Glosa a un artículo de Atilio Borón

Venezuela: centro de la atención mundial

Leo un artículo del escritor argentino Atilio Borón, Venezuela, la batalla decisiva (Página 12, Buenos Aires, Argentina, marzo de 2014) dotado de una precisión y una lucidez tan notables, que bien pudiera ser calificado de electrizante. De su lectura que recomiendo ampliamente a ciertos intelectuales que creen que su responsabilidad se reduce a escribir poemas, recibir premios, contestar entrevistas y hablar todo el día de la libertad de expresión-- (o tal vez peco de ingenuo: saben perfectamente lo que ocurre, pero se hacen la vista gorda) se infiere que Venezuela está colocada en un centro geopolítico de atención mundial debido al papel que está jugando como vanguardia de luchas socialistas, y como objeto de interés por el potencial petrolero que ofrece en esta hora decisiva, de quiebre de las economías en occidente. En efecto, fue un país con un perfil tan bajo que pasó desapercibido en el concierto mundial de naciones durante casi todo el siglo XX, cuando fue banalizado y considerado una especie de fuente infinita de petróleo crudo, símbolo adulterado de un país nadando en la abundancia sin conciencia de si mismo, lleno de paisajes exóticos, de mujeres bebiendo ron bajo palmeras en la playa, Misses en concursos de belleza, telenovelas patéticas y otras lindezas. Venezuela pasó a ser en la última década del siglo XX e inicios del XXI uno de los centros de atención del mundo entero por el caudal de sucesos político-sociales, culturales y económicos que han tenido lugar, y según parece se van a seguir desarrollando debido a las fuerzas históricas indetenibles que le mueven desde adentro.

Luego de salir de una serie de dictaduras y caudillismos como los de José Antonio Páez, Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro; después del derrocamiento del general pacifista Isaías Medina Angarita por parte del dictador Marcos Pérez Jiménez y el gobierno de transición de Eleazar López Contreras, los partidos políticos de la democracia representativa propiciados por tendencias liberales, conservadoras o populistas (Acción Democrática, Copei, URD) y otros de corte progresista o socialista (MAS, MEP o MIR, que no pudieron llegar al poder) Venezuela se vio sumida en una bonanza económica artificial proveniente de la renta petrolera, esta vez privatizada y explotada por compañías extranjeras de los EEUU y Europa, al tiempo que hacían su trabajo de disociación a través de los mass media, con una efectiva penetración cultural que produjo la consecuente imitación de actitudes de nuevoriquismo, poder personal e individualismo, cuyo síntoma más notorio es el consumismo compulsivo y una inconsciencia social dirigida y anulada por un hedonismo fácil que favoreció temporalmente a la clase media, a la oligarquía criolla y a empresarios y comerciantes extranjeros (principalmente españoles, portugueses, estadounidenses, italianos y judíos), quienes rápidamente alcanzaron la prosperidad económica (venían de diásporas, guerras mundiales y civiles, y tenían un claro sentido del esfuerzo y la tenacidad) en detrimento de las clases trabajadoras y campesinas, que se disolvieron en una estéril lucha sindicalista o reformista, donde las ideas socialistas o comunistas fueron satanizadas.

La clase media se vio favorecida por un estatus de riqueza rápida, cuya actitud se fue enquistando en el comportamiento del venezolano promedio y pretendió quedarse allí para siempre, ignorando otras realidades sociales a su alrededor: trabajadores, obreros, campesinos, empleados públicos alienados (convertidos luego en burócratas y en cómplices automáticos de la corrupción administrativa), lo cual poco a poco fue generando desempleo, cinturones de miseria urbana, explotación laboral y pésimos servicios públicos. Acción Democrática, ciertamente un partido político importante y de arraigo en Venezuela

Dentro de las filas de Acción Democrática hubo verdaderos liderazgos, como los de Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez, ambos presidentes, el primero en los años 50 y el segundo en los 70, y de intelectuales valiosos como el educador y novelista Rómulo Gallegos y el poeta Andrés Eloy Blanco, quienes en sus obras supieron interpretar el alma popular.

