¡Dios me salve María, me aumentaron el salario! Parte (I)

Aquello que escuchábamos decir a quienes llegaron primero a viejo que uno, "esto es tan extraño que parece un correr de venados tras los perros", me viene ahora a la memoria, cuando pongo a un maestro de escuela jubilado, quien esto escribe, decir: "¡Dios me salve María, me aumentaron el salario!" Pero también, si a ver vamos, tiene eso un profundo sentido racional y hasta clasista. Revela como es verdad que la lucha de los trabajadores y entre estos incluyo en la vanguardia a los educadores, no significa nada si ella se limita a las conquistas salariales y firma de contratos que por lo general intentan dejar todo como está y restarle su empuje y aspiración de cambio profundo y verdadero.

Ahora recuerdo que, en los años sesenta, cuando un sector planteó luchásemos por aprobar lo que entonces se llamó "la escala móvil de salarios", en una economía como la nuestra entonces más o menos estable, por lo menos sin saltos inusitados y la palabra inflación sólo la pronunciaban intelectuales y por intelectualismo puro, mientras los sureños sufrían los avatares ahora nuestros y también de ellos, inmediatamente fue desechada por la vanguardia, porque esa propuesta le restaba fuerza, contundencia y permanencia a la necesidad de alentar la lucha de clases. Si mi memoria no falla, suceso nada extraño, en el MIR la desechamos prontamente aunque algunos sectores de la izquierda la mantuvieron por largo tiempo. Se vio, entre nosotros, como un convenio que ponía en segundo plano la esencia y necesidad de la lucha de los trabajadores.

No obstante, a esta altura de la vida, en una economía inflacionaria hasta fuera de lo común, sin que nos diésemos cuenta, nos impusieron lo que muchos años atrás consideramos una camisa de fuerza para el movimiento obrero y las clases explotadas en general. En la Venezuela de hoy, la lucha de los trabajadores ha perdido tanto empuje, que los aumentos de una significativa cifra de trabajadores los otorga periódicamente el Estado, en buena medida imbuído de lo viejo, simplemente porque la sociedad poco ha cambiado. Los trabajadores y su dirigencia se limitan a esperar que el Estado decida. Hasta en eso parece habernos afectado el rentismo petrolero, dado un Estado paternalista. Pues el Estado que funge de líder y dirigente de la clase trabajadora y como padre bondadoso, cada cierto tiempo, ante el desborde de los explotadores de la fuerza de trabajo, distribuidores de mercancías, prestadores de servicios e impone el salario a pagar y percibir. De manera, por lo menos en lo que a eso respecta, la lucha de clases queda como controlada, sin fuerza y disminuidos los fines estratégicos de la clase. Si lo vemos bien, pareciera haber una perfecta coincidencia de intereses entre el Estado y el capital. Lo que no quiere decir, porque no es tan simple, que ellos se hayan puesto de acuerdo para actuar de esa manera. Es obvio que el actual gobierno y las clases dominantes pugnan, pero las relaciones son las mismas. La clase no aparece en rol primordial tal como le compete; ha optado por dar una autorización para que le "resuelvan lo suyo". Los contratos mismos que le "firman", esta forma verbal es deliberada, a los trabajadores cada cierto tiempo, por períodos de dos y tres años, cuyas conquistas quedan pulverizadas a los pocos días del acto del cierre del convenio, se convierten en dogal que doma, controla y hasta corta las aspiraciones de aquellos hasta la firma de los próximos. La clase sindical que dirige, como en los viejos tiempos, privilegia al Estado y o a las dominantes de la economía. Mientras tanto, la marcha inflacionaria garantiza al Estado y capitalistas que los aumentos por el tiempo de vigencia del "acuerdo" apenas alcancen un 100 ó 120 %, cuando sabemos que al término la inflación llegará al 1000 % en el mejor de los casos. Para algunos pareciera de sueño que el Estado y la dirigencia, a su libre albedrío, como en representación de la masa trabajadora, asuman aquella actitud, pero en verdad pudieran hundirla en la mansedumbre y en pérdida de aspiraciones de cambio. Además, cuando queda insatisfecha, sólo o primordialmente reclama por la escala salarial.

La pugna que uno observa pareciera muy distinta a la que deben dar los trabajadores por el cambio, sino una de subsistencia, donde ambos factores en pugna parecieran haberse puesto de acuerdo para destruir el salario, el valor del trabajo y hasta el interés por el trabajo mismo. Pues uno parece observar a simple vista que lo que prevalece es la acumulación excesiva y criminal de ciertos grupos, incluyendo esos que manejan la criminal práctica del bachaqueo.

Se me ocurre pensar, sin que medie en ello mala fe, que todo, como decía el "Chapulín Colorado" está perfectamente calculado.

-"¡Dios me salve María, me aumentaron el salario!"



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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