Ridiculeces del siglo tecnodigital

A medida que ha ido avanzando el siglo XXI y su imperio tecnodigital, lo ha hecho también el imperio de la estupidez, aunada a una ridiculez fundada en una fe ciega en la tecnociencia, en la firme creencia de que la tecnología por sí misma es una suerte de panacea que todo lo resuelve, de que las innovaciones cibernéticas en dispositivos electrónicos o digitales representan índices de progreso, y que la velocidad con que transmiten sus mensajes también nos hablan de la máxima eficiencia y avances.

Nos hemos instalado, gracias a la transmisión de mensajes electrónicos veloces (twitter, facebook y la telefonía celular) en un mundo de envíos instantáneos y navegaciones ilusorias donde los mensajes pierden su contenido para convertirse en volúmenes inflados y coloreados, los cuales se vuelven transmisores de iconos que, a fuerza de repetirse, desean acuñarse como símbolos culturales o emblemas de progreso.

No se trata, en este caso, de negar el empleo de los avances electrodigitales como herramientas de trabajo y facilitadores de información, sino el uso de éstos hasta convertirles en fetiches omnipresentes, enajenándonos a ellos de tal modo que les hacemos un espacio como imprescindibles en nuestras vidas, cuando sólo son instrumentos nuestros.

La velocidad se ha convertido en una especie de símbolo de éxito instantáneo, de transgresión, eficiencia y progreso, cuando a menudo indica lo contrario: irreflexión, superficialidad, esnobismo. La velocidad con que se conectan estas redes no se traduce necesariamente en mensajes eficaces: más bien los mensajes han sido fragmentados, decodificados o sesgados por la empresa que los diseña y emite, y presentados en la red con el respectivo contenido ideológico para lograr en el receptor-emisor un efecto que alimenta su ego y subsecuente narcisismo, hasta subsumirlo en un conjunto de fenómenos autosuficientes; más bien tienden a alejarlo de los seres humanos reales, para convertirles en presencias afantasmadas, irreales, que habitan en un computador, lo contrario de un mundo de convivencias.

La mayor parte de éstos mensajes televisivos expresados en compras, series, películas, telenovelas, programas de concursos, avisos publicitarios o noticieros conforman el vasto rango de la banalidad formalizada, tomando en cuenta patrones que incluyen el patetismo, la cursilería, el lugar común, el chiste fácil, el morbo, la cosa explícita, el estereotipo sexual y el kistch en una continua exaltación de lo físico, del cuerpo, la moda, el maquillaje, la salud, el ejercicio, el deporte, la comida, la bebida, los horóscopos, la competitividad y sucedáneos más elaborados dirigidos a los temas de la violencia, la seducción, el poder, la farándula, las drogas y las orgías visuales o sexuales. Estos ingredientes se mezclan y el resultado es una cultura de masas de nuevo cuño: la tecnocultura, una cultura que pone en segundo plano de inmediato a la reflexión, el libro, la lectura, el desciframiento complejo, la educación presencial y universitaria, la investigación académica y el trabajo de campo, para reducirlo todo a un mundo de transacciones, gestiones, negociaciones y finanzas.

Una vez la cultura del negocio se ha apoderado de la mente y de la actitud de una persona, (estamos hablando del viejo concepto de alienación) de supeditación mental producida por cualquiera de los medios masivos de determinada ideología del capitalismo avanzado, (y luego le agregamos el ingrediente de la política profesional y el de las finanzas), tenemos entonces un terreno ganado a un proceso de onanismo masivo, tomado como algo normal y cotidiano.

Difícilmente haya algo tan estúpido como la chismografía politiquera, el conjunto de infundios que pueden construirse en las distintas bancadas políticas en vísperas de elecciones de gobernadores, o alcaldes; la cantidad rumores, dimes y diretes que se fraguan en estas contiendas, los cuales a su vez dan lugar a cadenas de artículos periodísticos, entrevistas televisivas y radiales donde se urden las más peregrinas y disparatadas teorías, suposiciones que se borran unas a otras con rapidez pasmosa, y dan origen a una suerte de red de infamias, chismes y chistes gruesos que sirven para engrosar estos conceptos vacíos.

Gran parte de esta cultura tecnodigital procura sustituir la información que se origina en la cultura del trabajo, en la cultura social o en el seno de los fenómenos estéticos como la literatura, la filosofía, la música y las artes en general, y en una cultura popular que justamente se coloca en las antípodas de la cultura de masas y del mundo empresarial de los negocios y transacciones bancarias, las cuales han dado origen a una casta internacional de banqueros esparcida por Estados Unidos y Europa, la cual ha pretendido desde siempre la dominación política global, por encima de las necesidades sociales y laborales de la mayoría de las personas, de una sociedad que protesta en las calles, reclama y desea reivindicaciones, pero también organiza, planifica, produce y crea. A menudo esta sociedad productiva y creativa no tiene espacio en estos medios acostumbrados al escándalo, al show de las vulgaridades, a la noticia sensacionalista y a la simulación de tribunales populares instalados en espacios matutinos de TV, que juegan con las penurias y los lados sórdidos o perversos del ser, alimentos preferidos de esta cultura tecnodigital televisiva cuyo medio preferido de expresión es la ridiculez oficializada.

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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

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