilidad transitoria del comer. He tenido como algo heredado en mí que, me ha facultado el percibir las resonancias exteriores de alerta a mi quietud. Quejarme no ha sido ningún desvío de desahogo. Los ángeles de mi guarda me han dado su protección como bien afortunado por sus acertadas acciones de resguardo.

Entré de office boy al Banco Nacional de Descuento por seis meses. Fui ayudante de limpieza en el HCU. Fui auxiliar de laboratorio por diez años. Fui costurero de pieles. Cinco años trabaje en la UCV en microcospia con dos intervenidos. Trabajé durante treinta años con el ME y veintiún años como profesor y como Auxiliar pedagógico de la GNBV y, allí solté el único discurso que he escrito y ha salido de mí. Y como ironías de la vida no equivoqué la vía y, me hice de buenos momentos sin desnaturalizar mi ambiente sentimental, ni le hice daño a nadie, más bien he ayudado a otros por nada a cambio y, todo lo que logré con mi esfuerzo del día a día por la situación que estamos: salí de ellos, y volví a mi pobreza, no moral, sino material, pero no me ofende ni la pobreza ni mi soledad, van de la mano con mi conciencia. Tuve muchos amigos, entre ellos, mitómanos. Cada día escalo la pendiente de la paz y, trato de apartarme de mi no-yo y, no sé qué hacer por los que quieren y no refunfuñan por llegar a viejos, aunque le hieda a otros que, no piensan ni querrán llegar a esa etapa como los derrotados que han sido según sus expresiones que, andan más perdidos de ácidos disparates y el único consejo que pudiera brindarles con seguridad a no equivocarme es que, amen, y rían, siempre -esas han sido mis mejores actitudes-. Así sea de sí mismo, no importa que lo hagan escondidos, y que compartan el bien común con otros, y cuiden su lengua que ella es nuestro peor castigo, si no la saben dominar. Y si llegaran a aprender a amar. Allí está el vivir, y hay que dudar con inteligencia que, pendejos, pendejos, no es mal de morir y, la sorna como acción-reacción sino la tienen invéntela que, a veces es beneficioso no quejarnos de nuestros padecimientos, así como la ordenación es primordial, lo es también: enseñar a sus hijos a ser personas decentes.

No fumo, pero ese vicio me secó por veintiséis años. Ingerí bebidas alcohólicas desde joven, que, hasta en el Moulin Rouge de París tomé champaña, en Checoslovaquia pilsen, y en Rusia vodka, y La Candelaria fue mi asidua tasca de despedazar las horas emborrachándome. Pero, no hace mucho tiempo, precavido, dije, no bebo más y no he tomado. Leo por horas lo que pueda de poesía, literatura, y todo lo que me sea de interés, necesario es decir que, llegué tarde a la lectura, pero me amoldé a ella y me puse al día con los clásicos y premios nobel como parte de mí y de ella no me he separado que, no es preciso salir fuera de la casa a leer que, comprar libros no desisto y, siempre ha sido mi gran ambición dejar algo dentro de lo real-maravilloso que no llega, pero sigo esperando, y mantengo mi aforismo personal de progre. No niego que me gusta lo extraordinario, pero no escapa de lo vulgar que es lo cotidiano. Refiero que he estado dos veces en Alemania en diferentes ciudades y que en una de ella -Fráncfort- me llevaron de visita a conocer la casa natal de Goethe, aún sin haberlo leído siquiera. Camino por la mañana cinco días de la semana. Trato de comer lo más sano, nada de comidas chatarra y bien lejos, del azúcar, de la sal, de margarinas, y hay que sentirse siempre feliz, no se defraude asimismo. Y deseen ardientemente lo que quieren ser y, a la cocina hay que entregarse con amor. Vivir es implicarse en una incógnita que uno mismo debe descubrir. Eso llega que mi mayor felicidad ha sido no menospreciarme por nadie y, cómo no recordar hoy: el calor emocional y el cariño de mi abuela y de mi madre quienes, por años me resguardaron y fueron las primeras que me arroparon de amor, y las que por años fueron esclavas del trabajo, doméstico y público, por darnos de comer que, de ellas ni el olvido me separan.

En mí se ha refugiado la emoción del llanto, que me ha cubierto por años, que fluye con efusividad, que me ha llevado a ser un pasivo disidente al privarme de hablar en público. Por eso me pregunto: ¿Qué más puedo pedirle -"yo"- a la vida? Si me ha llenado de infinidad de cosas por su respiro, y me ha protegido de las intrigas y, me dio además, la risa y el llanto, que, lo demás es practicar la ironía.

Traté de orientar este suelto recorrido como parte de la novela que espera por su publicación como: "El diario secreto de mi confusa vida" -no de modelo, pero tampoco de desprecio- con estímulo a lo Azorín con lisura, pero no es nada fácil y a lo mejor lo he hecho a lo Pigmalión que lo dudo, pero imprescindible sería, esperar por alguna Afrodita que en lo adelante me premie con mi Galatea.

 

 

 



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Esteban Rojas


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