Democracia y Populismo (Primera Parte)

Si la Democracia es una idea con la cual todos quieren identificarse, con el Populismo ocurre todo lo contrario. El grado de estigmatización que ha alcanzado dicho término es de tal magnitud que el señalamiento de una persona, una ideología, un partido, un movimiento social o una forma de gobierno como populista, adquiere una significación ofensiva. Nadie quiere, ni acepta, que se le “acuse” de populista.

Pues bien, a pesar del carácter analógico del populismo, determinado por la enorme diversidad de usos del término, en todos ellos la alusión común está referida al pueblo.

Ernesto Laclau, ha dicho que el “populismo es un concepto a la vez elusivo y recurrente. (…) Sabemos intuitivamente a qué nos referimos cuando calificamos de populista a un movimiento, o a una ideología, pero encontramos las mayores dificultades en traducir dicha intuición en conceptos. Esto ha conducido con frecuencia a una práctica ad hoc: continuar utilizando el término en forma puramente intuitiva o alusiva y renunciar a cualquier esfuerzo por desentrañar su contenido...”.

En tal sentido, una de las mayores dificultades, para poder establecer una definición sociopolítica del populismo, reside en no poder señalar con absoluta seguridad si este es un movimiento político, o la manera como un partido controla el poder, o la base de sustentación de un líder carismático, o un mecanismo que permite la relación clientelar, o la forma como el caudillo logra mantenerse en el poder o sobrevivir; el populismo es todo ello, pero no es reducible a uno de estos aspectos.

En algunos trabajos nuestros: Petróleo y Populismo en la Venezuela del siglo XX, (1992) y El Ocaso del Minotauro o la Declinación de la Hegemonía Populista en Venezuela, (2000), hemos afirmado que el populismo para ser entendido en su más completa dimensión debe considerarse como una cultura, en las diversas manifestaciones que el término entraña; como un fenómeno contemporáneo que emerge con el proceso de industrialización sustitutivo de importaciones en las formaciones sociales latinoamericanas, pero que no niega las realidades existentes que perviven de modelos anteriores. Dicho de manera más precisa, al populismo lo entendemos como una cultura que ha formado parte del fraguado de la formación social latinoamericana en general, y venezolana en particular.

En nuestro hemisferio, en la última década, se ha venido generando un interesante proceso de reflexión sobre el populismo, con la intención de desmitificarlo y darle el lugar que, en tanto categoría para el análisis sociocultural de nuestras formaciones sociales, dicho término entraña.

Entre ellas, bien vale la pena destacar: El populismo como espejo de la democracia, (2009), en cuya introducción, su compilador Francisco Panizza, señala que: “El populismo constituye un concepto controvertido, y los acuerdos respecto de qué significa y quién califica como populista resultan difíciles ya que, a diferencia de otros conceptos también controvertidos –como el de democracia- , se ha vuelto una atribución analítica más que un término con el cual la mayoría de los actores políticos se identificaría con gusto.”

Carlos de la Torre, destacado investigador y docente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en entrevista realizada para Cuadernos del CENDES (UCV), volumen 27, N° 73, enero-abril 2010, afirma que: “Para algunos académicos las lógicas del populismo y de la democracia son incompatibles. Argumentan que el populismo es antidemocrático pues imagina al pueblo como Uno, con una sola identidad, con un interés homogéneo y sin divergencias…” Mientras que otros: “ven el populismo como constitutivo de la democracia. Margaret Canovan, por ejemplo, señala que la democracia tiene una fase administrativa y una redentora que se basa en la promesa del autogobierno del pueblo. El populismo emergerá cuando los ciudadanos sientan que los políticos se han apropiado de la voluntad popular y le han arrebatado el poder al Soberano”.

Pues bien, estos avances teóricos que se vienen produciendo en nuestra América Latina, con la intención de aproximarse a una conceptualización del populismo, le imprimen una fisonomía propia; por lo que, antes de hablar del populismo en la región, debamos hablar de los populismos en Latinoamérica. Ello, habrá de permitirnos avanzar en el proceso de su desestigmatización, y a encontrar las variables que determinan la relación entre la democracia y el populismo.



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Nelson Pineda Prada*


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