El pasaje

Ayer me fui, inocentemente, a comprar un pasaje para Caracas; llegué temprano y había una cola no muy larga que digamos. Me paré silenciosamente a hacer la misma, porque uno no se puede poner de bocón a hablar de cualquier cosa en una cola, ya que no sabe con quien se encuentra en la misma. O sin querer hiere alguna susceptibilidad, y empieza el llantén y quien lo para.

Bueno allí en la cola yo miraba para todos lados, seguro de comprar el pasaje. Ya que me había metido al bolsillo cien mil en efectivo, porque pensar en puntos de venta en un terminal de pasajero es difícil; eso sí cualquier venta de empanada tiene punto de venta, pero los expresos ninguno. Éstos pensaran que el pasaje está a real y medio y que cualquiera tiene el efectivo en su casa como zancudos en tiempo de lluvia.

Mientras hacia la cola pensé, con estos cien mil compro el pasaje y con lo que me quede compro alguna otra cosita. En eso una señora, que iba detrás de mi, se puso a conversar conmigo que le había costado un mundo llegar al terminal porque el pasaje urbano estaba a más de mil, que todo era un alboroto, y que corrían rumores a derecha e izquierda. Que la hija de ella no encontraba comida, ni medicina ni nada. Era un drama lo que esa señora me contaba, ya yo tenía ganas de llorar de solo oír aquello. Pero hice de tripas corazón y me aguanté.

Así iba poco a poco avanzando la cola, yo manoseaba el billetico de cien mil que tenía en el bolsillo; además, me servía para comprobar que seguía allí en el bolsillo y que ningún avieso se lo había llevado. Veía que la gente para comprar el pasaje sacaba una marusa de plata para pagar. —Traen mucho sencillo, me dije. También noté que la gente se iba con la cara bien seria y medio refunfuñando; cosa rara porque uno se alegra cuando compra un pasaje de viaje.

En estas llegué a la taquilla y le dije al vendedor —Un pasaje para Caracas, amigo, en el autobús sin aire. Porque éste es más barato. —¿Cuánto es? Pregunté ya con el billete en la mano. A lo que el muchacho me dice: —300 mil, amiguito. Desconcertado miré para todos lados pensando que estaba en el aeropuerto internacional, pero no. Estaba en el terminal extraurbano. —Si es para Caracas, amigo. A lo que él muy amablemente, para que mentir, me repitió —Sí, son 300 mil. En verdad, yo no los tenía ni en sueño. —Ya regreso, le dije, voy a ver si saco del banco. Solo ilusión porque en el banco si te dan 10 mil vas ganando.

Salí descorazonado del terminal. En eso miro para atrás y veo venir a la señora con quien estaba conversando en la cola echa un mar de lagrimas, que ella solo tenía 50 mil; que esto era no se qué y allí empezó. Nos fuimos caminando juntos mientras la pobre señora se lamentaba y se lamentó el resto del camino.



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Obed Delfín


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