Arte o Barbarie

En efecto; y como forma de insistir un poco más sobre el tema de las corridas de toros, y, de su línea de conceptos confrontados, me voy a permitir ahora tomar un diálogo entre dos personajes de mi novela “BAÚLES DE MONASTERIO”, Huamán y el camionero Itxaso, Pág. 220, buscando con ello ampliar los criterios que pugnan en torno a un acontecimiento que ha despertado inquietudes integradoras de los valores humanos, desatado polémicas religiosas e, intentado prohibiciones de todo tipo, como un drama que demanda razones entre las fuerzas del bien y del mal.

Veamos entonces lo que dicen estos dos personajes, Huamán y el camionero filósofo, Itxaso, sobre las corridas de toros y las peleas de gallos, marcando en pocas palabras la diferencia que existe entre el método de infligir dolor a través de la oblicuidad promocional, y la forma estética que toma el arte, para darle tonalidad noble a los sentimientos del hombre:

Huamán le miró en aquel momento con una fresca sonrisa en los labios, y actuó como si sólo se tratara de elegir entre los gallos y la soya, o, como el político que busca la manera de salir del paso sin poner a prueba sus propias convicciones, ni tampoco la sensibilidad de su interlocutor.

Ahora estoy completamente convencido (dijo), que lo que yo quiero es trabajar un akatahu (pedacito de tierra) y, buscar la manera de estudiar una carrera. La pelea de gallos no me interesa; porque veo que hay una buena parte de crueldad en ese juego.

Y, si es cierto que esa lucha se da entre animales de la misma especie; y, que hay también normas que regulan las peleas mediante el pesaje de los ejemplares y la medición de las espuelas, buscando el equilibrio del combate, también es cierto que es un deporte identificado con el dinero fácil. Por lo que le ruego me perdone por no estar de acuerdo con ese juego, al que usted le ata cabos de hilos multicolores.

Está bien (le replicó Itxaso), casi disuadido ya de su empeño particular de asociarlo a esos intereses.

Pero, ¿qué me dices entonces de las corridas de toros, donde el homo

sapiens se crece ante la víctima irracional, precedido de ese rimbombante etiquetado de fiesta brava, o de arte taurino; cuando en realidad no son otra cosa que la oblicuidad de la tortura, el método de infligir dolor, clavar banderillas, hincar lanzas a mampuesto a un animal que no enviste realmente al torero, sino al color alucinado y alucinante de una muleta?

En otras palabras, las corridas de toros son una monstruosa dispensa;

el sádico privilegio de sacar a un animal fuera de sus límites naturales, para ser muerto de mil maneras inteligentes y estudiadas, antes de la estocada fatal. Y, todo con el beneplácito de la afición o de una parte de la sociedad, que, no pudiendo imaginarse así misma sino victoriosa y triunfante siempre, se olvida del bienestar común.

¡Bien dicho! Eso era lo que yo esperaba escuchar alguna vez, acerca de ese crimen institucionalizado de las corridas de toros; sobre todo con la convicción conque usted lo ha hecho. Lo felicito. (Replicó Huamán evidentemente aliviado).

Yo no he ido a ninguna de esas fiestas (prosiguió); pero tampoco ignoro la tortura que allí se inflige sólo por dinero y diversión.

Todos los animales deberían ser tratados de manera digna, por simple deducción.

Al igual que a la flora amazónica que, dicho sea de paso -si la dejamos ir como va-, no sólo nos quedaremos solos con nuestra propia especie (sin la maravillosa compañía de la fauna y la vegetación silvestres), sino que el mundo mismo se vería en problemas de habitabilidad.

Pues, escasearía el agua, los alimentos, la lluvia; hasta la constante vital del oxígeno. Y, se extendería el desierto, el hambre, el efecto invernadero; entre otras calamidades que darían al traste con la vida misma del el planeta.

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Manuel Martínez Acuña


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