“Comencé en cero y del promontorio de millones que tengo nada debo a nadie”

El trabajo lo hizo Dios como castigo.

-“Papá, saca de la caja fuerte los dólares que allí nos tienes, porque ya nos volvemos a Miami”.

- “Acuérdate también de la paca que le debes mandar a mamá”.

El señor Juan, ya entrado en los 65 años, dejó de hablar por el celular mediante el cual recibía información de uno de sus colaboradores y al mismo tiempo impartía órdenes y preguntó a la hija que le había hablado:

-“¿Y qué hizo tu madre con la “pellá” de dólares que le mandé contigo misma hace apenas dos semanas?”

-“¡Caramba papá! Tú sabes bien que eso no es nada para ella; y los dólares de Cadivi, de su tarjeta de crédito, no le alcanzan ni para jugar una semana.”

-“Además, ¿cuándo te vas acostumbrar? ¿Dentro de dos semanas estaremos aquí hablando lo mismo?”

En verdad, Juan comenzó a trabajar desde pequeño. Descubrió que había un filón en el negocio del contrabando, le buscó y sin dificultad alguna encontró la punta de la hebra.

Aprendió que podía ganar mucho dinero montando un negocio aquí y otro allá. Sólo tenía que invertir lo que le sobraba y encontrar quien trabajase por él. No le fue difícil hallar unos cuantos; aunque en verdad, alguna que otra vez, se le atravesó en el camino otro con iguales agallas y tuvo sus “pérdidas”.

Cada vez que montaba un negocio nuevo le vigilaba por el tiempo que creía prudencial hasta comprobar haber encontrado un tipo fiel y pulcro o por lo menos de aspiraciones discretas, prudenciales, como para permitir que las cosas diesen para ambos. Sobre todo bastante, lo deseable para él. Porque aprendió a asimilar ciertas “pérdidas”. Aprendió que aquello funcionaba “solo”, no requería su presencia y menos su esfuerzo.

Mientras aquellos negocios marchaban, descubrió que podía irse por tiempo al extranjero, con la certeza que aquellos funcionarían tan bien como cuando estaba cerca de ellos, aunque no fuese nunca, porque entre el dominó, el club, del cual se hizo socio principal, recibir informes, detalles apropiados para invertir, hacer cuanta trampa existe y envinagradas iniciadas en la tarde hasta la noche, se le escapaba el tiempo.

Con aquella rutina crecieron sus negocios, como su abdomen, cuentas bancarias, propiedades de todo tipo, tantas que ni siquiera de ellas sabe sino por los informes que le ofrecen sus empleados, quienes viendo tanto de dónde, también cogen, sin que la avalancha merme.

¿Preocupaciones? ¡No! De eso nada sabe, desde los tiempos iniciales. Apenas se entera que sus trabajadores, en todas partes, una vez aquí, otra allá se paran porque, eso sí, ha tenido el cuidado de impartir órdenes a sus gerentes que “a esos vagos, flojos de mierda, nada de pagarles lo que ellos creen se les debe”.

Pero esos avatares apenas llegan a sus oídos como el lejano rumor del mar o la brisa que sopla allá arriba, sobre aquella montaña. Pues sus gerentes, siguiendo sus ancestrales instrucciones resuelven aquello de la manera consabida. ¡Quién se alebreste se va mucho al carajo! ¡Quién agite a los trabajadores le acusamos de algún delito y allí sus panas del gobierno para ponerle en cintura!

-“Eso sí”, recuerda a sus gerentes, las pocas veces que les ve, “de lo que ustedes apartan, que bien lo sé, me le dan algo a aquellas empleados de gobierno que nos ayuden o puedan echarnos vainas”.

Ese es Don Juan, a sus 65 años. No va a Miami, porque eso no le da nota. Le gusta que su mujer ande por allá, donde tiene una lujosa residencia, gastando un poco de la plata que él se gana con el sudor de su frente; justo para poder tener tiempo y tranquilidad de hacer lo que hace, menos trabajar porque falta no le hace y atender como se debe a su joven segundo frente.

Él no lo hace en público, pero a sus íntimos y cómplices, le gusta cantar mientras agita un vaso y abraza estrechamente a su chama:

“El trabajo lo hizo Dios como castigo”.

Pero también, “tengo lo que tengo y no se lo debo a nadie.”

Por eso, al escuchar las razones de su hija, sonríe, va la caja fuerte y le entrega, generosamente, lo que ella y su madre se le antojan.

-“Váyanse rápido”, le dice a la hija sin dejar de sonreír, “antes que cierren el aeropuerto”.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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