En Afrocescendencia, ¿Qué es lo que quiere el negro?

            Debo comenzar por advertir, para ahorrarle trabajo a quienes crean esto deleznable, derechista, racista, muestra de ignorancia y, como decimos en Cumaná, “y demás yerbas”, quien esto escribe nació cerca y casi se crió en un manglar; formé parte y conviví muchos años de mi vida, con gente de pocos conocimientos, toda ajena a refinamientos, donde el periódico, generalmente, para no decir siempre, se usaba básicamente por ausencia del papel higiénico o tualé, del cual no disponía por razones obvias; quizás, por esas circunstancias, crecí duro de entender.  De modo que no pierdan el tiempo en decírmelo, pues de memoria me lo sé.

            Eran en su mayoría rústicos pescadores venidos de lo que solemos llamar “la otra costa”; casi todos, eso que por abusadores o racistas de vieja rancia, llamamos trigueños y algunos más oscuros – esta palabra si es fea -por las quemaduras del sol. En resumen, aquello que Simón Bolívar llamó reato, palabra como muy fuerte, por lo que preferimos usar mestizo. Por supuesto, así era la mayoría; pero había unos cuantos de esos que antes con toda libertad y afecto llamábamos negros, como mi hermano el negro Félix Prada, recién muerto, y ahora debemos decirles afrodescendientes para no meternos en vainas. Aunque el mestizaje, según he oído, porque uno tiene quien le lea, escriba y diga también, va más allá de lo simple y perceptible por la vista.

           Aunque  seguiré creyendo como muy cursi, decirle a algún viejo amigo: “Hola mi afrodescendiente ¿cómo estás? Ademas me suena igual que esas imposiciones de la “Real Academia de la Lengua Española”.

          En mi barrio, éramos todos casi iguales. La pobreza la repartíamos  o mejor estaba repartida equitativamente entre todos y no nos dábamos cuenta del color de la piel del compañero. Había vainas más urgentes que atender. Bueno, como dijese Cantinflas, había unos “más igualados que otros”, porque por ejemplo, los negros Andrés “Caraota”, llegado al barrio desde Chiguana  y  Enrique Pazos, quien vivía mejor que los demás, en una casa con servicio de agua potable, piso de cemento, techo de asbesto y luz eléctrica, no en un rancho, eran excelentes jugando al beisbol. Estrellas del equipo del barrio o aldea, más bien,  tanto que llegaron a jugar doble AA en el Estadio Cumaná. Fueron nuestros primeros ídolos.

            Pese mi torpeza o dificultad para procesar las ideas, entendí que en mi tiempo de niño y adolescente, mitad del siglo veinte, lo más cruel para uno, no era haber tenido un abuelo descendiente de quinta generación de un africano, piel negra y pelo pegao, sino pasar trabajo parejo desde el nacer del día hasta el anochecer. Sólo el mar con su riqueza y la fuerza del trabajo colectivo de nuestra gente nos hacía iguales, solidarios y aliviaba la vida. Ver a nuestros amigos y familiares, trigueños, mulatos y negros, joderse todo el día pescando, arreglando redes juntos, carenando los botes, echarle bolas al remo y no tener como mandar un hijo a la escuela o no poderle comprar la ropita de diciembre, nos igualaba también la calentera o la rabia.

          Por esa brutalidad de uno, nacido en aquellas dificultades, no entiendo por más que leo y releo lo que dicen de un lado u otro, en ese debate relativo a la pertinencia o no de definirnos todos como afrodescendientes.

          Menos lo entiendo, cuando me entero que el INE reveló que sólo una pequeña cifra no más allá del 2 por ciento de los venezolanos se reconoció como tal.

         No obstante, movido más por mi ignorancia y brutalidad que otra cosa, sigo empeñado en leer el debate para ver qué partido tomar. Hoy, leí en aporrea un trabajo de alguien que se definió como ponente en uno de esos foros – ¿será éste el termino adecuado?- que todos somos afrodescendientes porque África fue  o es la cuna de la humanidad. Si  eso es así, menos entiendo por qué el mismo articulista, pide reconocimiento particular a la afrodescendencia por parte del gobierno, como el dado a la población originaria. Planteamiento que he leído antes de otras “plumas”. Es decir, pide trato especial para todos. ¿Quién entiende esta merienda? Sólo tipos de mucho cacumen.

            Entonces, nos veríamos como en una feria, colgándonos en el pecho unas a otros, relucientes condecoraciones y recibiendo algunas otras cosas que ahora para nada se me ocurren. ¡El paraíso, la meta deseada! ¿Qué más?

         Si Chávez hace lo que hace, impulsa las luchas populares con la intención que vayamos igualándonos y, siendo todos afrodescendientes, nada de nada,  a qué viene esa petición específica. ¿Será qué los defensores de la tesis que todos somos afrodescendientes, en verdad piensan como ironizó Cantinflas?

         Por algo, alguien llamada Brunilde Palacios, a quien nunca he visto ni he tratado, suele decir que, esas propuestas provienen de gente que busca su acomodo.

         Ahora estoy más enredado. Quien escribió lo que acabo de leer en Aporrea.Org, según el cual todos somos afrodescendientes, porque en África nació la humanidad, cosa que no voy a poner en duda, dijo también en un título, algo así como “ahora si entendí”, me acomplejó, me hizo percatarme que soy más bruto de lo que siempre pensé o que Canuto. No obstante, porque pese a ese origen único de todos, pide tratamiento especial del gobierno, me trajo a la memoria un cuento de un amigo profesor de Filosofía, egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, alumno de Guillen Pérez, quien después de hablarle a sus alumnos del “ser y no ser”, les preguntó en voz alta:

          ¿Entendieron muchachos?

          A coro les respondieron entusiasmados y en potente tono: ¡Si!!Si!

           El, sonriendo, les respondió:

           Les felicito, son ustedes brillantes, yo nunca he entendido esa vaina.     

damas.eligio@gmail.com



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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