Existe un reconocido personaje de academia que ha derrochado su vida desentrañando, en el estudio concienzudo, la esencia del conforme decir y del exacto escribir. Para ello no ha cesado en mas de medio siglo de remitir sus preocupaciones intelectuales a la cabal comprensión de la gramática española y a la memorización in extremis del significado y uso de las palabras según el denominado, y ejemplarizante, DRAE. Con una dedicación fenomenal, su monotemático existir se le ha disipado en la yerma tarea, en el yermo fragor, de convencerse que con ello puede alcanzar el pináculo de una jerarquía profesoral desde la que puede sentar cátedra como ningún otro. Aquel que haya tenido la oportunidad de leer sus preciosistas escritos sobre el lenguaje castellano y las formulas de su justa aplicación, no podrá sustraerse de experimentar la excedida índole ferular (si es que nos permite el profesor este adjetivo) que la mayoría de sus disquisiciones esbozan y lo estrictamente definitivas y rotundas que siempre acontecen.
No existe la menor duda que el profesor en cuestión lo es en todo el sentido del término, y lo es con mayor intensidad aun en la medida que ha conquistado una competencia y una fama tal en la materia del lenguaje castellano, que ha logrado que su nombre sea por antonomasia, en los círculos universitarios, el paradigma de la correcta escritura. Asunto que para nada parece desagradarle al riguroso profesor, dado que sin mayores rubores se ha puesto a aprovechar tal condición más allá del ámbito de la academia, generándole ello no pocas satisfacciones de orden personal, que no puede ocultar ante propios y extraños, cuando, ufano y fachendoso, se dedica a tocar otros temas que superan con creces lo propiamente gramatical.
El profesor ha sabido habérselas con elevado éxito en el mundo normativo de la gramática, en el mundo inequívoco de los diccionarios, y muy probablemente en el mundo tradicional y desde hace siglos acabado de la retórica, donde se ha erigido como toda una autoridad, una que para algunos es casi legendaria. Mundos estos que más que cualquier otra característica particular aluden a la frialdad de la memoria y a su derivado práctico que es la erudición. Mundos donde poca heurística podemos encontrar, donde poca lucidez es fértil, donde poca expresión artística es dable, y donde lo científico apenas se contenta con el principio de identidad. En realidad solo encontraremos en semejantes dominios la presencia atemorizante de la prescripción; lo que es legítimo y lo que es prohibido, lo que es correcto o incorrecto, lo que es falso o verdadero. El espacio de las academias de lengua, con su arbitraria producción legislativa, es un espacio árido y unilateral, es un espacio marmóreo que remite a la letra de la ley y al ejercicio de sus sabuesos académicos. Es el espacio de lo inconmovible que lucha con jactancioso furor contra el dinamismo incorregible del habla social. En definitiva lo uno que pretende devorar a lo múltiple.
Así genio y figura hasta la sepultura, por lo que cuando el profesor habla de política, sobre todo a través de sus artículos en aquel desconcertante folletín nacional, no deja de incurrir nuevamente en gramático, nuevamente en corrector, nuevamente en preceptor. Muy a pesar de un pasado suyo de veleidades izquierdistas y gesticulaciones insurgentes, el profesor nos sorprende desde algunos años atrás con una obsesa, desaforada y amnésica tirria contra el actual proceso revolucionario y muy especialmente contra su líder. Para algunos la consecuencia fatal de su fanatismo gramatical, el desenlace inevitable de todo polizonte del lenguaje, el colofón existencial de quien devino el más prominente guardián, por estos predios, de la dignidad del castellano.
Es que resulta que ahora el profesor, cuando oye en boca de los sectores pudientes que siempre adversó la palabra “libertad” , esta convencido que se trata de la misma palabra que aparece en el DRAE, esa que remite de manera abstracta al derecho individual, y al concepto ideal correspondiente, distrayéndose del hecho mayúsculo de que quien ahora dice “Libertad” es el mismo burgués de sus años joviales, aquel que quería la palabra “Libertad” y su significación, para conferirle legitimidad a la explotación del capitalismo, y para sostener mediante el engaño de su significación sus groseros privilegios. Es que resulta que ahora el profesor cree que el nombre de “Medios de comunicación” remite realmente, tal cual su significado, a unos artificios tecnológicos que comunican y que están para hacer del conocimiento de la sociedad los eventos que en ella se desarrollan, así sin mas; evitando lo real de los mismos que es cosa muy distinta a comunicar y que por el contrario es apropiar, apropiar el bien común de la comunicación y el lenguaje a través de las artes psíquicas mas refinadas, que de paso le permiten adueñarse de la opinión y conciencia de la sociedad. Es que resulta que ahora el profesor aboga por la “Democracia” abstracta de los diccionarios, como si aquella que vivió enfrentando en décadas pasadas por encontrarla trunca, intempestivamente, se haya trocado amable por haber dado con su origen etimológico en el DRAE, siendo que no es otro que el “Gobierno del pueblo”. Es que resulta que ahora el profesor cree en las ideas objetivas que pregona el mataburro Real. ¡Haberlo dicho antes! seguramente se estará imprecando hoy día el profesor, lamentándose del tiempo perdido en sus mocedades.
Habrá que recordarle al profesor, parafraseada, la famosa, trillada y precariamente comprendida frase de Wittgenstein, quien escribió y dijo que “la lógica no dice nada acerca del mundo”. Profesor comprenda; ni la gramática, ni los diccionarios, ni la retórica, dicen nada acerca del mundo.
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