En la OEA, soberanía, vista por esclavo "soberano" que goza siéndolo

Mucho se habla de la esclavitud moderna. Por supuesto, existe la institución o relación de producción – escoja el lector lo que más le convenga – de carácter esclavista en la modernidad. Sólo que ahora, por la modernidad misma y los cambios del tiempo, esta tiene un rostro diferente.

Hoy martes, en el debate que se dio en la OEA acerca de la pertinencia o no de discutir un asunto que sólo compete a Venezuela y los venezolanos, uno percibió allí la presencia de muchos esclavos.

No se necesita estar a favor o en contra de Maduro, con cuyo gobierno es obvio que tengo diferencias y una actitud racionalmente crítica, para sentir – esta es la palabra que me parece más adecuada – que los asuntos de mi familia no los discuto con nadie y menos admito que extraños se metan en esa discusión. El tercero que intenta interceder en los asuntos que competen a los nacionales no sólo suele complicar más el asunto y poner en el centro intereses ajenos al grupo familiar. La unidad de este, sus debidos afectos, por miles de razones, le son ajenos. Por eso, uno debe resolver sus problemas con su propia gente. Menos permitir que agiotistas, ambiciosos y depredadores, que esperan para desguazarnos, metan sus narices en ellos.

Sucede que la propia Carta de la OEA, en su artículo primero, reconoce la soberanía de los pueblos y su derecho a que nadie se inmiscuya en sus asuntos sin su anuencia.

Entiendo que el gobierno de Venezuela, por intermedio de Samuel Moncada, intentó privilegiar ese derecho que no es sólo de Venezuela sino de todos los países miembros. No es casual que los únicos países miembros de la OEA que pudieran no necesitar de ese artículo primero, si es que pudiera excluir a Canadá, no sé, son este y EEUU, para defender sus respectivas soberanías. Pues a ellos, los demás miembros, no pudieran hacerles nada como si harían a los demás una vez sentado ese grave precedente. Por eso, quienes acompañan a EEUU a violar el artículo primero de la Carta de la OEA, que resguarda sus respetivas soberanías no están más que poniéndose una "cuerda en el pescuezo"; que no es otra cosa que un símbolo de esclavitud.

Pero eso sería un manifestación colectiva del deseo de ser esclavo, un incomprensible reclamo de gobernantes que sueñan que sus de países, ya no sean sólo los del patio trasero, sino quieren que el más fuerte les ponga a cada uno un dogal. Esa sería una patente de corso para que Estados Unidos, sólo comprando conciencias como ahora lo hace, invada sin dificultad ni mucho protocolo, como ya antes lo ha hecho en cuanto país que se le ha antojado. ¿Queremos ver el dibujo de los cuadros de los mundos árabe y africano de ahora en la América nuestra?

Pero la esclavitud moderna, por la conquista comprada, es también resultado de la pequeñez y pobreza mental de los figurones de la política. Hoy, en la discusión de la OEA, al personaje vocero de la Consultoría Jurídica del organismo se le "chisporroteó" un juicio, para decirlo como el "Chavo del 8", que es todo un himno a la esclavitud o un canto gozoso de un esclavo y casi eunuco mental. Alguien que cambia su dignidad y vende la de su pueblo por unas monedas sin consultarle nada.

Ante la insistencia de Samuel Moncada, embajador de Venezuela, que la plenaria debía acogerse al artículo 1° de su Carta que habla de la soberanía y la imposibilidad de meterse en sus asuntos sin que medie su solicitud, el consultor jurídico, a quien se le veía a su vez consultando a otros dos que estaban a su lado, no teniendo nada que decir, emitió un juicio propio de un esclavo.

El tipo habla nuestra lengua sin acento ajeno, pudiera asegurar que es latinoamericano de nacimiento y hasta aparente formación cultural o nuestra expresión fonética, por lo menos no hay nada que lo denuncie como gringo. Viste muy bien y, pese su obesidad, su rostro muestra aparente salud. Además es blanco, bastante blanco. Pero es obvio que su formación intelectual y moral es de un débil, porque ante los argumentos de Moncada, respondía con las mismas formalidades ya ensayadas, tanto que la embajadora canadiense casi dijo el mismo discurso. Como si los dos lo tuviesen, ese mismo, atravesado en el buche. Para ellos bastaba votar el orden del día en cual estaba lo de inmiscuirse, porque a ellos y sobre todo a EEUU, le daba la gana, en las intimidades de Venezuela o lo que es lo mismo, en el centro de la discusión entre la familia. De paso, ofrecer una enorme fuerza militar para obligar a unos hermanos y los padres acordar, no siquiera lo que cada uno de ellos diga por su lado, sino lo que el invasor al fin decida. Es decir, el artículo 1° de la Carta de la OEA, o sea la soberanía de las naciones, les importa un bledo. Y hay allí esclavos dispuestos a prestarse para eso.

El gordo, bien vestido y blanco, no teniendo que decir, se le ocurrió el disparate más grande que uno pueda escuchar, no por inculto, tanto como eso no lo creo, sino peor, por el desmedido placer de servir al amo.

Dijo el personaje de marras que, si Venezuela hablaba de soberanía de los países y su derecho a que nadie se meta en sus asuntos sin su solicitud y conveniencia, que sólo puede hacerla el Estado y por este el gobierno, consideraba que los países solicitantes o mejor los gobiernos solicitantes lo hacían en ejercicio de su soberanía. Es decir, de acuerdo con ese patán, otros países, en ejercicio de su soberanía, la de ellos, tienen derecho a meterse en los asuntos de otro u otros. De acuerdo con eso, Estados Unidos puede decidir, por la fuerza que tienen, meterse dónde y con quién le venga en gana. Algo así como que habiendo un conflicto familiar, que ella la familia debe resolver y sólo ella, porque no hay otra forma de hacerlo, los de afuera, alegando su propia soberanía o sus derecho a que nadie se meta en sus asuntos, pueden decidir meterse en donde nadie les ha llamado. Eso sólo se le ocurre decirlo a un servil, esclavo, que es algo mucho más feo y triste que ignorante. Este no sabe lo que dice. Aquél sí y por eso le pagan.

Eso de la OEA, pobre juicio, no es más que un levantar una espada sobre la cabeza de cada país de América Latina toda, que pudiera caer en cualquier momento. Sólo que siempre habrá un primero con quien meterse, con la ayuda de otros, pero a cada cochino le llega su sábado. U hoy me toca a mí y mañana a ti. Y las bombas gringas no discriminan.

¿Habrá en la oposición venezolana gente, por estar en contra de Maduro, capaz de avalar tamaña aberración?



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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