El gigante Chávez

En estos tiempos de crisis y en medio de la lucha por la conquista del poder, tanto desde la oposición venezolana y como desde la revolución Bolivariana, es necesario devolverle a la política la dignidad que ha perdido y la médula que debería recuperar para conseguir un mínimo de credibilidad y respeto.

A decir de Gutiérrez “la política debiera ser una “política meditada”, que no se hurtara a la “dimensión espiritual” de la persona”.

Hablar de espiritualidad en la política no tiene que ligarse a la visión religiosa. Tomar en cuenta la dimensión espiritual de un político, es equivalente a tomar en cuenta la esencia del ser humano, acudir a la parte por la que somos capaces los seres humanos de escucharnos y meditar sobre nuestros propios errores y recapacitar; en fin reflexionar. Mediante este ejercicio humano podemos dotar a nuestro lenguaje y a nuestro discurso de densidad moral.

En otras palabras, con este ejercicio de política meditada, los actores políticos deben encontrar mecanismos que les lleven más allá de unas “dinámicas carentes de horizontes, de proyectos y de sueños que nadie ofrece ni acierta a formular, pero que los ciudadanos están pidiendo a gritos” (Gutiérrez, p. 12).

Sin embargo, el ejercicio de la política desde la oposición venezolana, parece que ignora estas consideraciones y desprecia la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes.

Nuestros representantes políticos, electos con nuestro voto deben ser ante todo, personas de densidad moral y ética, para ello es indispensable una actitud reflexiva y pausada y una vida interior rica y equilibrada.

Muchas veces la política en esta sociedad consumista e individualista, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a quienes la ejercen de la ponderación, la meditación y la distancia imprescindibles, para tomar decisiones meditadas.

Para afrontar los retos que nos impone la crisis del modelo capitalista, necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Gutiérrez nos recuerda que “el descrédito de la política y de los políticos tiene que ver –y mucho- con el deterioro del lenguaje político. Dime cómo hablas y te diré quién eres (y cómo eres). Deberíamos relajarnos, sí; pero para pensar mejor y ver si hay algo en el interior que valga la pena. Y, solo entonces, abrir la boca.”

Un político con una rica vida interior podrá servir mejor a los fines de lo público. Los políticos que hablen con el corazón –que digan la verdad, más allá de lo dura que ésta pueda ser- serán los líderes del mundo problemático que nos rodea.

Decía Octavio Paz que “se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales”. El filósofo chino Confucio (551-479 AC), otorgaba al lenguaje un papel esencial en el gobierno de una nación. Los preceptos básicos de esta corriente son básicamente humanistas y hablan de cómo debe relacionarse el ser humano con sus semejantes.

Acudir a los valores, virtudes, relaciones… nos enseña cómo desarrollar una buena conducta en la vida y un buen gobierno basado en la caridad, la justicia, y el respeto. Valores además que tienen como pilar fundamental el lenguaje, ya que éste expresa la calidad moral del que habla.

Gutiérrez nos recuerda el ejemplo de China quien a su decir está buscando otra vía a la democracia y al progreso; y cito: “el presidente Hu Jintao ya había anunciado un año antes, a través del diario China Daily, ocho “mandamientos” de fuerte inspiración filósofica para “recuperar la moralidad” y lograr una “cultura socialista avanzada”, que serían colocados en carteles para conocimiento de todo el mundo:

1. Patriotismo. Ama a tu patria, no la dañes.

2. Vocación pública. Sirve a la gente, no la abandones.

3. Conocimiento. Defiende la ciencia, no seas ignorante.

4. Trabajo. Trabaja duro, no seas perezoso ni odies el trabajo.

5. Ayuda al prójimo. Mantente unido y ayuda a los otros, no te beneficies a costa de los demás.

6. Honestidad. Sé honesto y digno de confianza, no busques los beneficios a costa de tus valores.

7. Disciplina. Sé disciplinado y cumplidor de la ley, en lugar de caótico y sin leyes.

8. Sencillez. Conoce la vida sencilla y las dificultades, no te sumes a los lujos y los placeres”.

Chávez encarna todo esto y más. Y ese es el error táctico y estratégico de la oposición venezolana, menospreciar la capacidad que Chávez ha tenido de a través de un nuevo lenguaje y de la expresión llana, clara, limpia de sus sentimientos, despertar una conexión espiritual profunda con el pueblo venezolano.

Pionero como es, de esta una nueva forma de hacer política, mediante la creación extraordinaria de un nuevo lenguaje, con más profundidad y espiritualidad; donde declara a los cuatro vientos que resulta decisivo volver a las palabras, a esas que nacen de las ideas y de la filosofía, porque sin ellas, la ideología estaría muerta. Y esa señores, es la clave que yo siento que Chávez ha logrado descifrar y que aún la oposición venezolana no ha logrado entender.

Primero porque para construir esa conexión y un nuevo lenguaje político sería necesario en ellos un profundo sentido del deber más allá de lo material. Su naturaleza y formación, así como los valores que profesan se lo impiden –por eso se ríen y acusan a Chávez en su diálogo frente al Cristo este miércoles santo pasado en Barinas, de actor y manipulador-. No han entendido nada.

Necesitarían estos señores, recuperar los fundamentos éticos y morales que constituyeron el debate de lo humano y de lo colectivo hace ya miles de años. Necesitarían volver a leer a Séneca, Confucio y a Platón, es decir, volver hacia atrás para ir hacia delante y así comprender la conexión entre la política y la ética.

Cada vez es más evidente que una de las causas más profundas de la crisis de la política (y, en particular, de la política transformadora) es la desconexión entre práctica y la moral política. Casi sin darnos cuenta, el ejercicio de la política desde la oposición venezolana, ha ido perdiendo a sus más brillantes pensadores, renunciando a hacerse preguntas profundas, para ofrecer respuestas superficiales y diseñadas por un manual, o por expertos en marketing político –como si de vender valores se tratara-.

Por eso no entienden lo que pasó y pasa en la política venezolana y en el seno del pueblo mismo, aún se encuentran perdidos. Eso precisamente, -su propio orgullo, vanidad y desprecio por los que tienen menos que ellos, a lo material me refiero- es lo que los aleja del sentimiento del pueblo; esa ausencia de sentido y profundidad de muchas de sus prácticas y sus políticas públicas que parecen incapaces de comprender la complejidad y el vacío que provoca una política sin espíritu.

Hoy más que nunca, la construcción democrática y ciudadana se basa en la estatura moral y ética de nuestros representantes y crece la creencia y la convicción de que la riqueza espiritual e intelectual de nuestros líderes es una condición indispensable para su eficacia en la gestión. Y lamentablemente para la oposición el único político que encarna estas cualidades es Chávez. Por eso es un gigante.

alecucolo@cantv.net


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María Alejandra Díaz


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