¿Entregó Bolivar a Miranda?

Contra Bolívar las oligarquías Peruanas, Bogotanas y no pocas y pocos cagatintas venezolanos se han encargado de difundir por todos los medios la falaz especie de que Bolívar entregó Miranda a los españoles.  

Que lo hayan hecho las miserables oligarquías mencionadas se explica, porque la lucha revolucionaria  encabezada por El Libertador golpeó y  mermó de manera muy significativa los obscenos privilegios de los cuales disfrutaban estos sectores. Pero que sean plumíferos venezolanos –al menos nacidos en estas tierras- que en los últimos tiempos se hayan esforzados en convalidar y difundir esa despreciable infamia es algo que debe merecer el repudio y el desprecio de todos los venezolanos de verdad. 

   Entre quienes más destacadamente militan en esta vil campaña contra Bolívar se encuentra una seudo-historiadora zuliana quien, para exaltar la figura de Miranda, no encontró una mejor manera de hacerlo que enlodar el nombre de nuestro máximo héroe. Esta señora llegó a decir, además de la calumnia ya mencionada, que la participación de Miranda en la reunión de la Sociedad Patriótica que se celebró un día antes de la declaración de la independencia, fue decisiva para que en la sesión del Congreso del día siguiente se hiciera ese pronunciamiento. Olvidando deliberadamente que fueron aquellas palabras de Bolívar, pronunciadas con la sublime exaltación de los predestinados, lo que finalmente inclinó la balanza a favor de la declaración. Y fue así, porque hasta ese momento las opiniones de quienes integraban aquel cónclave estaban divididas entre quienes se mostraban a favor de una declaración inmediata de independencia y los que eran partidarios de aplazarla, sosteniendo estos últimos para fundamentar sus posiciones, que el proyecto de independentista debía realizarse con la calma que demandan las grandes empresas. Aunque también había otros que sostenían que la independencia no haría otra cosa que abrir las compuertas a la anarquía y el caos. Pero veamos lo que en torno de este episodio nos narra Indalecio Liévano Aguirre, historiador colombiano, para vergüenza e INRI de Pino Iturrieta y demás conmilitones de la Academia de la Anti-historia, nacidos en mala hora en nuestro país. 

“…El éxito alcanzado por tales argumentos contrarios a la independencia, desde un principio convenció a Bolívar de que sólo una poderosa presión de la opinión pública, de esa opinión pública bullanguera y deliberante que asistía a las sesiones de la Sociedad Patriótica, podría romper el peligroso equilibrio –empate- de fuerzas formado en el congreso, en cuya desesperante estabilidad la emancipación venezolana se encontraba a punto de perecer. La noche del 3 de julio se presentó en la Sociedad Patriótica, dominado todavía por la contrariedad que le causaron los incidentes ocurridos en la sesión de esa tarde del Congreso, en la cual no se pudo llegar a ninguna solución favorable, y, en cambio, se formularon acerbas críticas a la Sociedad Patriótica, acusándola de querer convertirse abusivamente en un segundo Congreso. 

   Embriagado por su propia exaltación revolucionaria -continúa diciéndonos el ilustre historiador colombiano- se puso en pie en medio del tumulto que caracterizaba esa noche el debate de la Sociedad Patriótica y, con voz firme, pidió la palabra. Bolívar contaba entonces con veintiocho años; su antigua nerviosidad era ahora exaltación; en su rostro se habían hecho más definidas las líneas afirmativas de su carácter. “No es que haya dos congresos –dijo Bolívar con voz sonora que acalló los murmullos del salón-. ¿Cómo podrían fomentar el cisma y la división los que más conocen le necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa sesión sea efectiva para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es traición.  

   Estas frases en las que se mezclaban el acento convincente con la llama de la pasión  íntima, lograron instantáneamente atraer la atención de la concurrencia hacia Bolívar, a quien en ese recinto se veía siempre con simpatía, porque sabía excitar sabiamente las pasiones populares: “Se discute en el Congreso Nacional –continuó- lo que ya debiera estar decidido. Y, ¿qué dicen? Que debemos comenzar por una confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma. ¿Es que acaso trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?”. 

   Una estruendosa ovación fue la respuesta a estas interrogantes lanzadas en aquel recinto en cuya atmósfera, cargada de electricidad, se estaban engendrando las fuerzas desencadenadas de la tormenta revolucionaria. Bolívar sintió que el auditorio estaba dominado y, sin vacilar se adelantó a proponer una decisión que tendría una importancia superior a la que él mismo imaginaba: “la Sociedad Patriótica respeta como debe –dijo- al Congreso de la Nación; pero el Congreso de la Nación debe oír la Sociedad Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es sucumbir. Propongo que una comisión de este cuerpo vaya allá y exponga estos sentimientos

   Después de conocer estos hechos, no sé como puede haber nadie, como lo h izo la mencionada historiadora, que pueda afirmar que la participación de Miranda en las deliberaciones de Sociedad Patriótica, fue decisiva para la adopción de decisiones que esa junta tomó en obsequio de la independencia. 

   Por otra parte, señora historiadora, está lo que representa más que una terrible infamia, una grosera obscenidad contra la venerable memoria de Bolívar y contra su inmarcesible gloria. Me refiero, por supuesto, a que el Libertador supuestamente entregó Miranda a los españoles. 

