El Reloj del Tiempo

Cerrojo a la campaña sobre Caracas y Miraflores. Maduro es nuestro presidente

Ante el infortunio de Cataluña, España vive dos realidades enfrentadas. A la gente ya le aburre lo que ocurre de verdad y prefiere la novelería, porque les fascina la ficción y la hipérbole desde los griegos: escribir que Zeus atravesó el mundo en cuatro zancadas o que amontonaba las nubes eran hipérboles y fingían creerlas.

La exageración es uno de los recursos de poetas en las odas; ahora, los políticos también exageran en los discursos. Ante el procés sobreactúan, caricaturizan una realidad que empieza a ser explosiva y hacen énfasis, con afirmaciones exageradas y utopías virtuales. Como ha dicho Manuel Valls, la lucidez en el caos, hay que superar la fantasía de convertir Barcelona en la capital de una república imaginaria.

A este lado, la indignación crece y la política se radicaliza hacia la derecha dura. Crece la ira porque los separatistas han ganado la batalla de las hipérboles. Se acerca el juicio y los acusados de rebelión intentan la máxima corrupción -después de la traición-, que es coaccionar a los jueces. Están cerca del banquillo y toman las calles gritando que no hay justicia.

En los fríos mítines, afirmaron que los partidos españoles están más interesados en defender conceptos franquistas como la unidad territorial que defender los derechos democráticos. Informan de que "centenares de organizaciones de todo el Estado" -en realidad, unos cuantos diputados separatistas y unas decenas más de hinchas del procés- se han concentrado ante el Tribunal Supremo. Dicen que la unidad territorial es un concepto franquista y ocultan que la República y Azaña se opusieron con ferocidad a los que en los años 1931 y 1934 intentaron descuartizar España y fracasaron como siempre.

Torra, no haya que hacer, todas sus arengas y exageraciones son un intento desesperado para movilizar el voto independentista que se esta escoriando hasta fragmentarse, ahora, todo resulta una caricatura del independentismo y acobija a Puigdemont en el intento posible, por ahora, de hacer una República virtual, esto nos constriñe porque detiene el paso de Venezuela hacia la VI República y, más bien se habla de una fase de transición.

Mientras, en Europa se pasa una etapa de tira piedras, perdigones y lacrimógenas, nosotros pasamos por esta etapa, porque los asesores de Venezuela son españoles y dos rusos en el plano monetario.

Los partidos que hicieron la Europa de los derechos humanos retroceden, y surgen los antisistema que culpan a la globalización y a los partidos históricos de los recortes. La derecha aguanta, se multiplica y la que se va hundiendo es la socialdemocracia, incluso donde fue más fuerte, en Alemania y en los países escandinavos.

Los cambios no los trae nadie, vienen solos, pero el retroceso de la izquierda ha sido empujado por la propia izquierda. Los partidos que se dicen socialdemócratas hablan poco de lucha de clases, no alcanzan a ver que los proletarios hoy son los de las pateras, que llegan a mercado con papeles o sin ellos para ser contratados como empleados de hogar o lazarillos de familiares de la tercera edad. La socialdemocracia nunca intentó destruir el capitalismo, sino humanizarlo, y el llamado socialismo científico ya tampoco, ni siquiera en China, donde el Partido Comunista es el Ibex. La izquierda se ha enfrentado a sí misma en los cinturones obreros, sufriendo una metamorfosis hasta pasar a militar en los frentes nacionales. El socialismo decadente se ha hecho progresivo, perrero, animalista, compasivo, casi puritano, reformista, de cambio climático, de matrimonio homosexual, ecologista, liberal. La izquierda que colaboró en la construcción del estado del bienestar se ha quedado sin banderas y está siendo derrotada por la abstención y las derechas. El verde se tiñe de púrpura, la izquierda se ensucia con el supremacismo, la derecha embiste. Nadie sabe adónde vamos con partidos que niegan la Constitución, ni qué va a pasar en la Europa que nació para evitar las guerras del nacionalismo, que ahora vuelve con banderas y alambradas.

Hace tres años se desató la reyerta en el PSOE. Fue durante el Comité Federal que analizó los decepcionantes resultados del 20-D. Desde entonces, toda decisión, giro, proclamación, vistazo torvo y observación de Sánchez obedece a un fiero y nervudo instinto de supervivencia. Ese día propuso pactar con Podemos y separatistas. Los barones rechazaron "de manera tajante cualquier planteamiento que conduzca a romper con nuestro ordenamiento constitucional". Redactaron tres folios de instrucciones porque no se fiaban de su secretario general. Le creían capaz de transigir con un referéndum que reconociese el derecho a la independencia de Cataluña. El ceñido pliego de condiciones hirió el orgullo de Sánchez, que a cambio ganó tiempo y retrasó la convocatoria del Congreso Federal.

