La prueba de la traición a Jesús por la jerarquía sacerdotal

Una lectura objetiva de la vida, sobre todo de la pasión de Jesús, no deja lugar a dudas, de la traición que recibió y sigue recibiendo. Fíjese el lector de ¿Qué interés tuvo la comunidad postpascual al mostrar tan numerosos y precisos rasgos históricos-sociales una vez que estaba en posesión del Jesús resucitado? No pudo ser otro que el mostrar la conexión real entre el Cristo de la fe con el Jesús de la historia que mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió. Podemos ahora aproximarnos a la respuesta de nuestra pregunta y circunscribirnos a lo que le sucedió al Jesús histórico con su muerte, dejando metódicamente de lado el resto del Nuevo Testamento y las formulaciones ulteriores de la Iglesia. Podemos decir que el por qué murió Jesús no se explica con independencia; más aún, la prioridad histórica ha de buscarse en el por qué le mataron. A Jesús le mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió. Sobre este por qué de su muerte puede plantearse el para qué de su muerte. Si desde un punto de vista teológico-histórico puede decirse que Jesús murió por nuestros pecados y para la salvación de los hombres, desde otro punto de vista más etéreo puede sostenerse que lo mataron por la vida que llevó. No fue ocasional que la vida de Jesús transcurriera tal fue; así como no fue tampoco ocasional que esa vida le llevara a la muerte que tuvo. La lucha por el Reino de Dios suponía necesariamente una lucha en favor del hombre injustamente oprimido y fue ella la que le llevó al enfrentamiento con los responsables de esa opresión.

Jesús no fue muerto por confusión de sus enemigos, la jerarquía sacerdotal judaica y autoridades romanas, ellos estaban cierto que Jesús con su prédica sobre el Reino de Dios representaba para ambos sectores, en lo que se refiere a lo religioso, político y económico, una amenaza contra el orden social establecido y sus prebendas. Jesús no predica un Reino de Dios abstracto, sino un Reino concreto, un poder que va más allá del corazón del hombre y se convierte en causa vivencial. En estas condiciones históricas el enfrentamiento es inevitable y la muerte de Jesús se constituye en necesidad histórica. La comunidad religiosa post-pascual, creyente de la resurrección y divinidad de Jesús, consideró imprescindible alejarse del Jesús histórico, y darle la máxima importancia en mostrar al verdadero creyente lo que fue la vida, milagros, pasión, crucifixión y muerte de Jesús. He allí la traición a Jesús por parte de los sacerdotes, antiguos y modernos, puesto que no practican a conciencia sus enseñanzas de amor hacia el prójimo; por dedicar más tiempo al ejercicio de otros terrenales oficios, olvidando un poco o mucho lo meramente considerado espiritual.

Para una vida plenamente cristiana hay que difundir hasta la saturación mental lo que fue la vida activa y la predica de Jesús, es ello lo que hace posible una fe verdadera que testifique la fuerza nueva de la religiosidad. La conmemoración de la muerte de Jesús no es suficiente, hay que realizar adecuadamente una celebración cultual y mistérica de la vivencia interior de la fe en Jesús, no solo la celebración de una historia que sigue los pasos de quien fue muerto violentamente por quienes no han aceptado los caminos de Dios, tal como lo fue revelado por Jesús. La confusión existente en la vida de la Iglesia y de los cristianos, del por qué muere Jesús y del por qué le matan, no está suficientemente justificada. Es una disociación que reduce la fe a una pura evasión o reduce la acción a una pura praxis histórica. La praxis verdadera, la plena historicidad, está en la comprensión de ambos aspectos, aunque esa unidad que se hizo presente en la vida del Jesús humano e histórico se quiera dividir. No puede olvidarse que si la vida de Jesús hubiera terminado definitivamente en la cruz, el llamado creyente estaría en la misma oscuridad que su muerte. En conclusión, la jerarquía sacerdotal ha venido traicionando la memoria de Jesucristo, aquellos por servir como lacayos al dominio romano y el gran temor de perder sus prebendas en tierras ocupadas por extranjeros. Hasta hoy la Conferencia Episcopal y su jerarquía sacerdotal en el mundo, jamás ha justificado vehementemente que fue Jesús quien proclamó el templo de Dios, lugar definitivo de la presencia de Dios entre los hombres y para el acceso de los hombres a Dios. ¡LA CONFERENCIA EPISCOPAL NECESITA ADOCTRINAR Y SER RECATADA!



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José M. Ameliach N.


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