Letra ordinaria

Vencer y convencer

"¡Venceréis, pero no convenceréis…!" profirió con firmeza el filósofo Miguel de Unamuno el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca como parte de su respuesta a la intervención del general franquista José Millán-Astray, quien había exclamado: "¡Abajo la inteligencia, que viva la muerte!". La frase que corona esta anécdota ampliamente conocida de los inicios de la Guerra Civil Española quedó para la humanidad para que la utilicemos no sólo para recordar el hecho sino también para extraer de ella toda su potencia política.

Recordar es preciso que Unamuno, rector de esa universidad y anfitrión de los intervinientes, todos defensores y simpatizantes del fascismo, había apoyado el alzamiento militar de julio de ese año encabezado por Francisco Franco, que propició la guerra y derivó en una cruenta dictadura que duró hasta 1975 con la muerte del dictador. Tuvo sus razones para apoyarlo, pues Unamuno era abiertamente anticomunista y antimarxista, y veía como una amenaza el matiz izquierdista que tomaba el gobierno de la República española. Sin embargo, tres meses después se retractaba y públicamente manifestaba su oposición a la bestialidad de la guerra y de los fascistas que comenzaban a imponer un régimen de terror y muerte. Pero digo todo esto para extraer de sus palabras el sentido político que contienen, pues con autoridad y fuerza ponía en evidencia que no basta con vencer en la lucha al enemigo, sino que es preciso ganar también entre la gente la razón.

En la batalla política se necesita ejecutar las acciones necesarias para alcanzar los objetivos requeridos, lograr la estabilidad, neutralizar al enemigo; pero también es muy importante tener de su lado la voluntad del pueblo, el apoyo moral, el favor de la gente que acompañará las acciones y aportará una fuerza irrevocable. Para esto un gobierno debe mantener en el discurso y en la demostración el espíritu del pueblo que quiere dirigir, hacer suyas sus inquietudes y deseos, ser el reflejo en la acción y en la propaganda de la voluntad popular. Tener la razón.

Bien sabido es que en una guerra la razón muchas veces no es clara, y que la batalla consiste en gran parte en dominar la conciencia de la multitud. Muchas veces se puede hacer lo que es debido o lo que se cree que lo es, pero no se tiene el favor del pueblo ya que el enemigo lo ha dominado. Esto es igual a no haber hecho casi nada.

La comunicación, enfocada en lo que aqueja e interesa a la población, es el arma más valiosa en una contienda. Y la acción política que afecte de forma cercana, corporal, la vida de las personas, es la mejor forma de convencer y sumar voluntades a la causa que se defiende. Aterrizar las consignas y las ideas en el sentimiento del pueblo es la estrategia que llevará a la Revolución a cumplir la exigencia política del sabio Unamuno: vencer y convencer.



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