Meses después, tras las segundas elecciones, dilató lo que pudo la investidura de Rajoy mientras el partido ensanchaba su fractura entre los partidarios de la abstención y noesnoístas, que buscaban terceros comicios para posponer de nuevo el Congreso. La trifulca derivó en tumultuaria en el bochornoso Comité del 1-O de 2016: Sánchez improvisó urnas detrás de unas cortinas y simpatizantes de Podemos se arremolinaron a las puertas de Ferraz blandiendo él no es no. Díaz depuso a Sánchez, que inició su cruzada y remontada. Su obstinación y coraje no conocen límites. Renunció a su acta de diputado, se subió a su Peugeot y ganó el Congreso.

Tras su victoria reformó los estatutos del PSOE. Lo convirtió en una plataforma personal y acomodaticia. Sánchez rebajó las competencias de los órganos intermedios y barones y reforzó la aparente conexión directa entre el jefe y las bases. Las federaciones han perdido influencia en la designación del Comité Federal, que ya no puede destituir al líder sin la conformidad de los militantes ni decidir la estrategia ni política de alianzas; además, el secretario general se reserva el poder de imponer primarias en los territorios. El partido de Sánchez reforzó la disciplina y dependencia del duce. Sánchez se impuso al PSOE.

"Democracia", composición del griego "Demos" (pueblo) y "Kracia" (dirección, gobierno), significa, literalmente "Gobierno del pueblo", concepto hoy tan lejos de la realidad, sobre todo dónde el voto es para partidos como elemento-unidad en los que se deposita la representación, más aún cuando, como ocurre en España, esa supuesta representación supone la única forma, la única posibilidad de participar en la gobernancia, porque se excluye la, se huye de cualquier otra acción que realmente acerque a la ciudadanía al hecho de gobernar, a la posibilidad de decidir. Votar ha quedado reducido a hacer pasar una papeleta por una ranura cada cuatro años. La acción de los gobernantes, de aspirantes a gobernar, y de los medios de comunicación, ha llevado a confundir nombres y siglas, personas y partidos, a devaluar ideologías, al dejar oculta la dinámica, la estrategia de gobierno, tras simples gestos que hacen la imagen de los partidos y airean los informadores.

La democracia no interesa. Aunque se llamen demócratas, aunque presuman de defenderla, requieren manos libres para hacer, no lo que el votante precisa, sino el interés estratégico de la dirección del partido; no la voluntad del votante, sino la de otras instancias, verdaderas detentadoras del poder a las que obedecen. Si la democracia es el "Gobierno del pueblo", para ser democracia necesita la participación del pueblo. Participación que niegan ciertos gobiernos de apariencia democrática y tendencia al totalitarismo. Sólo países de profunda raíz democrática, como Suiza, Holanda, Inglaterra o Bélgica, no sólo permiten: practican el sano ejercicio de la consulta popular, forma clara de hacer posible la participación y que sea el pueblo quien diga la última palabra. La democracia es un peligro para estos gobernantes. Por eso hay que conducir el voto, crear el ambiente, llevar a la conclusión de a quien conviene votar. Eso cambia los resultados según quien las haga. El pretexto continúa siendo "conocer la intención de voto", pero por interés propio, el objeto real de muchas encuestas es inducir al voto, mediante la adjudicación de mayor porcentaje a una determinada tendencia.

Los venezolanos, exigimos un gobierno digno que, no sacralice nuestra soberanía. Tenemos, una escala de valores en torno a una idea, jamás ideología, porque no existe. Ya que, un grupo desea monopolizar el poder y limitar los derechos del ciudadano, teniendo el número del grupo a mano, que, tienen derecho a participar en su defensa.

Los promotores de la revolución se han enriquecido, como lo hicieron algunos izquierdistas del Caribe. Solo, queda elevar los altares para orar por esta nefasta gestión y, la que prosigue.

Portar la boina roja en tiempo de Chávez y Fidel era un orgullo, hoy, vemos los resultados, gracias a un protagonismo personal. Ahora, el chavismo es odiado, inicuo y combatido por haber forzado la convocatoria por La Paz. Los venezolanos, exigimos otro gobierno democrático, digno.

El Psuv, poco ha cumplido con su llamado de igualdad, equidad y justicia. La solaridad y la libertad manifestada se ciernen sobre su política represiva, utilizando a la GNB y PNB contra los ciudadanos de bien y, los mismos son despojados de sus productos alimenticios, tan necesarios para cubrir la manutención de nuestros hijos. Esto, ha dado paso a un malestar progresivo y, el cuestionamiento del Legado de nuestro comandante, Hugo Chávez Frías.

Precisamente, desde comienzo de diciembre se agudizó la campaña contra el presidente, Nicolás Maduro Moros en las colas de las entidades bancarias y supermercados, donde nuestros ancianos, deben amanecer por dos paquetes de arroz y harina. Luego, en nuestro caso, los coordinadores de transdrácula, la obra ingeniosa de nuestro gobernador Rafael Lacava, le cobra a los ciudadanos, treinta soberanos, 30, irrespetando los convenios con la cámara municipal regida por un cuerpo directivo de irresponsables hacia las parroquias que deben asistir en lo social, sanitario y gasífero.

