Sólo me queda la esperanza. Votaré el 28-06

“La esperanza es lo último que se pierde”. ¡Sí, lo sé! Es un lugar común que hasta los desesperanzados también suelen decir, pero no sólo por decirlo, sino por aferrarse a algo como quien se aferra a una vida que no quiere dejar.

Tengo muchos años vividos, tantos como para haber aprendido algo de ellos. Siendo muy joven, cuando el país gemía bajo la férrea dictadura - ¡esa sí que lo era! – de Marcos Pérez Jiménez, mi compadre Jesús Gómez, recién regresado del campo de concentración de Guasina, porque la dictadura los tuvo, como también Betancourt, recuerdo aquel de la “Isla del Burro”, en medio del lago de Valencia, se apareció una noche donde me hallaba estudiando bajo la luz mortecina de una bombilla de 40 vatios de uno de los pocos postes que ofrecían aquel lujo a lo largo del malecón del río Manzanares, y:

-“¡Buenas noches compadre!”

-“Buenas noches”, respondí mientras me ponía de pie.

-“Compadre, perdone le interrumpa pero quiero tener una charla con usted. Sé bien que le expongo porque por allí andan fisgones de la policía; pero sólo le quitaré unos pocos minutos. Además, he tomado las debidas precauciones.”

Mi compadre sólo hizo “llover sobre mojado”. Cuando me invitó me incorporase a la lucha clandestina dentro de AD, ya yo lo hacía, como simple amigo o simpatizante, entre los jóvenes comunistas, con quienes me había encontrado alrededor de un centro cultural y ecológico llamado “Henry Pittier, por aquel notable ecologista, conservacionista y botánico suizo que se radicó en Venezuela en la segunda década del siglo veinte.

Pero a partir de aquella visita furtiva del compadre me uní a AD por razones que ahora sería largo mencionar. A la caída de Pérez Jiménez, cuando habíamos reconstruido el partido a partir de lo poco que teníamos en Cumaná, en visita en Caracas, me reencontré con mis amigos, entre ellos Moisés Moleiro y luego conocí al hermano de Caupolicán, Lautaro Ovalles, con quien tuve, como con Moleiro, una amistad cercana y profunda. A ellos, en buena medida, debo mi formación de aquella época, lo que significó abrazar las ideas del socialismo y de la formulación de una nueva sociedad. Lo que envolvía adherirse a las luchas contra el capitalismo y su máxima expresión, la fase imperialista.

Decepcionados y erráticos nos fuimos de AD. Decepcionados porque Betancourt, llegado por segunda vez en su vida al poder, puso nuestro partido al servicio de los intereses que debíamos combatir. Erráticos, porque nosotros tuvimos oportunidad de controlar aquella organización y hasta expulsar a Betancourt por incompatible pero hicimos lo contrario, justamente lo que él y el imperialismo quisieron que hiciésemos.

La historia es conocida. Fundamos el MIR, crecimos, acumulamos fuerzas pese los errores anteriores y volvimos a caer en las trampas del enemigo. Nos dividimos. Con el partido herido, aunque todavía fuerte, nos fuimos a una aventura, la lucha guerrillera que terminó en una fragmentación sin límites ni medida y un cúmulo de odios que impidió que esa izquierda atomizada, balcánica, por años pudiese insertarse en una política común y unitaria. El enemigo nos hizo trizas, menos por la fuerza ejercida por ellos que la desatada dentro de nosotros contra nosotros mismos. Tanto que al retornar a la legalidad, apenas el MIR empezaba a fortalecerse lo volvimos a dividir cayendo en las trampas del enemigo hasta infiltrado.

El gran enemigo del movimiento popular, tanto o más que el capital y el imperialismo, es la egolatría, incapacidad para encontrarse y compartir para llegar acuerdos que han prevalecido entre nosotros. Hay intolerancia de todos lados de quienes discrepan del gobierno y quienes en este están.

Discrepo de la “marcha del proceso”, si es que esta frase es valedera. Discrepo desde los tiempos de Chávez. Fui de quienes se sumó a la crítica que algunos intelectuales como Vladimir Acosta y José Luis Monedero, hicieron contra el “hiperliderazgo”. Sostuve y sostengo que no hay modelos sino que como Simón Rodríguez dijo, “inventamos o erramos”. Sigo creyendo que el socialismo no es dar, ni pagar deudas con las gallinas que deben poner los huevos, sino es crear, trabajar, educar, formar, producir y repartir la renta derivada del gran esfuerzo de la manera más equilibrada, justa y generosa posible, hasta que sea factible aquello dicho por Marx, “a cada quien de acuerdo a sus necesidades y de cada quien de acuerdo a sus capacidades”. El electoralismo es una trampa que lejos de acercarnos a las masas revolucionarias nos alejan de ellas y fortalece el conformismo.

Discrepo como el actual equipo de gobierno, del cual Maduro es sólo un individuo, maneja las cosas del Estado y la sociedad. Discrepo, lo he manifestado muchas veces por este medio, como se concibe, construye y hace operar el partido. Pienso que ese aparato, al parecer muy bueno para ganar elecciones, es totalmente incompetente para cambiar la sociedad. Discrepo, como cuando Chávez era presidente, de la idea que el gobierno deba dirigir al partido. Este no puede ser un apéndice del Ejecutivo y sólo presto a cumplir sus órdenes y las tareas uniformes para todos y siempre sujetas al asunto electoral.

Son muchas mis discrepancias. Pero en el plano teórico comparto las aspiraciones y estrategias de quienes ahora gobiernan y controlan al partido.

Esas discrepancias, muy importantes, no son suficientes para colocar en segundo plano el temor de destruir el movimiento que construyó Hugo Chávez; la herramienta que une a millones de revolucionarios en torno a la idea de una patria soberana y una sociedad socialista que se construya de acuerdo con el juicio, virtudes y defectos del venezolano de hoy; que no reproduzca enemigos injustamente sino que sume multitudes.

¿Qué ganamos dividiendo? Mi experiencia lo sabe. Debilitarnos y fortalecer al enemigo. Reponerse de un fracaso político es más costoso de lo que alguien pueda imaginarse. Lo han dicho algunos pensadores; alguien lo escribió y nosotros, o yo, quien esto escribe, bien lo sabe por haberlo vivido.

Por todo lo anterior y mucho que podría decir, como que el enemigo estaría alegre de fragmentarnos, esa sería su gran victoria y hasta hace lo que sea necesario para que eso ocurra, el 28 de junio iré a votar.

Espero que este humilde gesto de un viejo – más sabe el diablo por viejo que por diablo – sirva de algo y que de lado y lado renuncien a la arrogancia y se acerquen a la vida y la gente buena que abunda.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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