El síndrome Venezuela: el becerro negro

En Venezuela, en los últimos cien años, se fue desarrollando una patología social que bien podríamos calificar de "Síndrome Venezuela", o si a Uds. le parece mejor, el Síndrome del Becerro de oro, en este caso sería el becerro de oro negro. Veamos.

Con la llegada de la renta petrolera se fueron tallando en el alma colectiva una serie de valores, quizá sean desvalores. Uno de ellos, el principal, la pérdida de la relación esfuerzo-logro, esto es, la instalación de la adicción del jugador. El país vive esperando el premio que trasvasa de la renta. La distribución demográfica cambió, el campo se mudó para los cerros de la grandes ciudades, buscaban situarse cerca del chorro de petróleo, la economía perdió armonía.

Y fuimos conocidos en el mundo por la arrogancia propia del nuevo rico. En bonanza de los precios el país derrochaba, no se conocía el sacrificio; cuando los precios bajaban nos empezábamos a comer unos con otros, hasta la próxima bonanza que siempre llegaba.

El trabajo se fue convirtiendo en la lucha por la renta, no había explotación del trabajo, existía en realidad despojo de la renta. El síndrome necesitaría de un libro y todavía no se agotaría, aquí vamos a rozar sólo la parte política que nos interesa para ayudar a entender, interpretar, el desastre que hoy padecemos. Si un libro fuese, el título de este capítulo sería: "La influencia del petróleo en la formación política del síndrome Venezuela". Veamos.

La política, luego del aparecimiento del petróleo, comenzó a girar alrededor del oro negro, los altos precios determinaban "buenos" gobiernos, los bajos precios producían "malos" gobiernos. Los precios, la capacidad de repartir, definía la relación de los gobernantes con la masa. Poco a poco se fue instalando en el país la socialdemocracia y se agudizó el síndrome. Los gobiernos y la masa establecieron una relación, no de gobernantes y gobernados, sino de distribuidores de la renta y beneficiarios. Los gobernantes repartían y los beneficiarios exigían y premiaban con el voto al que más repartía y más prometía. De esta manera no se escogía a los mejores gobernantes sino a los mejores derrochadores de la riqueza fácil. Con el tiempo los gobernantes fueron rehenes de una masa clientelar y la masa fue encadenada a sus proveedores. Se crearon estructuras organizativas alrededor de esta relación. Nadie se atrevía a pedir sacrificio.

De esta manera se fueron tallando una dirigencia cada vez más mediocre y una masa cada vez más embriagada por el facilismo, los dos danzaban alrededor del becerro negro, los dos desentendidos de la realidad. Esta danza la interrumpió por un instante Chávez, hurgó en lo profundo del alma colectiva y desenvainó el espíritu de la independencia, del Paso de los Andes, de Carabobo. Fue así que se dieron los triunfos de Abril y del Sabotaje petrolero. Quiso Chávez rescatar al pueblo heroico que acompañó al Libertador por todo el continente, y en ese empeño andaba cuando la canalla lo asesinó.

Los usurpadores reactivaron el desarrollo del síndrome, lo profundizaron, y con la caída de los precios del oro negro el síndrome se expresa florido, brotó en toda su peste: se seleccionaron los peores gobernantes, el talento fue pecado, la dádiva carnetizada, la lotería empezó a girar como nunca. El esfuerzo-logro fue pulverizado: no se da de acuerdo a la capacidad y se recibe de acuerdo a la necesidad, sino se esquiva el dar, el que menos dé y más reciba es un exitoso, el que más dé es un tonto que no supo ponerse donde cae el aguacero. Los gobernantes, capturados por esta dinámica, inventan carnet, petros, lingoticos de papel para engañar a la masa que, ahora en la culminación del síndrome, cuando los precios bajan y la producción es una mentira, amenaza con cualquier locura, se van del país en olas de refugiados, y los que se quedan son combustible para la infamia. El gobierno en el final del síndrome agota sus opciones de engaño, sólo le queda la guerra.... ¿con Colombia?



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Toby Valderrama Antonio Aponte

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