Socialismo del siglo XXI

Los clásicos del marxismo sostuvieron que en el capitalismo la burguesía detenta la propiedad sobre los medios de producción. Lo ideal sería que esa propiedad estuviera en manos de los trabajadores, añadían. Ese estadio se llamará comunismo. Mientras tanto tendremos socialismo, como etapa de transición, mediante la dictadura del proletariado.

Hubo al menos dos intentos fallidos. Uno fue calificado por Karl Marx y Friedrich Engels de socialismo utópico. Por su parte Marx y Engels asumían lo que llamaban el socialismo científico. Luego, diciéndose basado en esa ciencia, se instauró el socialismo real, desde Stalin hasta Pol Pot.

También está uno que dudo en llamar siquiera socialismo: la socialdemocracia. Si no fuera por José Luis Rodríguez Zapatero me dispararía ahora mismo a acordarme de Rómulo Betancourt, de Felipe González y del juego de bingo. ¿Eran Betancourt y Felipillo socialistas?

Y por último: ¿era socialista el nacionalsocialismo?

El problema del capitalismo, sin embargo, continúa: la empresa privada es una organización dictatorial y esquizofrénica: genera por igual riqueza y pobreza desmedidas. Tanto tienes tanto vale tu voto en la asamblea de accionistas. La pobreza actual del mundo al lado de tanta riqueza obscena demuestra el fracaso catastrófico del capitalismo. La ciencia promete desde el siglo XIX el fin del reino de la necesidad para pasar al reino de la libertad y de la abundancia. De cada quien según su trabajo y a cada quien según su necesidad. Igualdad, fraternidad y libertad. La solidaridad será normal y el egoísmo una anomalía incomprensible. Etc.

Fácil de pensar pero difícil de hacer. Juan Nuño, cuya lengua rizada no conocía límites, dijo que Marx y Engels se equivocaron porque creyeron que el hombre era perfectible y «ningún hombre es perfecto, por argentino que sea», concluyó don Juan.

Ya no hay que explicar a Pío Miranda que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no es el paraíso que se creía cuando no se sabía lo que era de verdad: un Estado policial que templó el acero, hizo la bomba atómica, conquistó el espacio y mató a decenas de millones de personas en un clima concentracionario anterior al nazi. No fue solo la URSS sino también la China con su Gran Revolución Cultural Proletaria o la llamada Kampuchea Democrática, donde bastaba hablar francés para ser fusilado. El Khmer Rojo que hizo eso fue respaldado bajo cuerda por los Estados Unidos luego de su caída. Dios los cría y ellos se juntan.

Murió un gentío igual que murió la libertad de inteligencia, uno de los derechos más riesgosos si no se tiene poder. La Radio Tirana, de la Albania socialista, hablaba del «Marxismo-leninismo, doctrina siempre joven y científica». Algún poeta llegó a entonar: «Stalin es como el Sol. ¡No! Mejor que el Sol porque el Sol no piensa y Stalin sí». Bastaba leer los periódicos stalinianos para entreverlo todo.

En Venezuela hemos intentado una suerte de bricolage. Claude Lévi-Strauss expuso para siempre su idea del «bricolero» (arriesgo esa traducción del francés bricoleur). El bricolero (que arregla lavamanos insurrectos y enciende automóviles intransigentes) tiene negocios secretos con la materia, mediante improvisaciones y una caja de herramientas llena de ganchos de ropa, cabos de vela, alambritos, objetos inesperados que pueden servir para arreglárselas con los aparatos amotinados.

Un bricolero es a veces más apto que el científico, quien requiere el repuesto con las especificaciones de rigor. El bricolero se las arregla de los modos más heterodoxos. No sabe más que el técnico calificado, pero tampoco menos.

Por eso ningún teórico social ha previsto jamás ninguna revolución. Ni siquiera los grandes maestros del socialismo científico. ¿Quién presagió el Caracazo?

Yo. No me pregunten cómo. «Se sentía» es lo que más acierto a balbucir. Ese día hablaba con una joven que me decía que este pueblo era muy manso. Le respondí que yo había visto manso a ese pueblo en diciembre de 1957 y feroz en enero de 1958. Nunca pensé que una conjetura se me iba a dar tan pronto y tan literalmente. No hice ningún estudio, ninguna teoría me socorrió, no manejé cifras, no escruté bibliotecas. Solo conté con la intuición, ese formidable instrumento científico. No hay hallazgo científico o de lo que sea en que la intuición no haya jugado un papel, desde la bañera de Arquímedes hasta la manzana de Newton.

No fui el único que sintió venir aquello. Varias personas me han comentado el mismo presagio.

