¡No nos resignemos al capitalismo! ¡Luchemos por el socialismo!

En una promoción que anuncia una entrevista a un economista del IESA, un muchacho convencido de flux y corbata dice que Venezuela necesita ayuda internacional a causa de un futuro colapso "macroeconómico". Si eso fuera cierto ¿a quién le importaría la macroeconomía en tiempos de revolución?

Para estos economistas es algo obvio pedir financiamiento a FMI o al BM en una crisis económica de carácter capitalista, aun sabiendo que básicamente son crisis del capitalismo. Es una perspectiva fatalista y oportunista a la vez. Porque estos técnicos viven de las crisis, se alimentan del despojo que dejan; son como los zamuros. Son asesores, hacen análisis del entorno, conjeturas y promesas. Y cuentan con un cartapacio de clientes, que van desde grandes bancos privados, siendo ellos mismos grandes especuladores en las bolsas de valores, hasta ministros y presidentes que trabajan bajo las reglas "macroeconómicas" del capitalismo.

Esto nos dice mucho del reto que significa hacer una revolución socialista, de tener que "cambiar todo lo que deba ser cambiado" (no de "reformar todo lo que deba ser reformado" como dijo una vez el presidente). Cuando nuestros economistas y asesores hablan de crisis macroeconómica –y no me refiero al joven del IESA obviamente- estamos aceptando el fatalismo neoliberal, que la única salida a las crisis sociales y económicas está dentro del capitalismo, amarrados a un moribundo, tan gordo que todavía alimenta zamuros y a ricos insaciables. Y ellos pretenden revivir ahora a ese adefesio por falta de imaginación y de voluntad.

Una revolución socialista es cambiar "todo lo que deba ser cambiado", y lo primero que debe cambiar es la mentalidad fatalista, de resignación, de pensar que el único mundo en el cual podemos vivir o morir es en la mentira capitalista, en el egoísmo y la indiferencia. Que lo único que existe o debe existir es el lucro. Lo único que vale es el lujo, la ostentación y la vanidad exacerbada, junto al hambre la ignorancia y la miseria del espíritu y el cuerpo.

Nadie dijo que hacer una revolución era fácil, menos una cuando se tiene que dar en el espíritu. Pero tampoco es imposible, si consideramos que hubo un primer revolucionario socialista en el mundo y una secuela de revolucionarios y revoluciones que nos anteceden. El miedo a lo desconocido se ha ido perdiendo en el tiempo. Ha habido una acumulación de conocimientos, de experiencias y valor revolucionarios. O sea, que lo desconocido del socialismo no lo es tanto, yace, además de en un cúmulo de experiencias, en el corazón revolucionario y su espíritu; en las ganas de cambiar.

Es de lo que adolecen los economistas asesores del gobierno y críticos del gobierno: del espíritu revolucionario. A veces resulta muy complicado explicar lo que parece evidente: que el único desarrollo importante, al que debemos atender de primero, es el humano. No el índice del PNUD, esa paja loca capitalista, hablo del crecimiento de la humanidad, del espíritu, medido por nuestros hechos, por nuestros logros en el cambio. Que nuestro espíritu deje atrás a la sociedad capitalista, que entendamos que no es lo único importante hecho por el hombre en quinientos o seiscientos años, que somos humanos y cambiamos necesariamente. Pero se necesita valor para cambiar.

Resignarse a vivir en el miedo, con miedo a una sociedad distinta, ese es nuestro problema principal. Estamos atrapados en nuestro propio individualismo; solos e indefensos. Así como jalamos la braza a nuestra sardina, nos aceptamos cuando el otro hace lo mismo con uno, y por eso desconfiamos, y por eso vemos en nuestro vecino a un enemigo y no a un hermano. Es fácil decir "yo no creo en nadie" o decir "yo no creo ni en mi madre", para disimular el miedo que nos da asociarnos para enfrentar nuestros problemas comunes. Es más cómodo opinar lo mismo sobre todo, pasar desapercibidos, confundirse en la masa por no defenderla de los chismosos, de los violentos, de los explotadores, de los abusadores; de los maleducados, de los ignorantes; de los pedantes y farsantes. Es mejor decir lo que todos dicen, sin pensar mucho, para no complicarnos la vida.

Así también piensan en el gobierno los técnicos y asesores; la mayoría de los ministros. Creen que hacer la revolución es dar un "salto al vacío". Es triste oír eso cuando uno sabe que Chávez murió de mano del capitalismo imperial a causa de querer dar ese salto sin miedo. Da vergüenza por esos seres pusilánimes que ahora reculan. Que la desconfianza en el futuro los hacer inventar las más absurdas y rebuscadas excusas para no avanzar en la revolución socialista y asociarse con el capitalismo: para equilibrar los indicadores "macroeconómicos", así la gente se hunda en la oscura miseria, espiritual y material.

Más de lo mismo, eso tranquiliza a las mayorías ahora, disgregadas, pendientes de sus propias vidas abandonadas de una palabra de aliento, de la dirigencia que recula y del discurso esperanzador de la revolución.

A nombre de la paz se nos quiere domeñar y obligar al mismo sistema de explotación, el de siempre, que nada tiene de socialismo. Al mismo sistema de desavenencias. Con el pretexto de conservar la paz se nos quieren castrar de la esperanza y que nos resignemos a la misma violencia de la explotación patronal, al abuso de los capitalistas, a la existencia de grandes propietarios, a los patronos, para decirlo de forma clara ¿Acaso esas empresas que darán empleo en la Faja o en la Zonas Especiales no tendrán dentro capataces, administradores, gerentes, abogados, jerarquías, abuso y explotación? ¿Acaso no tendrán sindicatos y sindicalistas comprados y corruptos, aprovechadores?

En nombre de la paz nos llaman a entregar la conciencia. Nos dicen que para elevar las fuerzas productivas no nos queda otra cosa que trabajar para los mismos burgueses, que haya más ricos y poderosos, y que haya más desigualdad, que abandonemos los ideales socialistas revolucionarios.

Nadie habla de confiscaciones. Que respondamos a la violencia con la que los capitalistas se roban los dólares y esconden las mercancías, la sacan del país con contundencia revolucionaria. Que elevemos las fuerzas productivas con la propiedad social, no creen en la propiedad social, les da miedo la propiedad social, por todo lo que implicaría esto como cambio en la conciencia, en ellos y en la masa trabajadora, en la población en general. Un trabajo de formación y de dar buenos ejemplos para un cambio de conducta, de una mala conciencia individualista, egoísta a ser conscientes del deber por el éxito de toda la sociedad.

Un pragmático pusilánime como Aristóbulo Isturiz dría que esto es solo una idea romántica, que con romanticismos no se puede atacar la inflación, la corrupción, a la violencia. Pero la corrupción es el capitalismo; la inflación también, el desabastecimiento también y la consecuente violencia que genera también es capitalista. Porque están los capitalistas destinados a robarse el fruto del trabajo del obrero y de los trabajadores en su conjunto. Porque esa es su naturaleza.

Asesinado Chávez, el miedo se apoderó del alma del gobierno Ahora proliferan los aprovechadores y pícaros; muere el chavismo, la voluntad de cambio revolucionario, el estudio, las ganas de vivir en un mundo distinto y mejor, más humano. ¡Perdamos el miedo al futuro! ¡Viva el socialismo!



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Héctor Baíz

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