La increíble historia de aquel escuálido que fue nombrado embajador en Libia

El tipo comienza su libro con un manierismo, propio de su exquisita enjundia intelectual: cuenta que recibió una llamada del ministro de Energía y Minas Alí Rodríguez Araque, quien le dijo que acababa de ser nombrado nuestro embajador en Libia. Entonces el delicado personaje, de nombre Alejandro Padrón, con el culo helado y muy avergonzado, optó por callarse y escuchar serenamente el ofrecimiento de aquel mango tan bajito. “Enmudecí por segundo, tiempo suficiente para sentir que el espacio temporal se había alargado demasiado sin pronunciar más palabras.[1]

¡BINGO! –gritaría más tarde.

Es decir, estaba gozando interiormente una bola, pero él procuraba darle a la situación ese toque proustiano, de que claro que le enloquecía la oferta, ¿pero cómo hago para hacer sentir que me cuesta trabajo aceptarla tomando en cuenta mi delicada situación moral ante un régimen opresor, y sin que lo que se me ofrece perturbe mi conciencia?

Todo lo fue arreglando con frasecitas mariposonas.

Añade el sesudo profesor de la ULA, Alejandro Padrón:

“-¿Embajador de Venezuela en Libia? - Pregunté desconcertado-. ¿Pero cómo es eso ministro?- volví a preguntar sin salir de mi asombro.[2]

Seguía degustando el premiazo que se acababa de ganar, pero trataba de hacerse el loco: pasajes en primera clase, residencia diplomática lujosa, carro y chofer a la orden, pago de sueldo en dólares, posibilidad de viajar por Europa cuando le diese la gana con todo pagado por el gobierno, obsequios, manjares, invitar a amigos y familiares a su mansión, etc.

Nada. El tipo no podía rechazar la oferta.

Estaba anonadado.

Entonces comenzó a caminar de un lado a otro sintiendo con claridad sus pasos aturdidos. Recorriendo los espacios desiertos del pasillo central de su casa. Asombrado y aturdido, conmocionado, turbado interiormente con dulces temblores en el alma, alocado, e inmediatamente cayó en la cuenta de que no tenía tiempo que perder y debía avocarse a preparar su currículum vítae. De momento no le importaba que odiara a Chávez, que eso podía arreglarse más adelante. No le importaba que su ética académica de momento tuviese que mezclarse con la inmunda plebe chavista, él que en 1998 había votado contra Chávez.

Pero bueno, atormentado, tenía que enfrentarse a esta sucia realidad. Viajó a Caracas para entrevistarse con el ministro Alí Rodríguez Araque, pero éste no pudo recibirlo y quien lo atendió fue el vicecanciller Jorge Valero.

Líricamente atontado, el escritor Alejandro Padrón añade que Jorge Valero no le dio oportunidad para rechazar lo que se le ofrecía:

“- Es cierto, es usted el nuevo embajador de Venezuela en Libia- me dijo sonreído como quien comenta una travesura.[3]

Él, Alejandro Padrón, con muchos puntos suspensivos en su alma parecía marearse, parecía vacilar, Dios mío qué vértigo:

“- Pero...” - no lo dejó balbucear siquiera una palabra más el Vicecanciller.

Para más adelante insistir el delicado catedrático:

“- Jorge, sabes muy bien que yo no voté por Chávez, no pertenezco al partido de gobierno ni tengo interés en formar parte de él. Hace tiempo dejé la militancia activa en el trastero de mi casa y no pienso desempolvarla.[4]

El vicecanciller siguió insistiendo y le dijo que se tomará su tiempo para pensarlo pero que no tardará mucho en decidirlo.

El insigne académico Alejandro trataba de balbucear pero Jorge Valero no lo dejaba defenderse. En un gemebundo respiro se vio con el exequátur en la mano. Su decisión estaba tomada desde el momento mismo en que se lo propusieron, y temblaba porque de una vez le diesen el nombramiento. ¿Por qué a quién coño se le ocurre viajar a Caracas para ponerse a dudar y a decir que él todavía no sabe si acepta o no ser embajador de Venezuela en Libia?

Mariqueras y punto. Señor.

Entonces en su dilecta alma intelectual, Alejandro Padrón encontró razones para autoconvencerse de que él sería embajador de un país y no de un ogro dictador, delincuente y soez personaje como Chávez. Puso por delante su amistad con Valero, sus estudios en temas petroleros, y sobre todo un trabajo de ascenso sobre Libia que, qué casualidad, le venía de perlas. Todo, pues, como anillo al dedo.

Ese trabajo en el propio terreno de Libia le permitiría ascender a un escalafón superior en la ULA.

Añade el intelectual el argumento definitivo que había esgrimido el presidente de la República al deslizar su “dedo regordete” a lo largo de la página y detenerse en esa línea del currículum, en sus grandes conocimientos sobre el tema petrolero libio.

No podían el régimen, haber escogido a un tipo más preparado. Que en ese ofrecimiento quien salía ganado era el gobierno y no él.

Entonces discutió el tema con su familia: sus hijos lo apoyaban pero su mujer María Inés, también profesora de la ULA, se oponía rotundamente. "Decía (María Inés) que ya el teniente coronel mostraba con claridad su tendencia autoritaria y ella intuía una radicalización de su política en un futuro cercano[5]".

Para completar, agrega el insigne catedrático de la ULA, que ni su mujer pudo vencer su decisión a no perderse ese boche. La mujer, doña María Inés intuía lo suyo también: viajes, placeres de las mil y una noches, pasaportes diplomáticos, sueldo en dólares, dólares y dólares. Ella calló resignada, gozando interiormente también una bola. Y vio al marido cargar con sus bellas maletas al acto del nombramiento en Miraflores. En aquel acto Alejandro estaba que no cabía en su cuero, se le acercó el Canciller José Vicente Rangel, lo tomó del brazo y le dijo “en un susurro cómplice con las palabras que me llamaron la atención:

- Tú sabes que Chávez me preguntó quién eras tú y yo le contesté "¡Ese es un palo de un Hombre!"[6]

El que se lea todo el libro se dará cuenta que esa afirmación de José Vicente era lo más irónico del mundo. Pero Alejandro sonrió siniestramente.

Ante aquel elogio, el escritor Padrón quería ahogar su fuego con algún palo de whisky como corresponde a la gente de su élite, de su círculo intelectual, pero lástima, el brindis fue con refresco de piña.

Pues bien, esta falta de las delicadas bebidas que a gollete se empinaban los adecos como José Augusto Dubuc, Gonzalo Barrios o José Ángel Ciliberto constituía para el intelectual Alejandro Padrón una gran falla en cualquier gobierno decente del mundo.

Cuando llegue a Trípoli le darán la bienvenida con agua o refresco, y él confesará: “En verdad, hubiera preferido un güisqui, pero sé que las bebidas espirituosas están prohibidas en esta parte del continente africano. Menos mal que el territorio venezolano no será así, me digo, pensando en nuestra embajada.[7]

Esta historia continuará.



[1] “Yo fui embajador de Chávez en Libia”, Alejandro Padrón, ediciones La Hoja del Norte, Venezuela, 2011, pág. 16.

[2] Ut supra, pág. 16.

[3] Ut supra, pág. 17.

[4] Ut supra, pags. 17-18.

[5] Ut supra, pág. 19.

[6] Ut supra, pág. 21.

[7] Ut supra, página 21

jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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