Bolivia y la estrategia de contención

Es indudable que el Plan Colombia, transformado en Plan Andino, impulsado por Washington, tiene como objetivo completar los elementos necesarios para controlar la expansión de un centro de poder focalizado en la alianza Brasil-Argentina en la fachada atlántica sudamericana. Y en esa maniobra, juega un papel central Bolivia. El territorio del Alto Perú, como lo entendieron perfectamente Bolívar y San Martín, es la “bisagra” que conecta los terrenos planos de la pampa argentina y la selva amazónica con la masa andina donde el poder se concentra en los espacios que hoy ocupan Colombia, Perú y Venezuela. Después de consolidar su dominio sobre El Caribe con un sistema de alianzas con México, los países centroamericanos y la reciente ocupación de Haití, la Casa Blanca busca establecer uno similar con los espacios ocupados por las repúblicas andinas. Con ello completaría el cerco – incluyendo lo militar – del nuevo poder emergente centrado en Brasilia y Buenos Aires, ya previsto por el pensador geopolítico Nicholas Spykman en la década de los 40 como el principal competidor del poder estadounidense en el hemisferio. Tendría esto el mismo efecto que ha tenido el sistema de alianzas que bordea la masa euroasiática de contener el desarrollo de cualquier poder competitivo en aquellos espacios. Y así como el Medio Oriente es clave dentro de esa estrategia, Bolivia lo es en la que se implementa para domar las fuerzas que se desarrollan en las cuencas de El Amazonas y El Plata.

Por esta razón es preocupante la actitud del Presidente Boliviano Carlos Meza de revivir, como lo hizo durante la celebración del “día del mar” el pasado 23/3/05, el viejo y anacrónico conflicto con Chile sobre una salida oceánica para su país. Se entiende el uso del recurso de crear un enemigo externo para unificar la nación en un momento de severa división que incluso ha amenazado la unidad del país. Pero lo que no se comprende es que con esa conducta se aborte la única salida posible de esa cuestión: la integración sudamericana. No hay salida para la mediterraneidad boliviana por la vía bilateral con Chile. Ni siquiera la guerra, que al fin y al cabo se definiría por la presencia unilateral o multilateral de poderes foráneos, le resolvería este problema, parcial frente al mayor representado por el dualismo social y funcional de esa comunidad, que amenaza la factibilidad del Estado en ese país. A lo que indudablemente conduciría esa conducta es a la perturbación del proceso de constitución de la Comunidad de Naciones Sudamericanas. Por ello hay que pensar seriamente si el comportamiento del actual gobierno de La Paz obedece a razones domésticas bolivianas o, si allí hay una injerencia de Washington. En todo caso, como frente a la situación colombiana, el escenario óptimo esta en la mediación activa de los gobiernos sudamericanos y no en el uso del débil poder de los actores involucrados en una negociación ineficaz.


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Alberto Müller Rojas


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