Nuestro genial seudonimista Matías solía comentar: “cuando alguien te diga que aborrece la política, háblale de política y tendrás que mandarlo a callar”. Efectivamente, en Venezuela el apoliticismo de los civiles en general, y de los militares en particular, nunca ha existido. En el caso de éstos últimos, la única diferencia es que no deliberan en público sino en la Academia y en los altos cenáculos militares. De hecho la RAE, entre otras acepciones, le asigna al soldado las cualidades de “partidario” y “caudillo”, términos de indudable connotación político-militar.
Desde hace ya siglos y hasta la actualidad, la historia ha demostrado que los golpes de Estado, igual que las guerras -independientemente de que sean contra democracias o dictaduras- son actos esencialmente políticos, con todas las motivaciones ideológicas, económicas y sociales que ello implica. ¿Eran apolíticos los generales que derrocaron al presidente Hugo Chávez, con apoyo de quienes ahora condenan la politización militar? ¿Eran apolíticos quienes derrocaron a los presidentes Isaías Medina Angarita y Rómulo Gallegos en Venezuela y Manuel Zelaya en Honduras, por citar solo algunos casos? Y, en consecuencia, ¿es posible concebir y ejecutar estas acciones sin un juicio político previo?
Históricamente, el apoliticismo castrense ha estado ubicado en el contexto político-ideológico (claramente expuesto por las potencias bélicas occidentales y especialmente Estados Unidos) de que son “buenos” los militares que defienden el sistema capitalista o neoliberal, y “malos” los que defienden cualquier otro sistema político, llámese socialista, anticapitalista, antiimperialista, o simplemente nacionalista, como los casos de Uruguay, Argentina o Brasil.
Cuando los hechos desmienten tan contundentemente el “virginal” apoliticismo de los militares subordinados a las potencias extranjeras, el discurso del general Vladimir Padrino en la Asamblea Nacional ha despertado la hipersensibilidad de quienes nunca alzaron la voz contra el adoctrinamiento anticomunista que imparte la Escuela de las Américas, por cierto rebautizada ahora como Instituto de Cooperación en Seguridad en el Hemisferio Occidental (WHINSEC), para intentar desvincular la institución de su oscura ejecutoria golpista mundial. Dado el impacto del discurso del jefe del Ceofanb y las expectativas internacionales que genera, un debate político abierto y franco sobre el tema permitiría responder la interrogante anterior: ¿De qué lado están los militares apolíticos “malos”?
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