Cristalización de la ciudadanía

¿Por qué este actual estado de cosas sigue perdurando? Todo apunta que ya no tiene existencia, ni perdurabilidad. No obstante, ahí está. Todos saben que no tiene más posibilidades, pero ahí está. ¿Por qué perdura? Si desde hace reto es solo un algo insepulto. Acaso ¿hay algo perverso en la sociedad que hace posible el mantenimiento de esto?

La negación de lo que ya no es posible presenta un carácter cristalizado, como una exigencia impuesta o auto-impuesta a nuestro pensar-hacer; como una fuerza de negación, de incapacidad en decadente. Esta ineptitud se convierte en uno de los factores más enérgicos del hacer ciudadano, entiéndase, político.

Es como si solo existiese un repertorio de tendencias negativas, unido a un sistema de torpezas y cegueras. Donde las agudezas y clarividencias quedan excluidas. Como si estuviésemos empeñados en solo querer ciertas cosas y un decidido a no querer otras, esto en un sentido negativo. Lo que se advierte es la presencia de esas propensiones negativas y negadoras.

Como si no fuese posible un más allá. Estamos en el momento de la imposibilidad. Parece que después de ese vulgar uso revolucionario de querer quedarse con lo establecido, se necesitaran instrumentos más rigorosos, conceptos más agudos para orientarse en la urdimbre de los acontecimientos ciudadanos.

El actual hacer ciudadano y político parece una barricada más que un estado del espíritu. Pues, no se produce ningún resultado perdurable, lo que implica una completa carencia de percepción. Las protestas están dirigidas contra los abusos y no contra los usos. Se quiere hacer la política en las calle antes que en las cabezas. Tal vez por eso, se confunde la disposición de los espíritus.

Estamos enfrascados, en estos momentos, en un estado de espíritu tradicional, que imprime su impronta en todo el hacer político y ciudadano. ¿Qué quiere decir esto? Que se actúa con el influjo del pasado, que todo se está haciendo en vista al pasado. De un pasado impreciso y de brumoso horizonte, que nadie ha visto ni recuerda con precisión.

Como estancados en un estadio infantil, sin aparente actividad intelectual. No se busca una explicación que satisfaga a la inteligencia, las cosas se explican sobre una narración mítica. Y esta explicación satisface porque no es una razón o un pensamiento comprobable.

No se rehace el razonamiento ni la observación política que integran la sociedad. En este sentido, el vigor de la razón queda disminuido. Por esto, el ciudadano no siente esa individualidad pensante, y si la siente es en la forma de alguien se queda solo y abandonado del grupo social. El pensar individual le produce terror y es sinónimo de debilidad e insuficiencia. Lo firme y seguro se halla en la colectividad, cuya existencia el percibe como anterior a cada individuo político. De allí su integración y su cristalización como ciudadano y como político.

Esta colectividad política aparece como algo de origen seguro e indiscutible. Tal colectividad es la que piensa por cada uno, con su bagaje de mitos y leyendas que son transmitidas por las redes sociales, como verdades. Ella, la colectividad, crea las maneras sociales y los ritos políticos actuales. El ciudadano cree en esas narraciones porque no la ha inventado él, porque cree que no tiene buen sentido racional.

La reacción del ciudadano ante los casos políticos no consiste en disponer de un pensamiento espontáneo y propio, sino en reiterar una fórmula preexistente y recibida. Pensar, querer y sentir, es para los ciudadanos un cauce preformado, un repetir para sí mismos un arcaico repertorio de actitudes y clichés políticos.

Lo espontáneo en este modo de ser es la fervorosa sumisión y adaptación a lo recibido, a la tradición política, dentro de la cual vive inmerso el ciudadano y que para él es la inmutable realidad dada. Este es el estado de espíritu tradicionalista que actúa en esta actualidad. Donde el ciudadano se adapta en sus reacciones a ese repertorio colectivo que recibe por transmisión desde un sagrado discurso. El ciudadano cree más lo que recibe de los políticos que de sus propios juicios.

Por eso cuando se cuenta un suceso político, el ciudadano dirige una mirada interrogativa hacia sus dirigentes, para que éstos les digan si deben creer lo que escuchan, si es verdad o mentira tal suceso. El intelecto del ciudadano no gravita sobre su propio centro individual, sino que está puesto en lo que digan sus dirigentes.



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Obed Delfín


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