La revolución cultural es fundamental

Eso que llaman revolución, que en tiempos de antes y de ahora, significa generar un cambio social importante que apunte hacia el bien común (la sociedad sin clases), parece requerir la construcción de nuevas formas de relacionarse para que realmente la comunidad avance hacia etapas de desarrollo superior.

Visto desde ese plano, lo aparentemente sencillo resulta lo más complejo, pues contrario a lo que se cree, el ser humano es una criatura de hábitos y costumbres que frecuentemente permanece apegado a un mismo modo de vida si éste le facilita una supervivencia más o menos realizable. Sólo el costumbrismo humano puede explicar la extensa duración de ciclos históricos caracterizados por inmensas desigualdades sociales, donde masas que padecieron opresión fueron incapaces de rebelarse, a pesar de su muy precario nivel de vida.

Sin embargo, ese aspecto conservador de la especie humana no es absoluto, ya que dialécticamente con él convive la insurgencia y la resistencia como conducta colectiva de las clases sociales explotadas, quienes con variables niveles de consciencia, despiertan periódicamente en sublevación contra los regímenes opresores.


Esta doble faceta de la humanidad, la sumisa y la insurgente, consta en la historia de la humanidad muy claramente. Tanto que resulta debatible qué ciclos históricos han tenido mayor duración, si los basados en la rebelión o aquellos de aceptación del sometimiento. Y a partir de ese cálculo cronológico (ese estudio de la historia) algunos procuran fundamentar su creencia, de cuál de estas dos condiciones se corresponde más intrínsecamente con la naturaleza humana.

Reconocer el lado conservador de la especie humana, no es una negación de la lucha de clases (permanente confrontación entre explotadores y explotados) sino más bien un enfoque dialéctico de que frente al bien, el mal existe; frente a la luz, la oscuridad se opone; y frente a la lucha, la capitulación (rendición) acecha.

No cabe duda que los materialistas dialécticos nos basamos en la existencia de fuerzas revolucionarias para impulsar cambios sociales (refundar la república, modificar la economía, implantar un nuevo orden jurídico, etc). Que los revolucionarios seamos mayoría o minoría, no resulta un comprobante de la validez o la utopía de nuestra causa; ya que "no todo lo que es justo, es popular; ni todo lo que es popular, es justo". Ser mayoría o minoría es una circunstancia histórica que suele repetirse cíclicamente, y es precisamente el propósito de la revolución popular, generar cambios inclusivos que sean irreversibles y marchen siempre hacia la supremacía del interés colectivo.

En este contexto, la revolución cultural es fundamental, pues de ella depende que las masas valoren adecuadamente sus conquistas económicas y sociales. Del mismo modo, la revolución socioeconómica es vital, en tanto que opera como la base material que le otorga credibilidad al programa ideológico que inspira al proceso revolucionario y que se consolida en el saber de la población.

Concibamos la lucha revolucionaria, observando ambas caras de la moneda: revolución y reacción (costumbre). Identifiquemos las alianzas y acciones que convienen al plan transformador dentro de los escenarios variables que la vida social nos plantea. Distingamos los intereses, de las posiciones. Y sepamos reconocer las diferencias entre "estrategia, táctica y maniobra"; porque en definitiva, la primera obligación de quienes hacen la revolución es hacer valer la inteligencia por sobre la vehemencia; y las neuronas por sobre las hormonas.

Abogado Constitucionalista. Profesor de estudios políticos e internacionales UCV.

http://jesusmanuelsilva.blogspot.com

jesussilva2001@cantv.net


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Jesús Silva R.

Doctor en Derecho Constitucional. Abogado penalista. Escritor marxista. Profesor de estudios políticos e internacionales en UCV. http://jesusmanuelsilva.blogspot.com

 jesussilva2001@gmail.com      @Jesus_Silva_R

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