Cambiaré mi apellido por uno me haga aparecer leal. Otro cuento navideño

El tipo cuando llegó a Venezuela, creo que de Sicilia, de donde han sido casi todos los italianos que he conocido, cuando no son de Roma, al presentarse a la aduana, acabando de bajar de aquel barco en el cual se pasó más de un mes sobre cubierta, sin bañarse, cosa que poco le preocupaba tanto que mientras vivió aquí tampoco solía hacerlo por lo menos con la debida frecuencia y creo soy comedido, tomó la posición habitual de los militares, cosa aprendida en la Italia fascista, y pronunció con contundencia y hasta orgullo su nombre y apellido:

-"Antonino Macarroni".

Se asombró cuando el funcionario que le atendía, revisaba los documentos y solicitó diese su nombre, comenzó a reírse sin disimulo alguno, conducta que asumieron todos aquellos que por los alrededores estaban y le escucharon y como lo dijo en voz como demasiada fuerte, fueron muchos los que rieron.

Antonino era trabajador, tanto que nunca descansaba; para él, el día era igual que la noche y el domingo cualquiera de la semana, tanto como los otros italianos. Aún los de Roma, pese que un gran realizador del cine italiano, en unas de sus películas, llegó a sugerir que en Roma nadie trabajaba. Como típico italiano pasaba de un estado de alegría, buen humor a uno irascible casi sin solución de continuidad. Por eso, Antonino no rompía "el vaso en el camino cuando iba por vino", sino cuando alguien buscaba la manera de asociar su apellido, ya de hecho asociado a la pasta gruesa, el macarrón. Tanto que de manera deliberada o no, casi nadie le llamaba Antonino y tampoco Macarroni, sino pedestremente "macarrón". Son vainas de ese espíritu alegre, comunicativo y desbordado que nos caracteriza. Que es lo mismo que la lisura habitual de los orientales. Y eso le calentaba en demasía, tanto que empezó a provocarle subidas de tensión arterial y hasta enemistades por el simple hecho que alguien, un buen amigo, sin mala intención alguna, al pasar al saludarle le dijese:

-¿Qué hubo macarrón?

Lo peor del caso es que mientras más se molestaba y reaccionaba en contra o increpaba a quien o quienes así lo llamaban aquella conducta contra se expandía como una pandemia. Es decir más se pegaba al feo sobrenombre.

Por eso Antonino, acudió un buen día a un tribunal, por supuesto asesorado por un abogado, que le producía enormes calenteras porque pese al esfuerzo que hacía para no molestarle, sin quererlo, pues no estaba interesado en perder la chamba, lo llamaba macarrón, a solicitar a cambiarse nombre y apellido por Antonio Rodríguez.

Sabía Antonino del cuento de un amigo cuyo padre trabajó en identificación por los lados de Guiria, quien a un chino quien acudió le ayudase a legalizar su situación en Venezuela, pues no tenía documento alguno, optó por elaborarle una partida de nacimiento y sacarle cédula venezolanas, le dijo:

-"Mira chino, tú te vas a llamar Juan Rodríguez, porque con esa cara tuya y ese nombre y apellido, nadie va a creerte que eres venezolano".

Y el tribunal aceptó las razones de Antonino presentadas por su abogado, aunque este siguió, donde lo hallase, llamándolo macarrón. Por eso, Antonio Rodríguez, decidió cambiarse de ciudad y así pudo ser no otro, pero si un tipo a quien se le normalizó la tensión y hasta mandar al carajo al abogado una vez que, por casualidad, se lo encontró en la ciudad donde se había mudado y aquél lo llamó Macarroni.

En Venezuela, tener de apellido Macarroni es un incordio. Razón tuvo Antonino de quitarse esa vaina como quien se extirpa un quiste. Ser chino, hablar como chino y pretender pasar como venezolano, llevando un nombre chino, era un inconveniente, nadie se creería esa vaina en el razonamiento del padre del amigo de Antonino.

En las viejas casonas, no tanto del feudalismo, sino en la Venezuela colonial, aquellas donde capitalismo, esclavismo y hasta servidumbre se hallaban imbricados, asentadas en las grandes haciendas en las afueras y en donde habitualmente vivía la gran familia en la ciudad próxima, convivían centenas de personas. El señor no sólo disponía de los trabajadores de la hacienda, enfeudados o esclavos, hombres y mujeres, sino también un enorme ejército de servidores que trabajaban en las labores de la casa y hasta de un pequeño ejército que se encargaba de cuidar el orden, el cumplimiento del deber y hasta la seguridad de la familia. Allí la norma principal, el rasgo de conducta más apreciado y premiado era la lealtad. Quien diese alguna muestra de inconformidad o ser partidario de un nuevo orden era considerado un desleal y debía pagar por ello.

En la sociedad esclavista norteamericana se habló del "Tío Tom". Era este un viejo negro, en cada hacienda solía haber uno de ellos, bien relacionado con la familia por distintas razones. Con buenos vínculos con los niños blancos, quienes acudían a su cabaña a escuchar sus cuentos y consejos. El Tío Tom era bueno, distinto a aquellos otros negros desleales y potenciales cimarrones.

Los desleales son una molestia, generalmente se les asocia a quienes no rinden culto al estado de cosas imperantes, aunque ellas sean injustas y hasta impuestas. Hay desleales entre quienes compran y venden, entre los ejércitos que se enfrentan para imponer su orden. Los hubo entre los cruzados y los infieles. Los hay entre quienes en un momento dado manejan el Estado y hasta dentro de los que este intentan cambiar por injusto. Los hay en un orden y otro. Pero hay también fieles o leales.

Es desleal aquel que discrepa del señor feudal o el señorito que mal trata a un esclavo o persona del trabajo de adentro. Pero también hay desleales que venden un secreto, ofrecen una ventaja al enemigo a cambio de una buena paga, dineraria o ascenso dentro de la corte. Curiosamente este desleal a quien sirve por la paga adquiere el título y l calificación contraria porque la lealtad se compra. Pero hay desleales porque se mantienen o convierten fieles a la justicia y sobre todo a la verdad y al deber ser. Y estos desde la perspectiva del contrario, de aquel que halló su acomodo, hizo su cama y duerme placenteramente, por peligrosos y ladillas, se les vuelven odiados.

Por cómodo y vivir feliz uno debe ser siempre leal. Tanto al amo y señor de la casa de ahorita y al que venga, no importa cómo entre. Lealtad y deslealtad son términos relativos, depende de quién juzgue. Si uno funge de leal de verdad al jefe, aunque este tenga cochocho, se cambia el apellido, como hizo Antonino para no seguir cogiendo arrecheras, por uno que le sirva de insignia hasta mejor. Es decir un apellido que por sí mismo lo defina a uno. Por eso, haré como Antonino, acudiré a la asesoría de un abogado para que un juez me quite esta vaina de discrepante e inconforme que me amarga la vida.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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