El gato se fue y los ratones hicieron fiesta, cuando el gato regrese...

El gato necesitó ausentarse por un problema de fuerza mayor. Los ratones, desprevenidos, tomaron posesión de la casa y arrasaron con todo, hasta el queso que había en la mesa se comieron. Modificaron todo lo que el gato había construido, devolvieron muebles a los vecinos, dieron rienda suelta a las cucarachas, las otras alimañas volvieron. Nadie se opuso y el que lo hizo le salió caro. Todo lo que recordaba al gato fue borrado.

Los ratones, como suele suceder, pelearon entre ellos, todos querían ocupar el lugar del gato: unos decían ser gatos-ratones, los otros se vestían como el gato y ensayaban maullidos. Los enfrentamientos fueron sangrientos. Unos inventaban leyes, inhabilitaban, prohibían, decretaban y hasta llegaron a sentenciar que recordar al gato era delito capital; los otros ratones, ratones como eran, atacaban con premeditación y alevosía, se cubrían con los escudos de los jóvenes. La pelea de los ratones amenazaba con hundir la casa, pero ellos no se importaban, seguían la lucha sin fin.

Un día alguien llegó desaforado, sudado y asustado a los gritos: ¡allí viene el gato, regresó!

La carrera fue tremenda, los que se habían plegado a los ratones no encontraban qué hacer, rápidamente cambiaron de camisa, votaron la ropa azul, se fueron a la puerta y se formaron en fila para recibir al gato con aplausos y gritos de "así es que se gobierna"; otros escondieron el dinero bajo el colchón y, como antaño, buscaron cremas y talco. Las embajadas se abarrotaron, los pasajes para miami se agotaron.

Lo anterior, siempre hay que decírselo a los desprevenidos, es un cuento. Cualquier parecido con sus remordimientos de conciencia es pura casualidad, no hay en el cuento otra intención que la de ser cuento.

Pero, es verdad, lo reconocemos, sopla un fresquito con sólo pensar qué pasaría si el hombre aquel regresara. Se caerían caretas, se arrugarían caras, cundiría el pánico. Cada uno piense su propio escenario. Se puede imaginar qué diría el gato, por ejemplo, preguntaría por sus medidas económicas, por su Constitución, por su gente, vería con extrañeza a ese gabinete raro, pondría orden en la casa, se acabaría la fiesta de los ratones oportunistas.

Sirva el cuento para que cada uno revise su historia, oiga allá en lo más profundo y noble de su alma la pregunta "¿dónde está el Socialismo?" y la responda con sinceridad; si esto que se hace era la meta propuesta, si esto es la tierra prometida; que juzgue cada quien si se dejó llevar por la corriente, o cumplió su deber con el mandato; que evalúe los triunfos y los fracasos: si lo que hace es su papel histórico, si empujar al presidente de la asamblea o caerle a bombas a unos tontos jugando a la guerrita son triunfos militares; si es victoria perseguir a una señora valiente que su pecado original fue decir que la Constitución era buena.

Si el cuento sirve para que entendamos que nos convertimos en un cuento, una historieta, un chiste, entonces este texto cumplió su papel. No nos hacemos ilusiones, sabemos que hasta a Moisés le hicieron fiesta. Cuando el gato se va los ratones hacen fiesta, sabemos que el gato no regresa... pero que alegría le daría al país su regreso.

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Toby Valderrama Antonio Aponte

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