Cosas de un "traidor, apátrida, agente del enemigo"

No faltarían adjetivos para cualquiera que se salga de la línea del partido o sea del PSUV que es el Partido del Estado, la línea va y los civiles de ayer se cuadran ante órdenes y no reflexiones y lo dicen con orgullo "yo soy un soldado de la revolución" un país que no esta en guerra y que le sobran civiles que desean ser ordenados como militares y militares que están en el poder civil.

Por ahí entonces encuentro y vuelvo a Maneiro, si a Alfredo Maneiro con un texto que si lo escribiera hoy estaría creo que como ayer, señalado por un sector de una "izquierda" bastante primaria y quizás en sus espacios de construcción en Catia y Guayana ojala y los amigos pudieran publicar este trabajo de ese brillante margariteño que le dio sal y pimienta al pensamiento democrático en el país.

No imagino a Alfredo parase firme frente a discursos anacrónicos y a veces pestilente, llamados intimidatorios y ordenes que no reflejan conocimiento y si pura y cruda marcialidad, hace poco me preguntaba un viejo amigo " tú no eres soldado de la revolución" la respuesta fue no y en mis años de adolescencia nunca los reclutadores lograron prenderme en alguna encerrona.

Bien les dejo el texto de Maneiro que ojala no lo quemen en leña verde…

El desespero

No van bien las cosas. No van bien las cosas del común, con unos gobernantes de segunda y con una oposición de tercera. Con una clase política que no sólo es incapaz de enfrentar creativamente a los problemas políticos, administrativos, sociales, culturales y de todo tipo que el país tiene planteado, sino que carece de la voluntad para hacerlo. Reseñar esto parece abundar en un lugar común. Lo que creo un raro lugar es constatar el reciente carácter general del malestar: a un pueblo abrumado por el errático gobierno, se suma ahora un gobierno aturdido; por su propia incompetencia. Vale la pena; entonces. Detenerse, en este universal desasosiego.

Lo que el pueblo en general ha tenido y tiene que aguantar, habría bastado en una comunidad más impaciente, para hacerle sobrepasar los limites de la prudencia. Aquí, sin embargo, salvo casos aislados, desfasados de la voluntad mayoritaria, el común de la gente, demócrata contra viento y gobierno, está demostrando que no le tumban fácilmente su esperanza de lograr una conducción más sensata y digna para los asuntos del Estado.

De hecho, lo que este pueblo soporta. cotidianamente sin perder la calma despeja cualquier duda que pudiera tenerse acerca de su capacidad de aguante. Innecesario enumerar las condiciones adversas a las que se le somete. Es visible la desproporción entre las altas posibilidades que una sabia gestión hubiera aprovechado para, invertir el signo de esas condiciones, y los miserables resultados que este gobierno está ofreciendo al país. Las exigencias que la misma realidad plantea como de solución posible e inmediata, se ven respondidas por decisiones y logros que, lejos de contribuir a despejar el camino de la necesidad, nos refieren a un futuro cada vez más incierto a través de un pésimo presente. Eso es así, tan cierto como la resistencia del pueblo a perder la fe en la posibilidad de una acción efectiva, que sepa corregir los desastres del manejo de las cuestiones públicas sin tener que recurrir a vías que traspasen los limites de la Constitución y de las buenas maneras. En el conjunto de la ideología democrática, ese es, por cierto, el aspecto que más hondas raíces tiene y más afianzado está en la conciencia ciudadana: el de la confianza en que por las vías pautadas, puede darse un vuelco a una situación ingrata; que es cuestión de esperar el momento en que la garantía democrática basada en la elección periódica, permita desprenderse de un gobierno particularmente infeliz, y asume como propia la sentencia de Kafka, que califica la impaciencia como el pecado original del cual se derivan los demás. Para decirlo en el lenguaje de la calle, se hace evidente que este pueblo no cae en provocaciones, no cae en las provocaciones de su gobierno ni tampoco, ampliando un poco más el radio de responsabilidad, en las de la clase política en general.

No hay duda. El pueblo es paciente y confiado. Con razón o sin ella se siente dueño de los mecanismos de respuesta establecidos y confía en la capacidad de utilizarlos adecuadamente. Es empujado hasta; el borde del desespero; más no se desespera; conserva la cabeza despejada para estar atento al diseño del porvenir sin caer en provocaciones.

Pero ahora que una relativa escasez convoca a la seriedad que no se tuvo en la abundancia, ahora, cuando ocultas podredumbres salen a la luz y cuando la realidad petrolera revela que la firmeza y el piadoso paternalismo eran sólo fanfarronería. Ahora, en fin, que el malestar alcanza también al gobierno, hay derecho sin duda a preguntarse si éste va a tener la misma capacidad de aguante frente al desespero, si va a corresponder a la lección que el pueblo ha dado.

Cabría preguntarse si, además de todos sus errores, el gobierno sería capaz, ahora, de desesperarse, impacientarse y tirar palos de ciego en un vano pero peligroso intento de disimular su propio y auténtico fracaso. Es para preocuparse. Acabamos de ver cómo el gobierno argentino embarró una reivindicación histórica porque, a la desesperada, la concibió como el pretexto para una operación de diversión. Hablando de gobiernos desesperados, cabría esperar que al nuestro no le diese por inventar algún tipo de juego, grande o chiquito, con la misma intención de desviar la atención. Porque hasta ahora, la irreflexión ha sido cultivada sobre todo en el use de una cuantiosa renta. Sería triste cosa, y peligrosa por cierto, que faltando el dinero la irreflexión busque nuevos espacios.

DIARIO DE CARACAS 27-7-82



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Yuri Valecillo


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