El qué informar de Luis Britto García

"Recordar los operativos de seguridad de fin de siglo, que detenían a todos los habitantes de un barrio para verificar si tenían antecedentes penales". http://www.aporrea.org/medios/a221673.html

Entre las 25 recomendaciones que este ilustre intelectual venezolano da al gobierno para que modifique su política de información, ante la actual crisis que vivimos los venezolanos, tomé la que recuerdo me afectó más directamente y que nunca olvidaré.

Año 1972, trabajaba yó como Promotor Social en una ONG llamada "Acción en Venezuela", sostenida económicamente por el gobierno norteamericano, empresas norteamericanas con fábricas en Venezuela y un grupo de empresarios privados venezolanos. El trabajo consistía en hacer Promoción Social en los barrios más pobres del país, acompañando a jóvenes voluntarios norteamericanos para que estos "conocieran" nuestras realidades y nos ayudaran a salir de la pobreza con programas de cooperativas, organizándolos para la producción de bienes de consumo y formación de líderes comunitarios. En esa época la gente de nuestros barrios recibían con mucho agrado a esa gente rubia y con ojos azules que hablaba un castellano como Tarzan.

Esos jóvenes que venían ya entrenados e informados sobre cómo hacerse agradables a la gente de los barrios, para que les abrieran las puertas de sus ranchos, tenían que pasar un tiempo viviendo allí con ellos enseñándoles inglés, entrenando a los jóvenes en deportes y organizando a las mujeres para que estas comenzaran a producir ropa, sembrar huertos y venderse entre ellos las ropas usadas que les traían donadas por las familias ricas de la ciudad.

La información anterior es para introducir lo que viví un día en Cochecito, sector El Estanque, parroquia El Valle donde estaba viviendo mi madre, la cual una tarde de cualquier día de la semana fui a visitar para pedirle la bendición y verla; algo que hacía por lo menos una vez al mes, pues yo vivía en Maracay con mi esposa e hijos. Cuando me estoy despidiendo de ella, en la puerta del rancho donde ella vivía con mi padrastro y otros 4 hermanos, se acercan varios policías exigiéndome que me pegara a la pared y pusiera mis manos en la nuca. Les obedezco y me piden la cédula, bajo la mano izquierda para sacar mi billetera del bolsillo trasero izquierdo para sacarla cuando recibo el primer golpe en la costilla. Mi madre que todavía permanece a mi lado comienza a llorar y a pedirles que no me atropellen. Yo les argumento que no les puedo dar la cédula si no me permiten sacarla de mi cartera que es el lugar donde la tengo.

Me permiten sacar la cédula de la cartera y se las entrego, mi madre trata de interceder por mí, pues yo estaba de visita y no vivía en el barrio. Los policías no le hacen caso y me llevan por toda la calle con los brazos en la nuca. Igual que yó a todos los jóvenes que encontraban o estaban llegando de sus trabajos, pues eran casi las 6 de la tarde. Yó aunque tenía más de 30 años de edad, les parecía a esos "guardianes" no mayor de 20 años.

Al final de la calle había un autobús estacionado con varios policías que esperaban a todo el que comenzaba a subir, lo agarraban y le preguntaban que hacían y de dónde venían. Traté de hablar con el que dirigía el operativo y le dije: "hermano, por favor…" Y su respuesta fue tajante: "Yo no soy hermanos tuyo y ni lo quiera Dios". Si alguno respondía que era estudiante, uno de los policías le preguntaba: ¿Qué es química? Y si el interpelado no le respondía "correctamente", entonces lo hacía subir al autobús, si la pegaba, entonces lo dejaban libre. A mí me hicieron subir al bus y con más de 30 jóvenes fuimos a parar al estacionamiento del hipódromo.

Eran como las 9 de la noche cuando uno de los muchachos dijo una obscenidad y uno de los policías que guardaban la puerta del autobús se paró y pregunto quién había dicho la grosería, como ninguno respondió entonces se quitó el casco plástico de su cabeza y comenzó a golpear uno a uno en la cabeza para que confesara si había sido él u otro de los que allí estábamos. Cuando me iba a tocar a mí, me puse de pié y le increpé diciéndole que él no tenía derecho a agredirme sino a protegerme, pues yo era un trabajador social. Saqué mi libreta personal y un bolígrafo para anotar su número de placa. ¡Más vale que nó!. Entró en cólera y sacando el rolo de madera que tenía en su cintura comenzó a golpearme en el estómago y a gritarme que tomara el número de su placa y lo denunciara si quería. Alguien le dio la orden que dejara de golpearme.

Eran las 11 de la noche cuando nos hicieron bajar del bus en Cotiza, sede de la policía en esa época. Allí nos tuvieron sentados en una sala y luego a las 4 de la madrugada me devolvieron mi cédula de identidad y me dijeron que podía irme a mi casa. Les dije que ellos tenían que llevarme al sitio de donde me trajeron, pues yo no tenía dinero para tomar un carro libre. Solicité me trasladaran en una patrulla y las carcajadas burlándose de mi petición, todavía me resuenan en los oídos. Caminando desde Cotiza a Cochecito pude llegar a la casa de mi madre, la cual todavía estaba llorando por lo que me podía haber pasado.

A penas pude me dirigí a la oficina de Acción en Venezuela para solicitar una constancia de trabajo e ir a la Prefectura para que me dieran un salvoconducto que me permitiera poder estar en horas nocturnas en las comunidades haciendo mi trabajo de promotor social. Hablé con el prefecto del municipio Libertador del D.F., quien me firmó una carta que hacía constar que yó era promotor social y que estaba trabajando en Acción en Venezuela.

De eso hace más de 40 años y todavía no olvido la actitud cruel y prepotente con la cual los funcionarios policiales trataban a los jóvenes de los barrios y sobre todo si teníamos la piel obscura. Por eso siento cierto resquemor, cuando veo en los noticieros que la OLP ultima a jóvenes que se les enfrentan en los operativos que se realizan de profilaxis social y de protección de la ciudadanía en nuestras barriadas.

 



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Juan Veroes


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