Sólo una crónica de Cumaná, mi pueblo

Hablando de una guerra con contrincante mocho

Cuando escogí el título, recordé a José Manuel Hernández, aquel guerrero a quien llamaban impropiamente "El Mocho", pues en realidad sólo le faltaban dos dedos de una mano. Por eso, pese su apodo, pudo dedicarse a la guerra. No como Cervantes quien en la Batalla de Lepanto recibió una herida en una mano que posteriormente se le anquilosó y paralizó por lo que dejó de guerrear y se ganó el apodo de "manco de Lepanto", pero pudo escribir una portentosa obra.

Después de esto del título, por la muy extraña guerra que ahora libramos, me puse a jorungar en mi infancia y encontré como escribir esta historia, vuelta aquí una crónica, que en mucho a aquella se parece.

La primera guerra de la cual tuve noticias, siendo un niño y mi padre Presidente de la Corte Suprema de Justicia del Estado Sucre, entidad federal integrante de los Estados Unidos de Venezuela, de conformidad a la Constitución vigente entonces, de lo cual se derivaba tanta pomposidad, se desarrolló en Cumaná, si mal no recuerdo, entre miembros de las familias Yegres y Rondón.

Como hablé de mi padre y el cómo majestuoso cargo que entonces desempeñaba, debo advertir que fue el único hombre de quien tengo noticias, que teniendo una posición tan importante como esa, al morir no teníamos sino el mismo rancho donde nacimos mis hermanos y yo en el barrio Río Viejo en el camino hacia Las palomas; tan insignificante que hasta hace poco estaba en pie y ninguno de nosotros, los hijos del viejo Paco Damas Blanco, porque se llamaba Paco y no Francisco como muchos creían, hemos tenido interés en rescatarlo. Tampoco tenía el viejo un palmo de terreno en el cementerio, en una ciudad, Cumaná y un Estado Sucre, donde todas las viejas familias tenían tierras por montones hasta en el pescuezo, por lo que hubo de enterrarlo en uno donado por un familiar. Entonces, yo, su hijo menor, sólo tenía diez años y un largo futuro por delante de hambre, dificultades y toda clase de privaciones.

Porque mi padre era un poeta y tanto lo fue que vivió como tal.

Pero volvamos a las guerras. De esa guerra entre familias supe porque todos los días, al salir de la escuela, tendría ocho o nueve años, me iba al despacho de mi padre donde se hablaba de aquello; pues el asunto se ventilaba ya en esos espacios. Sonaba tanto como luego aquel relacionado con el asesinato de una joven conocida como Brunilde Blohm, del cual escribiré algún día, porque siempre me asalta ese recuerdo. Las dos familias, Yegres y Rondón, eran de amigos de mi padre y parte de los segundos, eran vecinos nuestros en Río Viejo. De esos Rondón, uno de ellos, que estuvo en esa guerra y por ello un tiempo en la cárcel, conocido como el "indio" Rondón, junto a sus hijos aparecen en mi novela "El Crimen Más Grande del Mundo", ganadora del premio del Ipas-Me del 2010, con el apellido Serrano que es el segundo mío, heredado de mi madre.

En aquella guerra, entre amigos y vecinos nuestros, hubo lamentablemente varios muertos y la continuación del odio mismo que la generó. Era de esos odios familiares que se heredaban como si fuesen valores culturales o una simple propiedad material. Por un conflicto entre nuestros ancestros, a la descendencia se le transmitía el odio a través del mensaje diario, persistentemente y hasta por la carga genética. Un odio como aquel de las familias Montesco y Capuleto, en la obra de Shakespeare, "Romeo y Julieta", que venía desde antes que los padres de los dos jóvenes enamorados hubiesen nacido.

La otra guerra que conocí y hasta fui víctima, sin estar en el campo de batalla, y casi corriendo pareja con la mencionada anteriormente, fue la segunda guerra mundial. Por radio y hasta en los avances del cine, teniendo una muy corta edad, recibía información de aquella horrenda contienda donde los contrincantes se daban con todo y al final, ya casi rendidos los japoneses, aliados de Hitler y Mussolini, dos ciudades, Hiroshima y Nagasaki, recibieron la horrenda carga caída de los cielos o mejor lanzada por un bombardero gringo que produjo miles de muertos, sobre todo niños, ancianos y mujeres porque los demás estaban en los campos de batalla, muy lejos de aquellas dos ciudades martirizadas.

La tercera guerra de la cual tuve noticias., como ya dije, siendo niño, que no la última, pero que he dejado para hablar de ella al final, por lo grotesca o mejor, para no herir susceptibilidades y no violar "los santos sacramentos", fue la que libraron Francisco "Cochinito" Rodríguez y un "mesonero" maracucho del Bar Sport, de allí, de Cumaná.

