Dos Francias en lucha

Algunos han sido sorprendidos por los sucesos violentos ocurridos recientemente en varias ciudades francesas, los cuales tienen el mismo origen de las revueltas de los negros estadounidenses, que tienen como resultado la muerte de muchos “revoltosos” a manos de la policía, la detención de numerosas personas, la destrucción de numerosos bienes muebles e inmuebles y la sensación de que las verdaderas causas de los motines continúan sin modificarse en absoluto. La explosión social producida se inicia con la muerte de dos jóvenes inmigrantes, quienes al huir de la policía resultaron electrocutados al esconderse en una caseta de electricidad. Es atizada por unas declaraciones del ministro del interior, Nicolás Sarkozy, quien se refirió a los adolescentes como “escoria”, “chusma”, “gentuza”, y es estimulada por la violenta actuación de la policía, también responsabilidad del mismo ministro.

Los disturbios, que se inician en las afueras de París el 28 de octubre, se extienden a varios suburbios parisinos y alcanzan el centro de la capital francesa el 5 de noviembre. Para ese momento, los enfrentamientos con la policía, la quema de vehículos, la destrucción de edificios públicos, los tiroteos indiscriminados y las manifestaciones callejeras, se han extendido a ciudades como Marsella, Niza, Cannes, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Rennes y Dijon, y prácticamente ocurren estallidos de violencia en todo el país, desde el Canal de La Mancha hasta el Mediterráneo. Sus protagonistas son inicialmente inmigrantes africanos, musulmanes primordialmente, provenientes de las excolonias francesas, cuyas condiciones de vida se caracterizan por una profunda miseria y años de segregación, marginalidad y exclusión social.

Sin un liderazgo aparente, sin las convicciones ideológicas y filosóficas de la revuelta de 1968, en donde hubo un importante componente generacional, la rebelión es una expresión de la lucha de clases de los pobres oprimidos contra sus opresores explotadores. Los países desarrollados usualmente esconden su miseria y dictan medidas para protegerse de los pobres. Francia los margina a suburbios alejados pero en los alrededores de París o de otras ciudades, donde viven principalmente inmigrantes provenientes de sus excolonias. Durante un siglo, los europeos explotaron las riquezas africanas, sometieron a sus nacionales a condiciones de vida infrahumanas y no dejaron en esos países sino atraso y subdesarrollo, que hoy obliga a sus habitantes a emigrar hacia las metrópolis en busca de un futuro mejor.

Lejos de ello, la explotación, el sometimiento y la discriminación se acentúan, además de tener que soportar las agresiones policiales y las injurias de un ministro fascista, admirador de Bush, quien promete limpiar los suburbios de esas turbas insolentes de miserables, que se niegan a morir tranquilos, como les corresponde, en silencio y lejos, muy lejos, donde no molesten, en esos continentes de muertos de hambre, de “pata en el suelo”, empeñados en querer vivir como el blanco europeo o norteamericano. He allí la cara sucia de Francia, dos naciones en lucha dentro de un mismo país, que ya olvidó la igualdad y fraternidad de su paradigmática revolución.


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Luis Fuenmayor Toro


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