¿Tercera Guerra Mundial?

Texto de docuficción con más visos de realidad que de fantasía.

Por azares del destino el prestigioso periodista L. M., amigo mío desde la infancia, hoy día editor de la sección política de un famoso periódico neoyorkino, me hizo llegar un texto absolutamente increíble, que constituye -creo- una de las piezas más importantes para entender el mundo actual.

Al momento de compartírmelo me hizo partícipe de su terrible angustia, pues el documento de marras no era una simple noticia más, una nota interesante o un chisme jugoso. Por el contrario, se trata de una revelación espantosa, que bien podría servir como prueba irrefutable en un tribunal internacional para enjuiciar a Washington y su arrogante política imperial. El pequeño detalle es que no existe hoy en el mundo poder suficiente que pueda sentar a la gran potencia en el banquillo de los acusados.

La angustia de mi amigo se debía al dilema ético en que se encontraba (o se encuentra aún): quien se lo dio -también íntimo amigo suyo desde la época de sus aventuras estudiantiles- es actualmente parte del equipo de asesores de seguridad de la Casa Blanca. En una situación similar a la del especialista en informática Edward Snowden, quien trabajara para agencias de seguridad gubernamentales, los monstruosos secretos de Estado de los que se le hizo cómplice llegaron a un punto en que lo doblegaron. Ante esa situación, su ética se impuso, decidiendo revelar lo que sabía. O, más exactamente dicho, revelando lo que escuchó en una reunión del más alto nivel en la que, contraviniendo los protocolos de seguridad, se permitió grabar parte de lo tratado con la idea de hacerlo público, porque el asco ante el horror lo galvanizó, lo golpeó en lo más profundo de su ser.

Mi amigo L. M. no sabía qué hacer con tamaña "papa caliente" en la mano; de ahí que días atrás, simulando llegar a mi clínica por un dolor de muela -soy odontólogo-, me compartió el texto. Es la desgrabación de lo que su amigo pudo captar en esa oficina gubernamental, registrado todo con mucho temor a través de un procedimiento láser de última generación, en secreto. El texto que me acercó -y que yo ahora me permito hacer público- contiene las intervenciones de varios de los asistentes a esa junta. Estaban allí, además del presidente, varios altos funcionarios del Poder Ejecutivo y un par de poderosos banqueros (más poderosos que los funcionarios, por supuesto). Son todos varones (el patriarcado se sigue imponiendo). Lo que se podrá leer en un instante deja paralizado, estupefacto (obviamente no se dan los nombres de los participantes).

Por una cuestión de dignidad humana, de principios éticos mínimos, decidí ahorrarle angustias y sufrimientos a mi amigo y hacer circular la revelación. Si bien él no me pidió en forma expresa guardar ningún secreto, era evidente que lo torturaba lo ocurrido en esa oficina, y moría por la ansiedad de no saber qué hacer: decirlo le podría costar la vida, y guardárselo lo mataba de otra forma. Difícil decidir, sin dudas. Opté por la sana actitud aristotélica: "amicus Plato, sed magis amica veritas"*. En otros términos: aunque soy un ciudadano americano que, directa o indirectamente se beneficia de la industria de la guerra que mi país mantiene a diario, mi conciencia no me permite mantener oculto lo que las más altas autoridades, que se supone elegimos nosotros en forma democrática, están elucubrando. Eso es, lisa y llanamente, la peor monstruosidad que pueda concebirse, algo inhumano, horrendo, contrario a los más elementales principios de la convivencia social. ¡No sé cómo gente así puede dirigir una nación y decirse cristiana! Como profesional de la salud y defensor de la vida que soy, me opongo terminantemente a la realización de estos macabros planes.

Espero que la reproducción de esta reunión sirva para evitar un holocausto.

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R.: ¡Por supuesto, señores! No nos queda otro camino.

T: ¿Por qué no?

R.: Porque cualquier otra opción significa la derrota como país. Y además…, cualquier otra opción –no seamos tontos con esto, caballeros–, cualquier otra opción nos haría perder miles de millones de dólares.

