La lucha interna, sepultura de todas las revoluciones

"Aquí yace una Revolución que no supo resolver su lucha interna". El anterior puede ser el epitafio de todas las revoluciones hasta hoy derrotadas. Es así, y aunque parezca paradójico, todas las revoluciones han caído víctimas de sus luchas intestinas, no de la confrontación con el enemigo externo. La lucha interna (es comprensible) es producto de las contradicciones sociales que viven, sobreviven, en el interior del proceso aunque tomen otra forma. La llegada al poder no significa su eliminación sino su transmutación, su enmascaramiento.

La forma como la Revolución resuelva estas contradicciones determinará su futuro. La historia nos habla de dos maneras principales de resolverlas, ambas han conducido a la pérdida de los procesos, a su restauración. Veamos.

Una, la represión, el fusilamiento, la cárcel, la persecución de la disidencia, su desprestigio con acusaciones terribles. Este método es aplicado ampliamente; si recordamos que hasta Marx fue acusado de agente enemigo nos daremos cuenta de su uso sin freno. Los ejemplos son abundantes, van desde Trotsky, aún hoy atacado por cualquier mentecato, hasta el asesinato de poetas, pasando por los vergonzosos juicios políticos en países del bloque socialista. Eso sin contar los ostracismos, los marginados, los perseguidos silenciosos, los malditos, aquellos que es un delito saludar, los innombrables.

La otra manera de resolver las contradicciones, la lucha interna, es la "disciplina". Esta es más sutil pero igual de efectiva, produce el asesinato político. Todo comienza con llamados a la unidad, pero unidad alrededor de las posiciones contrarrevolucionarias, que no se pueden discutir en nombre de la lealtad a un pasado que ya fue hace tiempo traicionado, olvidado. Así, la crítica disidente no es discusión sino indisciplina, hablar es romper la unidad, hacer labor a favor del enemigo. La disciplina deja de ser una cualidad revolucionaria para convertirse en una palanca contrarrevolucionaria.

En aquel ambiente mediocre pasan los días, crece el espíritu capitalista, afincando sus valores, hasta que en un instante aflora como un volcán el capitalismo, arrasa con cualquier vestigio de Socialismo; ya nadie lo nombra, es pecado, y sin ninguna respuesta de los "disciplinados", y frente a sus ojos atónitos se pierde el intento revolucionario. Las estatuas son derribadas, los retratos retirados con burlas, ya nadie celebra, ya nadie recuerda. A los que no pelearon les queda el consuelo de que fueron "disciplinados".

Aquí, la Revolución se pierde frente a nuestros ojos, "disciplinados" asistimos a su derrumbamiento, nadie discute, todos apoyan, hasta los disparates más grandes son vistos como innovaciones teóricas. Sufrimos un proceso de pérdida de la Revolución que es pérdida de la capacidad de razonar, de pensar. Pérez Abad en el gabinete, los privados en la Faja Hugo Chávez, son signos evidentes del deslizamiento. Pero nada se discute, todo lo arropa la disciplina. Se habla de planes donde el centro es lo productivo, pero no se habla del humano, del humanismo, de la propiedad de esa producción. Nada se discute, todo lo arropa la disciplina, y a los disidentes sólo les queda Aporrea.

Qué bien le haría a esta Revolución que algunos altos dirigentes tengan un poquito menos de disciplina y más de irreverencia, de lealtad con lo que alguna vez fuimos.



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Toby Valderrama y Antonio Aponte

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