   Ahora, quienes repiten y se hacen eco de esta calumnia soez, como es su caso, no deben limitarse sólo a divulgarla de una manera tan escueta como se hace, sino también debían suministrar, para inspirar un mínimo de credibilidad, mayores datos sobre el asunto; decir, por ejemplo, en qué circunstancias se produjo la entrega. Decir, si fue el propio Libertador quien la realizó o si la hizo a través de interpuestas personas, porque un hecho de tanta significación como esa, que pone en juego la reputación de uno de los más grandes hombres –si no el más grande- que ha parido la tierra, no podía quedarse constreñido a los estrechos límites de sus protagonistas, sino que, por el contrario, debió trascender hasta sus más ínfimos detalles.  

   A este humilde escribidor, francamente, se le hace muy difícil imaginar a Bolívar tragándose su orgullo y su amor propio, el alto concepto que él tenía del honor y la dignidad y llevar preso a Miranda para entregárselo a su mortal enemigo, que para ese momento no era otro que Monteverde. No concibo a Bolívar llegar hasta donde se encontraba el militar español y decirle:

   -Mire, mi general, aquí le traigo a este sujeto que con tanto afán andan buscando. Y se lo traigo, para ahorrarles las desagradables molestias que les está causando su búsqueda-. Decir esto, y después marcharse tan campante a sus cuarteles para seguir combatiendo a los españoles, sólo lo pueden creer los degenerados follones, los repugnantes gargajos de la Academia de la Historia. Estos sujetos son tan depravados y tan carentes de escrúpulos, que son capaces de hablar mal hasta de lo más sagrado si le pagaran para eso. Y en cuanto a la otra posibilidad que había  de poner al precursor en manos de los realistas, y que consistía en enviárselo a Monteverde mediante unos subalternos, tampoco esa posibilidad, repito, era factible.. Por cuanto quienes se encargarían de enviar y entregar al prócer sabían que ellos, al igual que le hubiera pasado a Bolívar, también quedarían detenidos. Además, Bolívar no tenía ninguna autoridad para tomar una decisión de entregar a nadie, porque el rango de coronel que ostentaba no le confería esa autoridad.  

   Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos relacionados con la detención y posterior entrega de Miranda a los insurrectos peninsulares? Para saberlo tenemos que darle nuevamente la palabra a Indalecio Liévano Aguirre.      

  El día 13 de julio ocurrió un acontecimiento –escribe el historiador- que aumentó el pesimismo del generalísimo; los esclavos negros del valle de Barlovento se revelaron y, al grito de ¡Viva el rey! se pusieron en marcha hacia Caracas, incendiando las haciendas, quemando las plantaciones y asesinando cruelmente a los blancos. Miranda decidió entonces dar el más triste paso de su vida pública ya meditado anteriormente (…), pero que sólo ahora se atrevía a llevar hasta sus últimas consecuencias: se reunió con Francisco Espejo, Germán Roscio, el general José Sata y Bussy, Francisco Antonio Paul, y después de mostrarle la gravedad de la situación les encareció la conveniencia de proponer un armisticio como venía aconsejándoselo el marqués de Casa y León. 

   Al recibir de Monteverde una contestación que incluía las condiciones más difíciles de aceptar para un general de su categoría, tras una serie de notas en las que lamentablemente claudicaba, Miranda aceptó el armisticio como el jefe español lo deseaba, y cuyos términos y bajo su responsabilidad mantuvo en secreto hasta última hora, dando pie para que sus numerosos enemigos y muy especialmente la oficialidad del ejército patriota, pensaran, cuando se conoció la rendición, en la posibilidad de una traición. 

   Al grito de ¡No vendieron a Monteverde!, ocurrieron entonces numerosos pronunciamientos en los cuarteles para desconocer lo pactado. Miranda logró dominar el descontento y, después de ordenar al comandante de Caracas la entrega de la ciudad (…) mandó trasladar su equipaje y sus libros a bordo del bergantín Zafiro, anclado en el puerto de la Guaira. 

   El hecho de que Miranda se preparaba a salir del país –continúa diciendo el historiador- produjo una general alarma entre los patriotas reunidos en la Guaira, y la creencia de que el armisticio sí envolvía una traición pareció comprobada por este hecho. Por eso, la misma noche de su llegada a la Guaira, un grupo de oficiales venezolanos, a la cabeza de los cuales figuraba Bolívar (…) se puso en contacto con el comandante militar coronel Manuel María Casas, y acordaron detener a Miranda para ponerle el castigo correspondiente”. 

   Después de haber sido arrestado Miranda en su residencia, momento en que pronunció  las célebres palabras de bochinche, bochinche, esta gente no sabe sino hacer bochinche, fue conducido y encerrado en las prisiones de la Guaira, y más tarde en las terribles mazmorras de Cádiz. 

   El 31 por la mañana, los autores del arresto de Miranda se reunieron con Casas para decidir la suerte del prisionero y estudiar la manera de escapar de Venezuela. Bolívar, quien ya no dudaba en atribuir el fracaso de la revolución a la conducta del generalísimo, propuso su inmediato fusilamiento. Entonces Casas, hasta ese momento de acuerdo con sus compañeros, les dijo francamente que en su calidad de comandante de la Guaira no entregaría al prisionero sino a las autoridades españolas y a ellos no les permitiría salir de Venezuela, para dar así cumplida ejecución al armisticios

   Así fue como Miranda llegó a manos de los españoles, entregado no por Bolívar, como se complacen en decir sus patéticos detractores sino por Casas, comandante de la Guaira.. Pero así también fue el triste final de la primera República.     

alfredoschmilinsky@hotmail.com



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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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