T.: ¿Está diciendo que sigamos viviendo de la guerra?

R.: ¡Exacto! No solo lo digo; lo afirmo con toda la fuerza, lo grito, lo hago saber a todo el mundo. ¿O no es cierto que la cuarta parte de nuestra economía, y quizá más aún, viene de la industria militar?

H.: Eso es cierto, y creo que no debemos olvidarlo nunca.

R.: Por supuesto. Creo que H. lo entiende perfectamente… Bueno, creo que todos los que estamos aquí lo entendemos así. ¿O hay alguien que se oponga?

T.: Yo tendría mis reservas, caballeros. No es que me oponga al negocio de las armas, si buena parte de mis inversiones van por ahí. Y les agradezco infinitamente a ustedes, como políticos, que me hagan rendir ese capital. ¡Por supuesto que la guerra es negocio!; de eso no me quejo. La duda que me queda es eso de una nueva guerra mundial.

S.: Lo mismo digo. Nadie se opone, mi querido R., a seguir con los planes bélicos. Creo que todos los que estamos en este salón de eso vivimos. ¡Y no vivimos mal, por cierto! Pero una guerra mundial con energía nuclear…, no sé, tengo mis dudas.

R.: Entiendo sus temores, señores. Pero esto no es una improvisación. Hace años que venimos trabajando muy concienzudamente en esto. ¿Verdad M.? Ahora M. nos va a mostrar una presentación con datos concretos para hacerles ver los pro y contras. Pero créanme que son más los beneficios que las pérdidas.

H.: En realidad no es que me preocupe que vayan a morir unos cuantos milloncitos de personas en esto. Incluso si son de los nuestros, ciudadanos americanos. Ya sabemos que para eso tenemos a los negros y a los hispanos. O, al menos, así fue hasta ahora en todas las guerras que hemos armado. Obviamente nuestros hijos no van al frente, ni siquiera manejan aviones ni barcos: negros, hispanos o avispas* pobres son los que ponemos por delante. Pero lo que ahora se está planteando es otra cosa: ¿cómo defendernos de un misil nuclear que caiga en nuestro territorio?

T.: Exacto: ese es el problema. ¿Podemos evitar que nos llegue la energía nuclear?

R.: El secreto está en la forma que lo hacemos. Recuerden que quien pega primero pega dos veces. Además…, esta guerra que buscamos tiene sus bemoles.

H.: ¿Y cómo hacerlo en este caso?

R.: Señores: ¡veamos los beneficios!, no los problemas secundarios.

A.: Si me permiten, quiero tomar la palabra. Venía escuchando la discusión y no quería participar para ver por dónde iban las cosas. Veo, mis amigos, que tienen muchas dudas en el campo bélico. Pues bien: para despejarlas es que estamos nosotros, los buenos militares. Somos profesionales de la guerra, es decir: de la muerte de otros. Si de cuidar sus inversiones se trata, para eso estamos. Y con toda convicción, con el más hondo patriotismo, en nombre de nuestros más sagrados principios como hombres de bien, siguiendo los pasos de Washington, de Lincoln, de Jefferson, les puedo asegurar que está todo bien calculado: ¡no podemos perder la guerra!

H.: De acuerdo, general. Lo felicito por sus convicciones y ese innegable amor a la patria que manifiesta. Pero más allá de declaraciones emotivas, lo que necesitamos son pruebas irrefutables. Si algo hizo grande a nuestro país no fueron las declamaciones sino la practicidad. En concreto: ¿cómo ganar una guerra nuclear si nuestros enemigos también tienen armas atómicas?

Z.: No soy un especialista en operaciones militares. Soy simplemente el presidente de la nación, abogado de profesión. Pero puedo decir algo al respecto de todo esto, caballeros: hace ya un buen tiempo que venimos preparando la operación. Como dijo el general A.: no podemos perder la guerra, porque está matemáticamente calculado que así sea. Y además, esto creo es lo fundamental, tenemos que ver esto en términos políticos, que es otra forma de decir: verlo económicamente, en clave de costo-beneficio.

