Artículo en respuesta a Mosonyi

Más sobre la afrodescendencia

No es agnostofilia, como dijo el respetado antropólogo Esteban Emilio Mosonyi al tratar de descalificar mis apreciaciones sobre el tema de la afrodescendencia, que difieren notablemente de las suyas. No es un problema de mi ignorancia en la materia, se trata de análisis diferentes que no tienen por qué inquietar a ningún antropólogo ni sacarlo de sus cabales. Son muchos quienes denuncian la utilización del movimiento afrodescendiente y de las etnias aborígenes contra la unidad de nuestras naciones hispanoamericanas. Alguna razón motiva a organizaciones no gubernamentales de EEUU, a asumir la representación de nuestros aborígenes y exigir se les otorgue enclaves territoriales autónomos en los países que habitan, en los que no existiría la jurisdicción de los estados involucrados, por lo que significarían la creación de nuevas naciones.

Algún interés lleva a la OIT y a la ONU, que están muy lejos de ser organizaciones humanitarias, a respaldar sin titubeos estas exigencias, lo que debería llamar la atención de quienes, siendo “revolucionarios” y expertos, respaldan las demandas de estos organismos. Muchas veces, cegados por nuestros amores y solidaridades, no vemos los peligros que se esconden detrás de posturas anti históricas, como la que considera más importante la herencia cultural africana de nuestros negros que su legado venezolano y caribeño. En su escrito, Mosonyi termina coincidiendo con nuestra posición, al afirmar que la venezolanidad “emergió (..) justamente a base de todos sus componentes poblacionales”, entre los que el grupo señalado (afrodescendiente) ocupa un lugar importante. Reconocer sus aportes no tiene por qué implicar oponerlos y enfrentarlos a la “síntesis” de la que forman parte, es decir a la venezolanidad y, menos aún, cuando esta separación no garantiza el objetivo perseguido de terminar con falsas o reales discriminaciones.

Así,  llamar “afrodescendientes” a los negros no va a acabar con la discriminación de éstos ni terminará con el menosprecio de sus aportes culturales, denunciado por Mosonyi, de “cierta historiografía elitesca”. Términos inicialmente no peyorativos pueden transformarse en despectivos con su uso continuado, lo que también puede ocurrir en sentido inverso, pero estos cambios sutiles del significado de las palabras atañen a situaciones sociales reales, que el lenguaje expresa y que no se eliminan simplemente cambiando unas palabras por otras. 

Mosonyi afirma que debo tener, como profesor, intelectual y ex -rector, una formación elemental sobre las nuevas realidades de las disciplinas, ya que soy un investigador que ha “desempeñado papeles de crucial importancia” universitaria. Nuevamente me dice ignorante, lo que no me va a distraer del hilo conductor de mi argumentación. Precisamente por las razones señaladas por el camarada, no puedo encandilarme ante los destellos producidos por los nuevos creadores de las ciencias sociales, sin ponerle atención a sus verdaderas intenciones y ser capaz de analizar sus propuestas, tal y como las ciencias nos enseñan, en lugar de tomarlos como nuevos dogmas irrefutables. Además, no soy el único que desafía a la nueva “doctrina antropológica” mundial, lo que debería por lo menos llamar a la reflexión a quienes se amparan en estas nuevas interpretaciones.

No hay nada “monstruoso” en referir los hechos históricos como ocurrieron, en lugar de sublimar o condenar, con criterios éticos y morales actuales, las acciones de los pueblos en períodos muy anteriores a los actuales. Hacerlo, nos haría caer en la errada visión de los conquistadores en relación a los pueblos indígenas encontrados, quienes los analizaban con sus criterios morales y religiosos. Los egipcios son africanos, aunque no son negros por cierto, y todos conocemos el brutal sometimiento ejercido por el antiguo Egipto sobre los pueblos vecinos y los numerosos esclavos que perecieron en la construcción de sus grandes edificaciones; señalar esta verdad no significa ninguna posición racista contra el Egipto actual. Otro tanto podríamos decir del imperio romano sin que significara ninguna monstruosidad respecto a los italianos de hoy día.

Es inentendible esta posición en alguien considerado como uno de nuestros mejores antropólogos investigadores. De hecho, quienes consideran a los colonialistas españoles, portugueses, ingleses, italianos, holandeses, franceses, como unas bestias sedientas de la sangre de los pueblos colonizados, estarían cometiendo la “monstruosidad” que Mosonyi me achaca, pues estarían caracterizando a todos los habitantes de un continente, en este caso Europa, como “seres sin ética, sin misericordia y sin un rastro de humanidad”. Pareciera que el eurocentrismo se quiere sustituir por el afrocentrismo; un centrismo por otro, unas segregaciones y discriminaciones por otras, un racismo por otro.    

