¿En defensa de la Patria o en defensa de “el capitalista que seré”?.

 


El drama de los socialdemócratas es que luchan, en la práctica, por cambiar la sociedad, pero los motiva en su interior el ideal de ser un gran burgués. La síntesis de tal contradicción es un cúmulo de torpezas; también en este caso un ideal resulta más fuerte que toda la exaltación superficial, por querer mostrar ser lo que no se quiere ser en el fondo.

Por lo general un político “profesional” a lo moderno, nunca alcanza posiciones de respeto dentro de la alta sociedad. La política es una actividad digna para los políticos capitanes de pueblos y sus pueblos, para estadistas, no para aspirantes a burgueses. Dentro de “trepadores” en la escalera de la sociedad burguesa, la política se vulgariza, se degrada a niveles de “simples maneras de simular” para alcanzar un fin, y deja de se ser al tiempo, el propósito humano fundamental para armonizar la vida ciudadana. Es el caso de Teodoro Petkoff, devenido en empresario, y de otros que todos conocemos. Así, el político aspirante siempre será visto como un oportunista, un ser sin carácter, tanto para los políticos y pueblos que luchan “toda la vida” como para la alta sociedad; para Dios y para el diablo.

Los socialdemócratas renegados de las revoluciones, o sea, angustiados por que las sociedades puedan cambiar, nunca abandonan sus sueños personales pero confunden a las masas, las capas bajas y medias de la población, con sus mensajes ambivalentes: lo que dicen sus actos y lo que dicen sus discursos, son contradicciones que desquician las mentes, disocian las mentes. Esperanzadas con los cambios, las personas menesterosas creen en cualquier promesa “bienhechora”, al tiempo que aceptan estoicamente el sufrimiento como una fatalidad divina. Y el socialdemócrata, aprovechador de sí, les dirá en última instancia que todo quedará en manos de Dios nuestro Señor. Su irresponsabilidad ante el destino del resto de la sociedad es su verdadero carácter, pues tiene claro sus ideales, muy personales y fuertes.

Es el caso de la invasión a Venezuela, la guerra invasora, que el gobierno socialdemócrata denuncia y que de desatarse no resistirían sus jefes ni dos horas; la capitulación la tienen firmada desde hace rato y guardada dentro de alguna gaveta en Miraflores.

EEUU y China entrarían en una guerra de todas las “generaciones”, por mercados y por recursos naturales. Uno de sus objetivos puede ser el petróleo, pero los dos saben que un enfrentamiento directo tiene un costo muy alto, como para guerrear por cualquier cosa, sobre todo si se puede solucionar con fórmulas más diplomáticas o con mucho menos esfuerzo y sin muertes.

Si EEUU hubiera querido invadir a Venezuela ya lo hubiera hecho. Venezuela, es decir, Maduro y el ejército, más un pueblo desmoralizado no pueden con una invasión extranjera, que, de hecho, está bien adelantada: solo faltaría una ocupación militar, porque el madurismo ha hecho su trabajo de zapa cuidadosamente.

Una de las primeras cosas hechas por el madurismo fue poner a sus comunicadores importantes de medios del Estado (también oportunistas y pusilánimes) a trabajar favor de sus propios intereses, justificando sus políticas, olvidando la revolución, la crítica, la formación y reflexión revolucionarias. Otra, entregar Tevés para la propaganda gobiernera y sobre todo, para potenciar la distracción de la población con un sempiterno circo, relajando la tensión revolucionaria, degradándola a los niveles de la televisión comercial nacional, que es bastante decir. Sintonizando todos los canales oficiales en la propaganda del gobierno madurista, exaltando la imagen de Maduro para competir con la memoria de Chávez. Otra cosa fue desmoralizar al pueblo chavista luego de la muerte del comandante, expropiando la revolución, acabando con ella: dándoles más dinero y oportunidades a los ricos y empobreciendo y cercando a los más pobres (algo de eso hicieron los norteamericanos en Vietnam: “Programa de Control de gentes y recursos”). Fraccionando la sociedad con una rebatiña de cosas materiales, alentando el egoísmo y las soluciones individuales y egoístas. Relajando los controles éticos y morales socialistas en la televisión y en la radio. Sustituyendo poco a poco la política por la publicidad y a los políticos por los publicistas, al partido por agencias publicitarias. La llamada “invasión” a que le temen algunos intelectuales y políticos, y de la que nos alerta el ejecutivo, sería entonces una media invasión o un cuarto de invasión, porque el trabajo ya está casi hecho.

Se trata de otro chantaje para que votemos por Maduro en condiciones de “extrema emergencia nacional” donde no la hay, pero donde se podrían matar como ratas “muchos pájaros de un solo tiro”: traidores a la patria, corruptos, enemigos y críticos del gobierno. Otra excusa para la dictadura y al fascismo y continuar corriendo la arruga. Cuando Maduro habla de “invasión” hay que tener los ojos bien abiertos, igual cuando habla de paz, de lealtad, de patria, siempre miente, su mente y su mirada están puesta hacia lo alto.

Marcos Luna 25/02/2018
 

 



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