El comercio, oficio de tantos y de tontos

De entrada, por definición, entiéndase por comercio el acto de compraventa que involucre una ganancia en dinero. En este estricto sentido, el trueque escapa de dicha definición por cuanto los actores de esas transacciones por trueque no son intermediarios de ningún productor ni usuarios de dinero, sino productores en sí mismos.

Veremos cómo el ejercicio del comercio es un oficio que se halla al alcance de la mayoría de las personas, tanto es así que puede definirse como oficio de tontos si se lo compara con el grado de exigencia cognoscitiva y con el potencial creativo y efectivo de un artesano y hasta de un trabajador fabril de baja calificación operaria.

Tal vez por esta característica de ejercicio pueril, los embriones de este oficio vienen siendo practicados desde los arcanos tiempos del Neolítico, y como su práctica no exige ni genera perfeccionamientos en el tiempo ni en el espacio, el estancamiento material y espiritual del comerciante termina obnubilándoles el entendimiento a sus protagonistas.

Así, cuando hablamos del desarrollo de las fuerzas productivas aludimos a la constante elaboración perfectible, creciente y desarrollista de la capacidad creadora o productiva de la mano de obra involucrada en la manipulación de medios y objetos de trabajo.

Bien, por esa razón nos explicamos el interés y las convicciones que sobre el burgués adornaron la producción literaria de Gustavo Flaubert, de elevado rango literario y coprotagonista en esa pléyade de valores morales, científicos, políticos y artísticos que caracterizó el siglo de los Miranda, los Rodríguez, los Bolívar, los Sucre, los Marx, Engels, Beethoven, etc., etc., etc., coetáneos de esas décadas durante las cuales el sistema capitalista hizo revoluciones técnicas de connotada importancia económica.

Así, de Ramón Ledesma Miranda, en la biografía que este hace de Flaubert para sus “Obras Inmortales”1, leemos:

“Con seguridad, la tontería abunda más que la locura en cualquier parte del mundo…Pero el tonto no es espectacular: es imperceptible, no sufre trastornos fisiológicos y come y duerme como un bendito. El común de los mortales acoge al tonto sin darse cuenta de que lo es… Luego ocurrirá que el artilugio del mundo se habrá atascado y nadie sabrá por qué. Sabios y técnicos harán uso del cálculo racional para localizar la avería2 y se devanarán los sesos sin grandes resultados, ya que la tontería no es el producto de ningún cálculo ni de ningún razonamiento y, al fin, no se deja coger ni reparar. No es la locura, sino la tontería, la que no tiene arreglo.”

Es que, como puede observarse, sólo los numerosos tontos mercantiles se han empeñado en capitalizar lo que no cuenta con mercados solventes o capaces de absorber toda la producción; sólo de tontos es almacenar inventarios invendibles en apelotonados centros de distribución, unos al lado de otros, unos frente a otros, todo lo cual supone despilfarros de espacio, de muebles, de mano de obra subutilizada y encarecedora de precios que reducen el PIB en lugar de incrementarlo. Pero, ¡cómo abundan, cómo son tantos los tontos de la burguesía!


1 Gustave Flaubert, Obras Inmortales, Montevideo, 1962 pp. preliminares.

2 Esta nota la puse yo: Los premios Nobeles de Economía se ocupan precisamente de estos fallidos y sofisticados ensayos a fin de perfeccionar lo imperfectible que es el comercio, un acerado y tonto eslabón aferrado a las fábricas y en contacto directo con los consumidores finales e intermedios.


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Manuel C. Martínez M.


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