Mosonyi utiliza en la discusión un método que no imaginé nunca podría utilizar, al poner en mis escritos afirmaciones y señalamientos no dichos por mí. Jamás he señalado que todos los africanos son malos y fratricidas; he afirmado que las diferencias de clase existentes en las sociedades africanas negras de hace 500 años llevaban a quienes dominaban, una minoría como en todas partes, a no considerar como hermanos a los dominados, quienes eran gente de sus propias comunidades. Esto es algo común en las sociedades primitivas. Los jefes de las organizaciones sociales existentes (no utilizo el término “tribu” para evitar una excomunión) vendieron a los esclavistas a sus hermanos; los vendidos eran pueblo llano y no “seres malvados y bestiales”, como dice Mosonyi yo afirmo. Recurrir a estas formas fraudulentas de discutir es lamentable y propio de quienes carecen de argumentos, que no es el caso de Mosonyi. El intercambio podría hacerse respetuosamente.  

De nuevo se falsea mi posición, en este caso sobre la cultura hispánica, al esconder que lo que he hecho es enfrentar posiciones absurdas de cierta gente que pretende negar la influencia española en la génesis de nuestra nación. En esas discusiones he tenido, por supuesto, que reivindicar el idioma castellano, pues es en este idioma que nos comunicamos y nos abstraemos los venezolanos. Tengo que reivindicar la lectoescritura española, pues es la que utilizamos. ¿O es que esta discusión la estamos dando en inglés, o en algún idioma africano o aborigen? No existe en mis escritos ningún desprecio hacia ninguna manifestación cultural africana. Contrariamente, reivindico esa cultura y a los negros y lo digo directamente sin ocultarme detrás de eufemismos anglosajones. 

Si como Mosonyi dice “muchos afrodescendientes son mestizos, mulatos o casi blancos”, entonces podríamos decir lo mismo de los “hispano descendientes”, pues muchos son también morenos, blancos, mestizos y mulatos. Este argumento lo que hace es confirmar la tesis de la inexistencia de afrodescendientes o hispanodescendientes, con excepción de los hijos de alguien que hubiere llegado al país en las últimas décadas y no haya participado en la formación de nuestra nacionalidad.

Lo que existen son venezolanos, que descienden de otros venezolanos. Los criollos (hijos americanos de los españoles colonizadores), aunque iguales genéticamente que sus padres, ya eran distintos de los mismos por haber nacido en las colonias. Por eso José Martí dijo que el primer enemigo del español colonizador era el criollo, es decir su propio hijo. Los intereses comienzan a cambiar y a necesariamente enfrentarlos antagónicamente con el correr del tiempo.

No me tienen que convencer de la importancia de la cultura negra, pues siempre he mantenido que lo es. Me opongo sí a la utilización de un término importado que, lejos de enaltecer dicha cultura, la esconde vergonzantemente. Insisto en que los problemas de nuestra sociedad son de clase social y no de diferencias étnicas. Esto no significa que no haya elementos de discriminación racial en nuestra sociedad; los absolutos parecen existir sólo en la física.

Elementos racistas encontramos en Cuba, mucho mayores que en Venezuela; la población negra estadounidense (afrodescendiente) discrimina a la población latina, principalmente a los “chicanos”; en Venezuela el presidente es “afrodescendiente” y es adorado por una gran cantidad de venezolanos negros, morenos, blancos, casi blancos, amarillos y aceitunos. Quienes lo odian no lo hacen por el color de su piel, sino por considerar que está al servicio de determinados intereses de clase contrarios a los de ellos.     

Sobre la opinión de visitantes africanos y caribeños, que afirman que en el país se discrimina racialmente, sólo digo que vivo en Venezuela desde hace 66 años, cuando nací en la Maternidad Concepción Palacios; viví primero de Castillito a Termópilas en Lídice, luego en el Cementerio, en Prado de María y La Pastora. Conozco muy bien a mi país, a través de lecturas y por contacto directo, por lo que no necesito que ningún extraño, turista o curioso, me venga a enseñar sobre nuestro supuesto comportamiento racista, al que además ya me he referido.

Nunca he dicho que la diversidad sociocultural sea en sí misma un factor de división, aunque puede ser manipulada en ese sentido por intereses extraños a nuestra patria. Es mi obligación decirlo si así lo pienso. No estoy dispuesto a callar independientemente de las acusaciones que me hagan. Siempre reivindicaré el derecho de la gente a expresar sus opiniones en forma respetuosa y argumentada.  

lft3003@yahoo.com



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Luis Fuenmayor Toro


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