Los precios del mercado público o ¿la vida es una tómbola?

Nota: Acabo de llegar del mercado público y como se decía en Europa en la época de la post guerra, salí con una carretilla llena de billetes y regresé a casa con una bolsita de poca capacidad. Justamente compré, entre otras cosas pescado; cojinúa, tradicionalmente de los más baratos, porque sierra, por sólo nombrar una especie, está reservada para ricos, especuladores, corruptos, enchufados y sus socios y hasta bachaqueros y no para maestros de escuela como el suscrito. Debo confesar mi pesimismo pese escuchar al presidente ayer, hablando a los pescadores de mi tierra natal, Cumaná, hacerle ofertas de ayuda y apoyo para comprometerles a achicar la cadena de comercialización. Eso mismo lo empezamos a hacer desde la promulgación de la llamada Ley de Pesca. Pese todas las ayudas en aperos, instrumentos de pesca, botes, motores y gasolina subsidiada de la ya subsidiada, incluirles en la GMVV y hasta incorporarles gratuitamente al IVSS para que adquieran el derecho a pensión, quienes forman las cadenas de comercialización del producto con el apoyo, se podría hasta decir, casi incondicional de los pescadores, decepcionaron a los consumidores. Los centros de acopio que crearon en muchos sitios, eso mismo que el presidente vuelve a ofrecer cerraron y se destruyeron y uno cree que los destruyeron. Llegué a ver en Margarita, asunto que denuncié por aporrea, en el poblado de El Tirano, como los pescadores que llegaban en botes a motor donados por PDVSA, entregar su pesca a los caveros, mientras que al centro de acopio que allí había le ignoraron y quienes le administraban se limitaban a mirar aquello con complacencia. Cualquier persona que se acercase a comprar algo para el consumo familiar le mandaban a entenderse con los caveros. Es vox pópuli que los pescadores además suelen surtirse en demasía de gasolina para contrabandearla en alta mar, pues no sólo venden allí la pesca en dólares sino también el combustible.

Estos recuerdos y hasta dudas me llevaron a buscar en mi archivo hasta encontrar este trabajo, que como "ustedes pueden ver", fue publicado en 1988, hace casi 28 años, en el desaparecido "Diario de Oriente". Su título original es "Los precios del mercado público", pero por lo que allí se dice y todo lo que hemos vivido, como la casi mágica, infantil historia de los huevos a Bs. 420.oo, le agregué lo de ¿la vida es una tómbola?

Obsérvese que se refiere a la época de la IV República y por lo que allí se dice, los precios de las mercancías estaban bajo control, lo que muestra que no fue eso una invención "comunista o del chavismo", como dicen quienes primero aplicaron la medida ante el ansia especuladora del sector comercial, grande y pequeño; claro, el primero da el empuje inercial.

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¿Dónde comienza la cadena de especuladores?

¿Hasta dónde alcanza el ingrediente inflacionario en la tenden­cia alcista de los precios y dónde empieza el agregado especulativo?

¿Los concejales y autoridades encargadas de controlar el delito de la especulación, al informar con listas en la mano, de los precios que deben regir en el mercado, lo hacen con verdadero conocimiento de la situación; ponderando los factores en juego, con un estricto criterio de justicia, sin intención de pantalleo y fines electoralistas?. ¿Actúan justa y acertada­mente, con las mejores de las intenciones por delante? ¿Acaso son ellos y los consumidores víctimas del contubernio entre comerciantes y fiscales que deben vigilar con celo que se cumplan las decisiones oficiales?

Unas pocas horas antes de entregar este artículo a la dirección de "Diario de Oriente", en medio del jolgorio y la esquizofrenia que paradójicamente provoca la Semana Santa, presionado por el deber, empecé a reflexionar de la manera precedente. Naturalmente, esas interrogantes están amparadas en la rica experiencia de un visitante consecuente de los mercados públicos. Y lo soy por obligación y por un interés cultural. Pues el mercado es un reflejo interesante de la vida de una población. Visitar un pueblo o una ciudad y no ir a uno de sus mercados es un descuido imperdonable en alguien que crea que todo momento es propicio para el aprendizaje.

Y este conocimiento nos permite afirmar que, pese a lo que se diga, los precios en los mercados, en la mayoría de los casos, no se ajustan con los anuncios de las oficinas del Estado o Municipio.

Quienes en el mercado público, en Barcelona o Puerto La Cruz, expenden el pescado, para citar un caso específico, en ninguna época del año se ajustan a los precios anunciados por los funcionarios del Estado. Una cosa dice Idalba o Beatriz, o quienes les precedieron y otra, con voz estentórea, los vendedores del mercado. Estos alegan que los niveles de precios que se fijan oficialmente no se corresponden con lo real. Siempre están por debajo o al mismo nivel de los precios de los mayoristas.

Si esto es cierto, algunas veces parece no serlo a la luz de observaciones muy sencillas y ligeras, se estaría afirmando que la conducta de los funcionarios del Estado, en lo que a esta cuestión se refiere, es poco seria y responsable. Porque se actúa sin los estudios e informes indispensables, sin que en ello esté implícita la mala fe. Pero podría pensarse lo contrario; en un gesto demagógico que afecta la dignidad de esos pequeños comerciantes que quedan denunciados como especuladores ante la opinión pública.

Afortunadamente para los vendedores del mercado, el venezolano pese la gravedad de la crisis económica, por mal informado o predisposición cultural muy internalizada, sigue siendo un consumidor notabilísimo. Y la mayoría adquiere los productos a precios ostensiblemente por encima de los fijados oficialmente sin asomo de inconformidad ni el más mínimo gesto de protesta.

Y uno se pregunta no sin preocupación ¿está tan mal informado así o es un ciudadano de una mansedumbre y conformismo que van más allá de lo que uno se imagina? ¿O es acaso - lo que seria también grave - una muestra que el venezolano poco respeto y credibilidad tiene por los funcionarios del Estado?

¡Cualquiera de los dos casos nos alarma!

Pero si los vendedores del mercado mienten y la conducta de los funcionarios estatales en materia de fijación de precios es la correcta, como lo deseamos, estamos entonces ante una anormalidad que debe ser subsanada por el bien de la dignidad de estos. Y es que en los mercados públicos no respetan las justas decisiones que se toman para proteger a los consumidores. Y es más, los pocos ilusos que reclamamos y señalamos las tablas de precios que se exhiben, somos víctimas de ofensas y amenazas. Todo esto es un secreto a voces. Basta con ir, sin aspavientos de funcionarios, un día cualquiera al mercado para empaparse de esa realidad.

Y el caos es tan grande que basta con moverse a pasos cortos para encontrar diferencias gigantescas de precios en un mismo producto. Pero con una constante, siempre por encima de lo establecido oficialmente.

Y para terminar, pues ya sigue el merequetén de Semana Santa, quiero hacer estas otras reflexiones, no por dañar, por el contrario, para motivar una conducta saludable.

¿La no correspondencia entre lo declarado y la conducta fiscalizadora está concebida para quedar bien con Dios y el Demonio? ¿Es qué definitivamente los fiscales no le paran a sus superiores? ¡Y esto es una cosa muy grave!

Diario de Oriente

04 - 04 - 88



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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