A Cumaná de 502 años, de un pajúo, como Maduro llama a quien discrepe. La chica de la ventana

Entre los venezolanos, "pajearse" tiene, por lo menos dos acepciones. Eso lo sé desde carajito. Hace tanto tiempo que todavía no había conocido al padre de Maduro, quien fue mi amigo y cuando le conocí aun este no había nacido.

-"Vamos a vernos a las cinco en la plaza 19 de abril para echar una pajita".

Así decía uno a un amigo o viceversa a manera de invitación para conversar, pudiera ser algo importante, como el último poema de Neruda, Vallejo, nuestros paisanos José Antonio Ramos Sucre, Andrés Eloy, Cruz Salmerón Acosta, Julio Zerpa o de los humildes poetas cumaneses de entonces, como Juan Gutiérrez o Juan Gorila, Santos Barrios y o una novela que acabábamos de leer o criticar al gobierno y de ello sacar conclusiones. Porque de la habladera de paja, de repente, salen más cosas positivas que cuando uno cree que hace mucho y solo la pone una y otra vez. Pero también sobre el beisbol y hasta para hablar sandeces. De todo eso nos ocupábamos los muchachos alumnos del Liceo Antonio José de Sucre.

Pero la invitación podía ser de otra índole. Como aquella poco sutil pero atractiva envuelta en una pregunta:

-"Nos vemos a las ocho de la noche en la escalinata de la iglesia de San Francisco para mirar el paisaje".

Era de las jóvenes más bellas de la ciudad. No porque uno la viese casi siempre conduciendo un hermoso Oldsmobile, último modelo, de carrocería reluciente, que no cabía por las estrechas calles de la ciudad, tanto que al pasar uno podía verla de cerca, tan cerca como si nos rozase, admirar su linda cara y hasta percibir los agradables olores de su cuerpo que a uno llegaban detrás del perfume que a ellos intentaban ocultar. No sé si es acertado decir que al pasar junto a uno dentro de su enorme vehículo imaginábamos sus piernas y su bello cuerpo todo, porque era el mismo que veíamos en su totalidad todas las noches desde las escalinatas, al pie de la torre del reloj que se paró a la una de la tarde cuando aquel terremoto de 1929, lo que uno supo porque nos echaron el cuento los viejos que aquella tragedia padecieron.

Como hablador de paja, como gusta calificar Maduro a todo aquél que de su gestión discrepe, sobre todo del lado de la izquierda, es una especie de muy buena costumbre, relajante, anti estrés, para pasar el tiempo, socializar y hasta para hallar soluciones, aunque quienes deben aplicarlas no le paren a nadie fuera del pequeño círculo que, cual culebra se enrosca más y más, eso hacíamos en la plaza 19 de Abril. Más justificado en unos muchachos por graduarse de bachilleres con un destino incierto, no habiendo entonces en Cumaná universidad y casi ninguno de nosotros con recursos para trasladarse a Caracas y de esa "paja", con toda la connotación y las fuerzas que aquello desataba, también hablábamos.

Su habitación estaba en el segundo piso de aquella casa con rasgos del pasado, aquél que arranco la furia del terremoto. Una enorme ventana de la casa, ubicada al mismo nivel de las escalinatas, el espacio de su alcoba, miraba hacia la catedral justo donde nosotros a la hora arriba indicaba nos sentábamos dos o tres veces a la semana, como atendiendo a una secreta invitación de ella.

Con parsimonia, como si actuase ante una oculta cámara, empezaba a desvestirse, mientras hacía sugerentes contorsiones. Y así, cumpliendo aquel ritual, procedía a despojarse de la ropa hasta quedar sin nada ajeno al cuerpo. Así cual vestal, que entre nosotros encendía el fuego y se mantenía virgen, pues la mirábamos solamente y desde lejos, se desplazaba de un lado a otro de la habitación. Iba y venía. Se mantenía en una línea de manera que nadie, menos aquellos casi viejos que se sentaban más abajo la viesen. De alguna manera sabía que estábamos allí, quienes sólo podíamos verla y compartir el secreto, hablando paja entre nosotros.

Allá en las escalinatas, nosotros empezábamos por mirar como embobados y, sólo de vez en cuando, alguno emocionado hacía algún comentario. ¡Qué emoción! Ella era nuestra. La chica más codiciada, quizás entre las más bellas de la ciudad, desfilaba para nosotros y nos invitó siempre a mantener aquello en secreto, como mantuvimos en secreto nuestros vínculos con los luchadores clandestinos, haciendo mucho y sin paja hablar, por lo menos de esas dos cosas, con nadie fuera del círculo, exclusivamente para no generar dificultades a ella y a nosotros. Cuando ella, por su propia voluntad, sin consultarle a nadie, como quien escoge un candidato, daba por finalizado el espectáculo hasta la próxima, nosotros terminábamos lo nuestro hablando paja.

Porque no sólo se habla paja cuando uno se refiere a otro, otros o situación determinada sin fundamento, calificación que usualmente hace quien se siente aludido y con el rábano tomado por las hojas, pese los huevos anden volando cual gallinas, sino también se piensa, como cuando nos "tiramos" pajazos mentales creyendo que "nos la estamos comiendo".

De manera que como dije al inicio en "Venezuela pajearse tiene dos acepciones", una es sólo hablar y la otra soñar.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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