Durante los años 60, se produjo la necesaria reacción de la izquierda revolucionaria a través de una guerrilla urbana y rural que se propuso lograr el poder buscando instaurar el socialismo, y aunque no lo logró, pudo cimentar las ideas de izquierda que líderes como Gustavo Machado, Juvencio Pulgar, José Vicente Rangel, Héctor Mujica, Moisés Moleiro y otras figuras culturales como Alí Primera y escritores como José Vicente Abreu, Orlando Araujo, Víctor Valera Mora, Argenis Rodríguez, Adriano González León, Ludovico Silva, Héctor Pérez Marcano, y algunos otros pensadores marxistas como J- R. Núñez Tenorio plasmaron en sus obras, y tuvieron consecuencias importantes en la conciencia social de años venideros. Líderes políticos como Luis Beltrán Prieto Figueroa, José Vicente Rangel o M. A. Paz Galarraga surgieron como posibilidades, pero pronto fueron simplificados sus liderazgos por el circunstancial pragmatismo político imperante propiciado por el capitalismo neo liberal, como son los casos emblemáticos de Américo Martin, Juvencio Pulgar, o Teodoro Petkoff, que pronto dan un salto hacia la derecha reformista apenas se les presenta la primera oportunidad. Las figuras políticas de izquierda que emergieron entonces como candidatos a la presidencia de la república fueron primero José Vicente Rangel y luego Héctor Mujica; por otra parte, Luis Beltrán Prieto Figueroa, educador y político de calibre, representó el ala más vanguardista de Acción Democrática. Los siguientes presidentes adecos y copeyanos Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Raúl Leoni, Luis Herrera Campins o Jaime Lusinchi no pudieron ofrecer más respuestas efectivas al pueblo, y sufrieron al fin su crisis terminal.

El partido Acción Democrática se introdujo en el tejido social del país con sus rasgos visibles de populismo expresados en jocosidad, flexibilidad social, generosidad, pero también de superficialidad y derroche, características aprovechadas por fuerzas foráneas para manipularnos a través de paraísos instantáneos de riqueza, logrados merced a corrupción, sobornos, amiguismo, influencias (conocidas como palancas) y una inclinación desmedida a la celebración pueril (bochinches, bonches, pantallerismo, pacatería, chabacanería) lo cual desembocará a la postre en un despilfarro generalizado, el cual, al cabo de los años, conduce a la bancarrota económica y obliga al gobierno adeco a tomar medidas de urgencia (el paquetazo) y las consiguientes eclosiones sociales surgidas como respuesta (El Caracazo) debidas al quiebre general de las instituciones públicas y de sus líderes, y conducirían a una completa crisis de la democracia representativa, al culminar el siglo XX.

Nos dice Atilio Borón en su importante artículo que Venezuela es la cabeza de playa de una estrategia de desestabilización continental de las democracias latinoamericanas, que proseguirá en Ecuador y Bolivia hasta alcanzar a la Argentina, Brasil y Uruguay. Al final del camino asomaría una Latinoamérica similar a la que existía en vísperas de la Revolución Cubana, plagada de gobiernos neocoloniales y serviles en relación con los intereses económicos y geopolíticos de Washington. Esto es lo que convierte a la actual batalla de Venezuela en el equivalente de lo que fuera Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial: una batalla decisiva para nuestras democracias, los derechos humanos y las luchas emancipatorias en curso en la región.