En ese entonces, un grupo de entusiastas, no vamos a llamarles empresarios, porque sería hablar pendejamente, intentaban hacer de Cumaná una plaza para el boxeo profesional, como antes otros incursionaron en el toreo con el más rotundo fracaso. En ese esfuerzo, se encontraron con una figura del barrio creo que se llamaba "La línea" - si me equivoco me corrige algún cumanés - de la calle que arrancaba en la esquina donde estaba el Colegio de los Padres Paúles y llegaba hasta la parte atrás de la escuela República Argentina, a los pies del cerro "Pan de Azúcar", llamado Francisco Rodríguez a quien apodaban "Cochinito". No tiene éste nada que ver con Francisco "Morochito" Rodríguez, nuestro campeón olímpico, quien es del barrio Plaza Bolívar, de los lados del Salado.

Aquel extrañamente habilísimo combatiente, no sé de donde salió aquella joya en una ciudad pequeña donde los combates a los puños, patadas y dentelladas solían librarse en cualquier espacio, sin reglas ni medida, había ganado unas cuantas peleas, ahora no recuerdo cuántas, casi sin recibir golpes.

Llegó el momento que nadie se atrevía a combatir con él y exponerse a que les llenase de guantes y tumores, mientras terminaba fresco como lechuga. Pero era la atracción, "La Joya del Nilo", había que explotarle y de paso de él servirse para hacer de Cumaná una plaza para el boxeo profesional como empezaba a serlo.

En ese afán de buscarle contrincante, un maracucho, recién llegado a nuestra ciudad, habrían transcurrido unos dos meses desde su arribo, con el interés de meterse aunque fuese unos pocos billetes, se ofreció a combatir con quien era la gran figura del espectáculo. Le hablaron para sellar el trato en su sitio de trabajo, que era el Bar Sport, de Francisco Pérez, también una heladería prestigiosa por la exquisitez de su producto. El personaje era un poco más alto que Rodríguez y de mucho mayor peso, pero fue lo único que encontraron por el momento.

La pelea se promocionó precisamente como la "gran guerra", bajo la influencia de la conflagración que se desarrollaba en Europa y entre nosotros se manifestaba en escasez y una relativa tristeza emanada de la propaganda de la contienda bélica.

Comenzó la pelea; "Cochinito", como era su estilo, se movía con habilidad y hasta elegancia alrededor de su contrincante lanzando rápidos jab de izquierda y luego fuertes y repetidos golpes de derecha. El maracucho, lento por su excesivo peso y lo que los entendidos llaman "falto de ring", se mostraba doblado, con el dorso casi horizontal y los guantes frente a la cara, para así eludir o contener los golpes que insistentemente lanzaba su adversario. Al segundo round, el "asesor o consejero" del Maracucho, observando que éste no lanzaba golpes y se mantenía sólo a la defensiva y moviéndose con torpeza de lado a lado, le gritaba:

-"Saca las manos. Tira golpes para alejarlo de ti".

A lo que respondía el mesonero del Bar de Francisco Pérez, "¡no!, tranquilo, déjalo que se canse".

Al quinto round de una pelea pactada a ocho, el Maracucho no podía con su alma, por la falta de entrenamiento y la avalancha de golpes que en seguidilla le llegaban pese a se cubría de tal manera que sólo dejaba expuesta la espalda en posición horizontal.

Al octavo round, el último del combate, "Cochinito seguía brindando su espectáculo de golpear y bailar con elegancia, lo que años más tarde Classius Clay o Mumhamad Alí llamó "picar como una avispa y bailar como una mariposa", lo que afortunadamente complacía a aquel sencillo y hasta ingenuo público, mientras el entrenador o mejor "el consejero", porque el tipo no estaba entrenado nada, le seguía gritando, viéndole todavía engatillado:

-"¡Coño! Pero saca las manos que ese hombre te está despaturrando".

Recibiendo del "maracucho" la misma respuesta de cuando inició aquella guerra de un solo combatiente y una sola víctima, como decir "una sola camisa y un solo pantalón":

-"¡No! Tranquilo que algún momento se cansará".

Es esta una historia verdadera. Como suele decirse, si en algo coincide con la realidad es pura coincidencia, diré:

Esta historia verdadera de mi niñez, si en algo se parece al ahora, salvo a la poca elegancia del gladiador que nos atosiga a golpes, a esta guerra económica, es pura coincidencia. No es culpa nuestra.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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