CLAP: No es la economía, estúpido

El analista financiero Robert Triffin dijo en una ocasión: "Lo mismo que Clemenceau, quien dijo una vez que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en las manos de los generales, creo que la economía es un asunto demasiado serio para dejarlo en las manos de los economistas". Bien, nosotros respetamos a los economistas, pues la economía es un asunto demasiado complejo, que requiere sin duda estudios y experiencia, pero acreditamos la frase de Triffin, pues es cierto también que las escuelas universitarias de economía están marcadas por las aproximaciones propias de los conceptos económicos capitalistas y contribuyen a prolongar las maldiciones de ese sistema depredador y antihumano. Alguien nos planteó una vez la siguiente pregunta: "¿Qué pasaría si los meteorólogos empezaran a hacer pronósticos económicos y los economistas pronósticos del tiempo?", y él mismo nos dio la respuesta: "todo seguiría exactamente igual". Esa precisión se fundamenta en el hecho de que, en realidad, la economía no es una ciencia matemática sino una rama de la política.

Según hemos podido indagar, el término "economía política" fue introducido por primera vez por Antoine de Montchrestien, soldado, dramaturgo, aventurero y economista normando, tan temprano como en 1615, quien lo utilizó para referirse al estudio de las relaciones de producción entre las principales clases de la sociedad capitalista. Al final del siglo XIX, el término economía política fue paulatinamente abandonado y sustituido por el término "economía", a secas, usado por quienes buscaban abandonar la visión clasista de la sociedad, reemplazándola por el enfoque matemático, axiomático y no valorativo que perdura en algunos estudios económicos actuales, y que concibe el valor como originado en la utilidad que el bien genera en el individuo.

Toda esta introducción nos sirve de plataforma para aterrizar en el tema de los CLAP, tan apreciados por la comunicación revolucionaria y tan vilipendiados por la derecha. Ambas actitudes se entienden, dada la gran trascendencia real que pueden llegar a tener los CLAP, si el niño crece saludablemente y logra superar las taras presentes en su difícil parto.

El economista y director de la firma Datanálisis, Luis Vicente León, calificó como una "expropiación de la producción" el hecho de que bienes provenientes de empresas privadas se orienten a los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). León indicó que "interviniendo la distribución no aumenta la oferta de bienes, no se produce ni se importa más. Solo se distribuye escasez" y también: "No es posible celebrar a los CLAP como el éxito de la política económica sino como el resultado de su contundente fracaso". Y mencionó, para apoyar sus argumentos, supuestas encuestas que evidenciarían que solo el 19,6% de los venezolanos prefieren comprar una bolsa "impuesta" por los CLAP que decidir los productos que quieren comprar y, además, que el 64,8% consideraría que la entrega de comida a través de estas bolsas promueve más corrupción. La primera manipulación de esta declaración es definir los CLAP como un sistema de distribución basado en la entrega de bolsas de comida. Justo es decir que este concepto erróneo asumido por mucha gente se debe en buena parte en que es eso lo que hemos difundido erróneamente, aunque ahora se hace esfuerzos para corregir esa falla comunicacional.

Los CLAP no son un sistema de distribución de alimentos, sino una fórmula económica basada en la participación popular para contribuir a transformar toda la cadena alimentaria: producción, distribución, comercialización y consumo. Ha nacido, como dijimos, con fallas, naturales, si se quiere, en todo proceso novedoso que se inicia, pero en su concepción y en su intención es del todo correcto. Hay que decirlo, pues los voceros de la economía tradicional, algunos ubicados en el campo de la "izquierda", tratan de empujarnos al callejón sin salida de las soluciones neoliberales. Claman, como sabihondos, por poner en manos del mercado las puertas que supuestamente nos abrirán el camino del abastecimiento pleno y la felicidad cotidiana. Pero nosotros somos revolucionarios, bolivarianos, chavistas y robinsonianos: o inventamos o erramos. Tenemos que crear soluciones que apunten a la transformación radical del sistema económico, usando, como hizo tanto Chávez, el método de ensayo y error. Si acaso nos equivocamos al tratar de generar un sistema económico popular, participativo y protagónico que prefigure el socialismo, pues lo intentaremos de nuevo. Como decía el Comandante Supremo: ese es el camino, no hay otro camino.

En el editorial de la más reciente edición de la oportuna revista Todo el poder a los CLAP, se asienta que "Todo proceso de transformación revolucionario implica un cambio radical (de raíz) en las bases estructurales de la sociedad. Así entendemos la importancia de fomentar y desarrollar nuevas formas de propiedad social que permitan transformar la manera como se relacionan los hombres y las mujeres con la naturaleza, superando la forma depredadora, individualista y egoísta de concebir la producción que propaga la lógica productiva capitalista. Su perverso y enfermizo afán de lucro para el ‘progreso’". Nosotros no podemos conformarnos con mejorar la vida del pueblo, hay que hacerlo con pensamiento estratégico, aprovechando esta lucha cotidiana para avanzar en la transformación profunda de la sociedad, lo cual incluye, en lugar destacado, la transformación del sistema económico, por más arduo y cuesta arriba que parezca. Si no lo logramos, no valdrá la pena nada de lo que estamos haciendo.

Chávez pasó a la Historia al encabezar una gran transformación política en la Patria de Bolívar y le mostró un camino al mundo. Si nosotros, bajo el liderazgo de Maduro, logramos ejemplarizar al mundo con una nueva visión económica revolucionaria, participativa y protagónica, desechando la maldición de Sísifo de la economía capitalista neoliberal, habremos contribuido a completar ese legado histórico.

Parafraseando la famosa frase del comando de Bill Clinton en su campaña electoral de 1992 ("Es la economía, estúpido"), nosotros decimos: "No es la economía per se, estúpido, es la economía política".



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Néstor Francia


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