Por el odio del joven que arrolló dos policías en Táchira

Después de ver el video y la fotografía del joven detenido acusado de conducir el vehículo que arrolló y quitó sus vidas a dos también jóvenes policías, entre estos una dama, se apoderaron de mí dos sentimientos igualmente profundos que pudieran ser encontrados, tristeza y rabia.

Los tres, si fue uno sólo el responsable directo, ejecutor de la tragedia, son jóvenes. Dos perdieron la vida a temprana edad y comenzando a servir a su comunidad. El tercero, según dice la prensa, causante de aquel arrollamiento, al parecer nada accidental, sólo tiene 22 años y es estudiante universitario. De alguna manera, yo diría que muchas, porque creo en lo humano, ese lamentable acontecimiento en el que se vio envuelto y, más que eso, fue responsable directo, el verdugo que dejó caer el hacha, sin juicio, alegatos, acusaciones, defensa y sin haber pecado de por medio que castigar, quizás inducido, le pesará toda la vida. Ahora sólo es un muchacho, probablemente impulsado por el odio inducido que le convirtió en juez, dios vengativo, que deba decidir la suerte de todos. Es triste pensar pudiera ser parte de una fuerza, un sentimiento malsano, que germina en la sociedad venezolana y anuncia una tragedia nacional.

Sentí dolor por los tres y todos. Sin olvidar la misma tragedia que agobia a los padres de los tres; de las víctimas y el victimario, quien pudiera ser hasta una simple pieza de tablero de ajedrez macabro. Comenzaría por decir como con un lugar común, "pudieran ser mis nietos". Pero también pensar en el destino que eso pudiera anunciar a nuestro país, hijos y nietos. Y ese dolor y tristeza, que no son exactamente lo mismo, me hizo recordar dos poetas:

En una navidad, allá en México, donde estaba exiliado, mientras en Venezuela soportábamos la dictadura, que sí lo era, Andrés Eloy Blanco había escrito un poema, que si mi memoria no me traiciona, está inserto en su libro "Giraluna":

"Por mí, ni un odio, hijo mío,

Ni un solo rencor por mí,

No derramar ni la sangre

Que cabe en un colibrí,

Ni andar cobrándole al hijo,

La cuenta del padre ruin."

Los únicos delitos del exquisito poeta, excelente humorista, cordial político militante y brillante diplomático, fueron esos. Porque no pudo ser delito, justamente como no lo es ahora, haber sido militante de AD, aquella de la medianía del siglo veinte, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1945 y luego Canciller de la República. Pérez Jiménez dio un golpe de Estado; los gringos le apoyaron, hasta el mismo presidente depuesto, Rómulo Gallegos*, así lo denunció, y sólo por eso, los miembros del gobierno derrocado se convirtieron en "delincuentes", según la calificación del gobierno defacto y para salvarse, muchos de ellos, tuvieron que salir del país. Por eso el poeta, se siente herido, tanto que canta, aunque parecía a salvo allá en la tierra azteca, que no lo fue, pues casualmente de manera "extraña", un vehículo le arrolló y quitó la vida:

"…los cuatro que aquí estamos

Nacimos en la pura tierra de Venezuela

Amamos a Bolívar como a la vida misma

Y al pueblo de Bolívar más a la vida entera

Y a Venezuela, inalcanzable y pura,

Sabemos ir por el "bendito seas"…..

Pero el estar lejos le acerca. Crece su amor por todo, hasta por la "vieja casona oriental". No abriga odios y ruega para que en sus hijos tampoco este germine. "No derramar ni la sangre que cabe en un colibrí".

Con la misma tristeza evoqué aquel excelente poeta que fue Nicolás Guillén, cubano por los cuatro costados. También en su país, por los mismos motivos y amparada por la misma gente, había una dictadura, la de Fulgencio Batista; por las represiones militares ante las simples manifestaciones de inconformidad, que nada tenían que ver con gestos como este del Táchira, escribió aquel poema que se titula "No sé por qué piensas tú", en el cual canta, con amor y hasta ternura:

"No sé por qué piensas tú,

soldado, que te odio yo,

si somos la misma cosa

yo,

tú".

El muchacho, estudiante de un instituto universitario, arrolló, de la manera que lo hizo, dentro de un acto lleno de furia y hasta odio, a dos miembros de la Policía Nacional Bolivariana, recientemente egresados del aula, lo induce uno por sus edades, y pensando en eso, escucho al bardo cubano:

"Tú eres pobre, lo soy yo;

Soy de abajo, lo eres tú,

¿de dónde has sacado tú,

soldado, que te odio yo?

Como por allá, por el Medio Oriente, hasta entre algunos pueblos euroasiáticos, han introducido el virus del odio por diferentes cosas, o provocado enfrentamientos por cuestiones que se pueden manejar sin dificultades, como aquellas relacionadas con la religiosidad, tal como lo hacemos en nuestro mundo del Sur, entre nosotros pudieran estar manejando lo relativo a las diferencias políticas y las insatisfacciones generadas por problemas económicos, derivados de diferentes causas y provocados por distintos agentes, de un lado y otro, para generar el odio que produce hechos como el del Táchira, sin olvidar otros ya conocidos para que todo ese bajo sentimiento nos lleve a una guerra, donde hermanos formen parte de ejércitos encontrados. Así hacen nacer un ejército, paramilitar se le suele llamar ahora, para enfrentar a otro y a un pueblo, que son la misma cosa, que quiere cambios para su beneficio pero sin tiros ni violencia de ningún género. Allí hay una vía expedita, la constitucional.

Por esto último, por la tragedia que envuelve a tres muchachos iguales, el soldado de allá, con las palabras de Guillén, pudiera decirle al de acá o viceversa:

"Me duele que a veces

te olvides de quien soy yo;

caramba, si yo soy tú,

lo mismo que tú eres yo."

Duele, como al poeta, que quienes quieren "lo que es tuyo y mío" para apropiárselo ellos, lo de los dos agentes policiales y jóvenes estudiantes como el del autobús y del pueblo todo, les pongan a entre matarse, en lugar de acordárseles. Pues ahora podrían ser los policías o soldados, quienes canten a ese joven estudiante y todos los estudiantes y jóvenes, quienes como él ahora piensan y predispuestos están:

"Ya nos veremos yo y tú,

juntos en la misma calle,

hombro con hombro, tú y yo,

sin odios ni yo ni tú,

pero sabiendo tú y yo,

a dónde vamos yo y tú,

¡No sé por qué piensas tú,

……,que te odio yo!"

Ese odio es de ellos. De los de arriba. Quienes nos quieren arrodillados y volver con sus capataces. Es a ellos a quienes corresponde la batalla como mandan las leyes si quieren que el mundo siga siendo como es. El pueblo, estudiantes y policías, que como Andrés Eloy, deben amar a Bolívar y Venezuela como la vida misma, porque del pueblo es la tierra, sus riquezas, tradiciones, lo es todo, deben ir, como canta Nicolás Guillén:

"Juntos en la misma calle,

hombro con hombro, tú y yo,

sin odios ni yo ni tú".

También podríamos cantar, como Alí Primera, para enrumbar al joven que le quitó la vida, sin motivo alguno, a los dos policías, "sabiendo que somos lo mismo tú y yo":

" ……suelta el fusil.

Tómalo oligarca."

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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