Revolución en el Altiplano



Con la renuncia del Presidente Mesa, Bolivia se debate entre el llamado del reformismo tradicional y el de la revolución popular. En medio de ello, como ha sido costumbre en nuestra América, la alta jerarquía de la Iglesia católica busca salvar los remanentes del poder de la oligarquía boliviana, tratando de convencer a los demás sectores de la vida nacional para que se sumen a la iniciativa de una convocatoria a una asamblea nacional constituyente como fórmula idónea para capear el temporal revolucionario que agita las distintas estructuras de este país del altiplano. Lo que se inició como una protesta aparentemente inocua contra las pretensiones del antecesor de Carlos Mesa, Gonzalo Sánchez de Losada, de entregar los hidrocarburos bolivianos a empresas transnacionales, sin contar para ello con la aprobación popular; ha pasado a convertirse en uno de los movimientos populares de mayor trascendencia ocurridos en el continente americano, distinto en metodología, pero semejante en objetivos al proceso revolucionario bolivariano que tiene lugar en Venezuela.



Esta nueva realidad del acontecer latinoamericano se inserta en la ola revolucionaria que recorre los Andes y se extiende por toda Centroamérica hasta México, que es como decir ante las mismas narices del imperialismo yanqui. Pero, a diferencia del pasado, esta vez son los pueblos quienes dictan las pautas a seguir, aun cuando no dispongan de vanguardias esclarecidas que los conduzcan a la toma definitiva del poder. Lo cierto del caso, es que la aguda crisis política que recorre la amplia geografía latinoamericana tiene su base en la historia de expolio y tiranías que sufrió por siglos la América nuestra, en un primer lugar, en beneficio de las cortes decadentes de España y Portugal y, tras la Independencia, de Inglaterra y Estados Unidos. Todo con la ayuda de oligarquías antinacionales que parasitaron como comisionistas de los poderes extranjeros, entregando los inmensos recursos naturales existentes en nuestro subsuelo. Para nuestra América, dentro de la división internacional del trabajo, le correspondió siempre servir de suplidora de estos recursos para que las actuales potencias industrializadas y el sistema capitalista se fortalecieran y existieran. Sin embargo, al observar cuál es la nueva realidad que se perfila a todo lo largo y ancho de este continente, con gobiernos progresistas y movimientos populares que aspiran a un nuevo orden social, inspirado en el respeto a la autodeterminación de los pueblos, la democracia participativa, una identidad cultural autóctona, y una economía propia, no sometida a la globalización neoliberal que beneficia a unos cuantos en desmedro de millones de seres humanos; se vive la impresión de que ese pasado de explotación y de sometimiento a las metrópolis imperialistas quedará eliminado.


No obstante, lo que acontece en Bolivia puede servir de indicador de lo que pudiera suceder en otros países latinoamericanos, dado que en muchos se ha desatado una onda antiglobalización que apunta directamente al ALCA y a los diversos planes militares y económicos fraguados por Estados Unidos para conservar y ampliar su hegemonía sobre la región. Si los movimientos campesinos e indígenas, sumados a los obreros, no sucumben a la tentación de obedecer los parámetros fijados por los grupos dominantes tradicionales de Bolivia y se propicia una situación revolucionaria de múltiples efectos, sería difícil vaticinar que la misma no tenga repercusiones en toda la América nuestra, tal como pasa con el proceso revolucionario bolivariano en Venezuela que irradia su influencia sobre éste y demás naciones del continente, razón más que suficiente para que Estados Unidos se muestre inquieto y sacuda las banderas del intervencionismo militar (o diplomático, como parece quisiera hacerlo, utilizando la OEA) a que nos tiene habituados desde comienzos del siglo XX.


Por lo pronto, la dirigencia popular boliviana, aún cuando se mueve en medio de algunas contradicciones, ha sido clara en cuanto a la posible salida de la crisis: nada de golpe de Estado, nada de reformismo y nada de otra vuelta al pasado, retomando el poder los sectores dominantes conservadores, a semejanza de Ecuador. De mantenerse dicha posición irreductible, es seguro que la actual crisis dé paso a una transformación estructural tremenda de la sociedad boliviana y, con ello, a una realidad revolucionaria que podría repetirse, con sus especifidades, en cada uno de los pueblos de nuestra América; con lo cual el imperialismo yanqui estaría viviendo sus últimos momentos de dominación


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Homar Garcés


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