Calentar las escuelas

La consigna aquella de “calentar la calle” es atizada de nuevo y sólo el asueto de semana santa la enfrió un poco. Los pirómanos del 11-A, el sabotaje petrolero y la guarimba vuelven por sus fueros incendiarios, con igual mecha mediática y menos fuerza real. El polvo de la derrota tantas veces mordido por donde quiera que metieron sus narices conspirativas no ha sido suficiente lección. Se empeñan y obstinan en saltar hacia la estaca.

Sin la nómina mayor de PDVSA, sin los “próceres” de la batalla de Plaza Altamira, sin empresarios y comerciantes que quieran terminar de quebrar, derrotados en el referéndum y los comicios regionales, piensan y creen que con paralizar escuelas, liceos y universidades lograrán “recalentar la calle” y, como dicen los abogados, reponer la causa conspirativa a su punto inicial, es decir, al “vete ya”, “renuncia ya”, “fuera ya” que tantos reveses les deparó.

Otra vez hemos visto en televisión el rostro desdibujado del inefable presidente de la cámara de colegios privados. De nuevo hemos sido sometidos a la inmerecida tortura de su voz atiplada y chillona. Este personaje ya no opina sobre su cámara privada y mercantilista, sino que invade la política educativa del gobierno en el ámbito público y empieza a buscar en las escuelas oficiales lo que no se le ha perdido. A lo mejor el mismo pueblo lo ayuda a encontrarlo.

Todavía se recuerda el balance de colegios paralizados que con la mayor insensatez enumeraba el tipo cada tarde. A los niños se les cerraron las aulas de clase “hasta que Chávez se vaya”. La inapelable derrota de ese sector golpista de la educación permitió abrir las puertas de los institutos educativos y garantizar el derecho al estudio de los infantes y jóvenes venezolanos. Los padres, representantes y el pueblo venezolano deberían neutralizar a los talibanes y fanáticos que siguen realengos por ahí.

En el nivel superior, un grupo de ex rectores ha salido de las catacumbas de la cuarta república a pescar en río revuelto. En nombre de la autonomía que sus partidos políticos –AD y COPEI- vulneraron y conculcaron incluso militarmente, retornan para ver si pueden recuperar privilegios perdidos. Razones y sobre todo intereses les sobran para defender la vieja y mineralizada universidad, esa institución conservadora que desde 1958 ha sido incapaz de renovarse y sintonizarse con las transformaciones que reclama el país.

La universidad, durante décadas, fue convertida por estos grupos en un archipiélago de “ismos” que se repartió la institución política, económica y académicamente. Siguen allí, drenando y vegetando, reacios a los cambios, con un claustro inmutable y cautivo merced a un sistema electoral caduco, excluyente y propicio para negociar cargos y prebendas en una segunda vuelta que se dirime en hoteles y quintas entre gallos y media noche. Allí se practica el canibalismo político y académico. Los jefes de los “ismos”, por un cargo allá, descauartizan a alguien de su propia fórmula aquí. “Yo apoyo a tu grupo para tal vicerrectorado, si tú sacrificas a tu candidato a secretario por el nuestro”. Así han manejado la autonomía universitaria los que hoy pegan berridos por ella. Son las vacas sagradas que temen perder sus becerros de plata y vellocinos de oro.

Los comerciantes de la educación privada, junto a las mediocridades consagradas y nulidades engreídas de la universidad pública, ven en las reformas planteadas la oportunidad para “recalentar la calle”. Hacen foros para escucharse ellos mismos, envían “propaganda negra” vía Internet con el fin de atemorizar a padres y representantes desinformados y, por supuesto, recurren al sensacionalismo mediático que tanto les sirvió (y al final no les sirvió de nada) durante el golpe de abril, el sabotaje petrolero y la guarimba criminal. El objetivo va más allá de la educación y apunta, con terquedad suicida, a reactivar la conspiración contra el gobierno constitucional del presidente Chávez. En esta materia son reincidentes y por repetir el mismo esquema que ya reprobaron, pueden estar seguros de que nuevamente serán raspados y sin derecho a reparación.






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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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