S.: Explíquese, presidente.

Z.: Pues bien: la guerra, contrario a esa visión apocalíptica que piensa que se va a terminar el mundo, trae más beneficios que otra cosa. Al menos para nosotros.

T.: ¿Y si nos caen bombas atómicas sobre nuestras cabezas?

R.: ¡No nos van a caer!, porque la cuestión no es destruir de una vez a los chinos y a los rusos. Si les disparamos directamente a ellos, por supuesto que vamos a conseguir que ellos nos devuelvan el golpe. ¡Y ellos tienen armas peligrosas!, lo sabemos. La nueva guerra mundial podrá usar armas atómicas…, pero sólo en forma limitada. Y por supuesto no el territorio chino o ruso. De lo que se trata es de acorralar al enemigo, dejarlo sin respiración, hacer que se rinda. La destrucción directa es imposible.

H.: ¿Por qué sería imposible?

Z.: Porque ellos tienen tantas bombas como nosotros, y si se lanzan todas, no queda nada. Ustedes sabrán, señores, que la energía nuclear concentrada en la superficie del planeta sirve para destruir el mundo 7 a 8 veces. Por tanto, si se dispararan todos los misiles -cosa absoluta y técnicamente imposible, cosa que jamás va a ocurrir- la onda expansiva que se produciría llegaría a Plutón, destruyendo la Luna y Marte, y dañando severamente a Júpiter. Obviamente, no es eso lo que queremos.

T.: ¿Qué queremos exactamente con la guerra entonces?

R.: No hay que andarse con miramientos. En estas cosas no valen las posiciones románticas. La guerra ha sido y sigue siendo cosa de hombres, aunque ahora hablemos de equidad de género y esas cuestiones. La guerra es para doblegar al enemigo, para imponer nuestra voluntad. En otras palabras: ¡para ganar! ¿Y qué queremos ganar ahora? El control del planeta, aunque chinos y rusos sigan vivos. Es más: queremos controlarlos a ellos. La Tercera Guerra Mundial para eso sería.

T.: ¿Cómo lograrlo entonces? Por favor, explíquense señores.

R.: Si me permite, señor presidente, lo que tenemos que dejar bien en claro, sin falsas emotividades…, o digámoslo de otra manera: ¡sin mariconadas!, es que la guerra sigue siendo la guerra. Y la guerra es para derrotar al enemigo, no para perdonarlo. ¿Qué necesitamos ahora como potencia? Nuestro enemigo hoy día no es Europa. Ya la conquistamos después de la Segunda Guerra Mundial. Ella es nuestra esclava dócil. O, digámoslo de otra manera, nuestro socio comercial menor. Con ella no hay problema. Como no lo hay ya con el comunismo. Eso, al menos por ahora, quedó en la historia…, y aprovecho a mandarle saludos al general Pinochet y a todos los monstruitos que supimos preparar en nuestra retaguardia. ¿Cuál es el verdadero problema actual?

H.: Los rusos y los chinos. Ya lo sabemos. Pero, ¿y entonces?

R.: Amigos: no se trata de tirarles 100 misiles sobre su territorio, porque inmediatamente tendríamos otros 100 misiles, o más, sobre el nuestro. Y ahí se cumpliría aquella doctrina del "loco"*, de la destrucción mutua asegurada. Por supuesto, creo que ustedes lo saben, eso jamás va a ocurrir, porque ninguna de las dos partes quiere autoaniquilarse. Nos reservamos, en todo caso, algunos secretitos como el polvo radioactivo, o las bombas de radiación ultravioleta. Pero sin entrar en esos preciosismos técnicos: sabemos que el cacareado holocausto termonuclear nunca va a llegar, porque no estamos tan locos. Tirar todas las bombas sobre ellos significa que también nosotros nos morimos, y que también Plutón sentiría los efectos. Nos queremos eso. Y el enemigo tampoco. Lo que queremos es vencerlos, no matarlos. ¿Saben que las reservas más grandes de petróleo, gas, agua dulce y minerales estratégicos están en Asia, verdad? En la Siberia, en Rusia, en China. Si los destruimos…. ¡nos perdemos todo eso!