En el gobierno de Chávez, fueron redimensionadas las ideas de la izquierda para buscar un nuevo modo de entender la realidad política, a través de procesos electorales continuados. El liderazgo de Hugo Chávez, continuado por Nicolás Maduro, ha sido propiciador de una regeneración nacional, a través de una revaloración del concepto de Patria, que todos conocemos como Revolución Bolivariana y que algunos malintencionados han querido comparar con el nazismo o el patrioterismo superficial, y ha pretendido ser depuesta por una lamentable conducta oportunista de un buen número de venezolanos, la que se fraguó en la democracia adeco-copeyana, se sigue reproduciendo hoy en una clase media irracional, adicta a la TV, los deportes, los juegos de azar, la lotería, los horóscopos, la moda, los concursos de belleza, las telenovelas cursis, las dietas, las operaciones de cirugía estética, los calmantes no prescritos o las drogas fuertes, ---incluyendo el poder, la droga más efectiva de todas-- es la misma que ahora, al no ver todos los productos y marcas que busca en el supermercado, dice que el país está en medio del caos y la quiebra, y no ven que son víctimas de una guerra económica y de un golpe de estado lento y continuado, propiciado desde el extranjero (al cual se suman, al parecer, Panamá y Perú). Es esa clase la que, en vez de reconocer la existencia de vándalos mercenarios y alcaldes corruptos o narcotraficantes guiados para organizar sabotajes a los bienes públicos --muchos de ellos protegidos por líderes de la oposición-- se hacen ver como integrantes de una respetuosa sociedad civil, o de unos estudiantes dispuestos a morir por una causa justa, enfrentados al oficialismo, al comunismo castrista y otros lugares comunes que ignoran cualquier iniciativa de organización popular.

Lo que hacen estos individuos inconscientes es vindicar los vicios de antaño, los rasgos pequeño-burgueses del confort y la felicidad artificial que ellos piensan les va a procurar el dinero fácil de los negocios, o la inflación desmedida de los productos de primera necesidad fraguada por parte de una clase empresarial que le sigue el juego a los políticos opositores, para hacer ver un país en quiebra.

Más adelante, Atilio Borón nos dice, entre otras cosas, que para detener esta escalada de violencia, se requiere una sostenida presión internacional y al interior de Estados Unidos para que la Casa Blanca deje de alentar, organizar y financiar a la derecha venezolana, y en especial a su ala fascista. Para eso, Barack Obama debe reconocer el legítimo triunfo de Nicolás Maduro en las elecciones del 14 de abril de 2013, ratificado por la contundente victoria del chavismo en las municipales del 8 de diciembre de ese mismo año. Por lo hecho hasta ahora, Obama debería ser denunciado ante el Tribunal Penal Internacional como el principal instigador de la violencia que tantas muertes ha provocado en Venezuela, y descargar todo el rigor de la ley sobre quienes quieren derribar al gobierno e imponer otro, apelando a la violencia. De lo contrario se produciría la metástasis de la fascistización, englobando a sectores cada vez más amplios de la oposición atraídos, por un lado, por la impunidad que se espera lograr del acosado gobierno bolivariano que ha sido excesivamente tolerante con los revoltosos (hablamos de gente que destruye bienes públicos y privados, tiende alambres de púa para degollar motociclistas, ataca con bombas molotov, etcétera); por el otro, por el ejemplo exitoso de Ucrania, en donde una turba de matones neonazis se montó sobre una protesta originalmente pacífica y, perpetrando toda clase de crímenes, se hizo del gobierno, que fue reconocido por la Casa Blanca y sus compinches de la Unión Europea., nos dice Borón.

Esta es una realidad dura, ciertamente, pero habrá que aceptarla como tal.

Si una mayoría de venezolanos cometiera el error de retroceder hacia aquella Venezuela saudita, festoneada de oropeles, a aquella Venezuela nueva rica e insaciable que era capaz de humillarse ante cualquier dominio foráneo con tal de ser reconocida como parte del mundo desarrollado de Occidente, todo ello iría en contra de las luchas de un pueblo trabajador que ahora está focalizado en sacar adelante proyectos colectivos organizados, y no sólo de empresarios que desean enriquecer más sus arcas. No hace falta que acudamos a la teoría marxista para confirmar esto. Basta con que miremos más profundamente en la esperanza, el alma o la fe de la mayoría del pueblo venezolano, para cerciorarnos de que existe una mayoría dispuesta a superar, de una vez por todas, los vicios del nuevoriquismo de una clase media que parece no ver más allá de sus narices.

Venezuela se ha vuelto centro de la atención mundial porque pasó de ser un país dócil a los intereses foráneos, o débil para tomar sus propias decisiones, a ser una nación llena de coraje que desea apropiarse de su destino.

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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

 gjimenezeman@gmail.com

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