Todo lo hemos logrado en Venezuela, contra el Imperio más poderoso de la Historia, a punta de intuición, de corazonada, de pálpito, de púlpito. Por eso hemos tenido grandes aciertos y graves errores. Solo la inverosímil imbecilidad de la oposición nos ha salvado de la catástrofe, hasta ahora.

La gente se impacienta y comienzan los reproches. Este alcalde es un tal por cual y dígame aquel ministro y mejor no hablemos de ese gobernador. Solo se percibe el televisor que no llega a la Misión Ribas, no el que sí llega, que es lo que más ocurre. Está bien así, porque significa que tenemos bien agudo el sentido crítico, que es crucial en estos experimentos sociales. «Cuando no sepas lo que haces, hazlo con mucho cuidado», dicen los estudiosos de la Ley de Murphy. Claro, es de esperarse en un equipo de muchos cargos de elección popular designados a dedo por Luis Miquilena. Demasiado bueno ha resultado más bien.

Veamos algunas ideas:

Chávez invita a combatir la corrupción pero ¿cómo? Hay relaciones de poder y te puedes meter en tremendo lío si denuncias a un alto funcionario. Es un entramado difícil de desenredar. ¿Cómo podría no haber corrupción en un Estado diseñado para ella? Iría contra toda teoría de esta sociedad de cuánto hay pa eso y dámela que tú la tienes. Uno no ve la mano que roba pero sí la que gasta, dijo, me parece, Carlos Andrés Pérez. Uno ve pulseras de oro. Alguien que gasta en una pulsera de oro es porque ya no halla en qué usar el platal. Mira a tu alrededor y sabrás.

Ayuda mucho saber lo que no queremos: un Estado perseguidor como el de Stalin ni como el del 12 de abril de 2002. El Presidente regresa de un golpe y todo antecedente histórico dice que en esas condiciones se despliega una represión legendaria, con sangre callejera y silencio de las víctimas. No, Hugo Chávez regresó pidiendo perdón con un crucifijo y llamando a dialogar a quienes no se merecían tanta cortesía. No propongo represalias y mucho menos ilegales, pero tampoco tanta reverencia. Era gente que había asesinado a sus propios marchistas unas horas antes. Está bien, Cristo ordena poner la otra mejilla. Pero también enseñó a ser manso como la paloma y astuto como la serpiente. La historia es testaruda y enseñó que no eran esos con quienes había que dialogar, al menos en ese momento. Ahora que están en el suelo hay mejores condiciones. Los banqueros acuden mansos a Miraflores a oír denigrar del capitalismo y ya no hacen aquellas malcriadeces de las mesas de diálogo de 2002. Buen indicio.

Sustituir el «dedazo» para nombrar cargos de elección popular. Fortalecer las organizaciones populares. Abolir la denunciadera anárquica de corrupción que a poco se descubre que es corrupta, es decir, un mero «quítate tú pa ponerme yo». El adeco de boina roja es fácilmente detectable por su nepotismo, por sus trampas, por sus apetencias sin límites ni escrúpulos. Mira a tu alrededor y hallarás.

Revolucionarios hubo que decían: «Somos pocos pero bien sectarios». Hay mucha gente decente en el mundo como para armar un aparato represivo indiscriminado. Ya sabemos que no se hace socialismo instaurando la justicia sobre la base de la injusticia, porque ese mecanismo —Stalin lo demostró— rápidamente se corrompe.
Los socialdemócratas comenzaron conviviendo con el capitalismo, regulándolo, y terminaron campeones de la desregulación neoliberal. Hasta ahora hemos logrado controlar algunos atropellos del capitalismo desbocado: el crédito indizado, la evasión fiscal, los latifundios.

Debe haber libertad de expresión. Los venezolanos hemos descubierto lo que Stalin no vio: que el abuso de la libertad de expresión se revierte sobre los propios medios. ¿Cómo puede sostenerse que no hay libertad de expresión cuando ofendes la madre del Presidente en la misma respiración? Si los reprimes das razones a sus sinrazones. Si no los reprimes se extinguen solos y de modo irreversible, como la Plaza Altamira, algunos pasquines y tantos animadores de televisión que ya nadie recuerda.

No confundir cultura popular con cultura vulgar (ver Por el derecho al lujo). Lo decía Lenin. No creer que hacer buena comunicación revolucionaria es divulgar fealdad y fastidio. Hay que democratizar también el lujo y la belleza. El Teatro Teresa Carreño se llenó de pueblo para oír sinfonía tan poco amable como la Heroica de Beethoven. La revista Question se agota. No es verdad que el pueblo quiere chabacanería.

Esos son ya buenos comienzos. El mes que viene tal vez continúe, si termino de pensar en esto.













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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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