S.: ¿Entonces?

Z.: Si me permite, general… Pues creo que hay que entender todo esto no en clave de técnicas militares, sino políticas. Como dijo nuestro amigo R., en quien confío grandemente desde el punto de vista de las operaciones bélicas: no queremos perdernos ese caramelo. ¿Saben ustedes que el mercado potencial más grande del mundo son los 1.300 millones de chinos, no? Si los matamos… ¡nos perdemos el mercado más grande que va a existir! ¿Queremos acaso perdernos la reserva subterránea de agua dulce más grande del planeta? ¿O la queremos para nosotros? Por supuesto: la queremos nosotros. Y está en Rusia. Si la destruimos y contaminamos con energía nuclear, simplemente nos quedamos sin agua.

H.: Entiendo todo esto, y les agradecemos la explicación. Pero, ¿cómo los derrotamos?

Z.: ¿Escucharon alguna vez aquello de "quitarle el agua al pez"?

H., T., S.: Si.

Z.: Bueno…, de eso se trata. No es oponer un misil nuestro a cada misil de ellos. La guerra que nos planteamos es otra cosa: es asfixiarlos destruyendo lo que necesitan, ¿se entiende?

T.: ¿Qué se haría exactamente, Z.?

Z.: Muchachos, ¿pueden contestar ustedes con más precisión técnica?

R.: ¡Por supuesto, Sr. Presidente! Miren, caballeros: quitarle el agua al pez es hacer que el animal muera por asfixia. ¿Qué necesitan estos países, nuestros principales enemigos? En algunos casos: recursos, como el petróleo. Rusia los tiene, China no. Entonces…: hacer lo imposible para que no llegue más petróleo a la China. Destruir sus vías de suministro. O destruir sus vías de comercio, sus países vecinos. Destruirlas sin piedad, aislarla, bloquearla. Además, ambos países necesitan mercados para sus productos. Entonces… ¡destruir sus mercados potenciales! Léase: el África, buena parte de Medio Oriente. Latinoamérica no, porque es nuestra y la necesitamos en buenas condiciones. Pero matar unos cuantos millones en el África nos viene muy bien. ¿Para qué sirven estos negros? Los nuestros, además de algún presidente que anduvo por allí, para jugadores de básquet…, ah: y para músicos de jazz, o raperos. Digamos que… ¿sobran?

H.: Porque sobran bocas en el mundo, ¿verdad? ¿A eso se refiere?

A.: Exactamente. Hay demasiada gente y los recursos se van agotando. Desaparecer unos cuantos millones, controladamente… digamos: mil millones, hacia eso apuntamos.

S.: ¿Mil millones? Pero, ya que lo vamos a hacer… ¿por qué no lo hacemos bien? Tanta gente comiendo todos los días y consumiendo agua implica demasiados recursos, ¿no? Porque indirectamente también consumen energía, petróleo. ¿No es poquito mil millones?

T.: La presión demográfica es demasiado fuerte, caballeros. Yo soy malthussiano en eso, y me preocupa mucho lo que se viene. ¡Hasta el aire puro ya empieza a faltar!

S.: Además, con la robotización ya no necesitamos tanta gente, ¿no les parece?

Z.: Caballeros: estos son cálculos conservadores. Ustedes saben que desde hace tiempo el gran negocio está en hacer guerras y luego vender la reconstrucción. Es como un Plan Marshall perpetuo. Obviamente, eso es más efectivo que vencer y dejar un ejército de ocupación, porque así existe siempre la posibilidad de la resistencia. Si en cambio destruimos y después vendemos los servicios de reparación… es más tranquilo, y ¡más ganancia!

A.: ¡Hasta la reparación psicológica puede venderse! Ya lo pusimos de moda…

S.: ¡Interesante! Felicitaciones, muchachos… Veo que se la están pensando bien. Hablando de otra cosa….

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Aquí se interrumpe el texto, porque hasta este punto llegó la grabación.



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Marcelo Colussi

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