Muerto y en lista de espera

Muerto y en lista de espera Increíble, pero cierto, y eso que yo siempre que nos veíamos con lealtad, se lo recordaba, además con paciencia acompasada y, con tuteos le decía a mi apreciado compadre con todo el cariño del compadrazgo que nos unía a través de su hijo, que llevara la vida con calma y cordura que no se metiera en colas ni para jugar que esas son para pobres que les encanta vivir en ellas, tratando de gastar con conformidad lo que tienen que para eso trabajan o raspan cuando hay dólares por el medio y, él me lo agradecía y, a la vez me confirmaba que para eso había acumulado su riqueza que no sabía qué hacer con tanto dinero que tenía en los bancos e invertido en empresas.

Todo lo anterior viene como un refrescante desahogo a la rutina de las colas que en nuestro país, por lo que se ve como que van a ser eternas a no ser que nos vayamos a Colombia a hacer el mercado de nuestros artículos que le entran a ellos por la Frontera tranquilamente, bien por los bachaqueros y demás especialistas involucrados en ese ramo del contrabando, hoy en día de todo que, sin ir muy lejos podemos decir que acá en nuestra isla también se fugan hacia las Antillas flotando en lanchas mucho combustible barato que después de su venta regresan en dólares, sumado la venta del pecado, hacia el mercado inflacionario como un proceso de buenas ganancia de ida-venida.

Fueron muchas las veces que a mi compadre, por no decir constantemente, que cuando conversábamos por pura amistad, lo reconfortaba a que se gastara su dinero en santa paz sin mucha petulancia que dejara la lloradera de pobretón y se fuera a Marte en primera fila o, que viajara frecuentemente que se hartara de todo lo que le apetecía que, él muy bien sabía que se iba a ir cuando le tocara: pero igual como llegó que su instancia de por sí estaba asegurada y que le diera rienda suelta a su imaginación desbocándose como un bohemio más en disfrutar y no a poner a la gente a padecer, escondiéndole la comida o víveres de su coexistencia. Creo que me entendía, pero no se resolvía a cambiar de vida y, era más escuálido que María Corina en penumbra tras el poder.

La última vez que vi al compadre, lo noté bajo de ánimo como el que viene de una derrota electoral y, además pálido pazguato sin razón, lo que me provocó decirle: ¡compadre está botando la bola! Y creo que no me entendió. Pero, en sí algo andaba mal de la que se cuidó no hablarme y, me despachó en la conversa sin molestarse a soltar lengua, por más que lo incité a desnudarse con calma y, como pudo sin premura me aseguró que se iba pronto, lo que no me dijo, para dónde ni yo le pregunté por mantener la distancia de opositores amigos que, además, compadres.

Hoy la noticia de su muerte nos tiene contra el suelo sin poder acercarnos a velatorio de sus restos, en un momento tan fugaz que se lo lleva sin saber cuánto dinero deja y, lo más seguro que se va de traje y corbata que muy pocas veces usó, pero cosas de la vida y de la convivencia a uno después de muerto si no lo despiden con miniteca se lo llevan con música suave que, por gusto de mi compadre era asiduo oyente de Julio Jaramillo y, entre sus canciones, la que más le gustaba era, Ódiame y, sin odio sé que se va, no era rencoroso, por eso siempre lo respeté, pero me parte el corazón y siento que hay cosas que uno en vida puede arreglar, pero después de muerto no puede hacer nada por más plata e influencia que se tenga y, cuando le informé a su familia que no podía viajar a su entierro por no conseguir pasaje para ese día, en respuesta recibí: su entierro no sabemos para cuándo es, pues él está en lista de espera ya que por los momentos está en cola indefinida por no haber capilla ardiente de entierro por el momento. La cola es larga y, no de pobres, sino de muertos y, no del Oeste, sino del Este de Caracas y, lo que sí es seguro que mi compadre se va a ir más alegre que como vino al mundo, ya que su canción predilecta sonará hasta que sea enterrado con Ódiame y, nos queda el mal recuerdo y la lección que nadie puede decir de esta agua no beberé y en Venezuela -mi amigo(a)-, nadie se escapa de una cola ni que esté muerto.  



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Esteban Rojas


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