Ahora, todos somos fascistas.

El discurso político, de nuestro presidente, Nicolás Maduro Moros, se ha ido a los extremos. Este recorrido y escoriación, coadyuvado con las tertulias televisivas, lo han eclipsado por un mal asesoramiento, aunado a las redes sociales. Ya sus criticas hacia EE.UU, no son creíbles, todo su tren gubernamental viaja a Norteamérica con el único fin de adquirir alimentos y vestimenta.

En Venezuela, tiene que darse un gran cambio social y, debe tener aliados activos de derecha e izquierda, además del grupo llamado la resistencia. Lamentablemente, comenzando por su tren ejecutivo, todos conspiran contra Venezuela y la entregan a manos extranjeras, además tenemos unas FANB corrompida en diversas tendencias y el trio Maduro-Cabello-Padrino López, ha dado una respuesta ecuánime al país, lo que viene es más radical en teoría y práctica, es la campaña por Caracas.

Acá, lo hemos informado ampliamente.

Eso es lo que sucedió exactamente en 1982 con el PSOE de Felipe González. España había cambiado a lo largo de siete años de democracia, y el PSOE cambió esa España en efervescente proceso de cambio.

"Por el cambio", fue entonces el eslogan del PSOE. A mi juicio, fue la primera vez y la última que el concepto de cambio tuvo pleno contenido. Lo volvió a utilizar el PSOE, y ya no fue lo mismo. Lo utilizaron sus adversarios, y tampoco.

La palabra "cambio" está desgastada por completo. Vaciada. De tanto usarla en vano. Si no se produce en la sociedad una amplia transformación de la actitud, de la mentalidad, del propósito, de la ética, de los objetivos, de los principios y de mucho más, el tal cambio no es sino cambio de guardia, cambio de turno, alternancia. ¿Necesaria? Sí. Pero no garantiza una profunda metamorfosis, un verdadero cambio.

Allí, surge Podemos y Pablo Iglesias, como Juan Carlos Monedero asesora en principio a Chávez y, luego a Maduro, cuyas teorías vinieron en contradicción.

El PSOE andaluz se envició con el proteccionismo desaforado, tejió espesas redes clientelares y se zambulló en la corrupción. Con un millón y pico de resistentes (por lo bajo), ¿va a desmontar el PP la política de amparos y subvenciones? ¿Cuál es el historial del PP en materia de clientelismo y corrupción? Pues, con cambio de nombres, así será el "cambio". Como Nuevo será el Feliz Año que les deseo. 2019

Siempre hemos esperado que la distopía fuera algo sofisticado y/o siniestro. Pero este jueves en Venezuela, queda claro que no es ése el caso. La distopía tiene forma de serie de televisión y, Maduro es el presidente de la república bolivariana

¿Y si Pablo Iglesias hubiera dejado realmente de ser chavista? Es más. ¿Y si hubiera dejado de serlo hace mucho, antes incluso de que la paternidad doble y la propiedad inmobiliaria precipitasen su ingreso en la madurez vital? ¿Y si la reivindicación del patriotismo liberal de Torrijos con que Errejón nos sorprendió en Twitter respondiera a una curiosidad cierta por tradiciones ideológicas ajenas y a una revisión resignada de los prejuicios propios? Deberíamos estar abiertos a la posibilidad de que el populismo se cure, porque se cura.

Solamente, agarremos el chaparrón de agua, porque Alfredo Serrano Mancilla tiene el paraguas.

Cuando el Iglesias senatorial -el que recibe los escraches- manifestó que ya no se reconoce en las opiniones del Iglesias venezolano -el que los ejecutaba-, la reacción en el entorno conservador fue de general escepticismo. Y es lógico, no ya por el crédito en la impostura de que goza el personaje sino porque lo propio de la mente conservadora es el rechazo a los cambios que desafíen la comodidad de sus implacables taxonomías. Iglesias es comunista y siempre lo será, y si apostata de su fe bolivariana tan solo está posando para la cámara demoscópica por el descalabro andaluz. Esa joyita cinematográfica que es El discurso del rey gira sobre la tartamudez de Jorge VI y de sus esfuerzos para superarla ante el discurso más importante de su vida, el que se vio obligado a dirigir al pueblo británico tras la declaración de guerra a la Alemania nazi. No muy distintas habrán sido las tribulaciones de Felipe VI al abordar su quinto Mensaje de Navidad que se emitió esa noche. Salvando todas las distancias, al Monarca español, como al inglés en 1939, se le exige que aproveche la plataforma mediática para liderar a un país aturdido. Hasta el punto de que el Discurso real de Nochebuena se ha convertido en una pesadilla para su protagonista.

Bueno, seguimos con Nicolás Maduro Moros, presidente.



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Emiro Vera Suárez


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