Tristeza cachaca

En un largo lamento vallenato se han hundido aquellos que soñaban con una guerra entre Colombia y Venezuela. Les revienta que la sangre no haya llegado al río, ni al Orinoco ni al Magdalena. Si no la guerra, calculaban que la agudización y prolongación del conflicto se llevaría en su vorágine al gobierno de Hugo Chávez Frías. El pensamiento inmediatista, el síndrome de confundir sus deseos con la realidad, les ha mostrado una vez más los dientes del fracaso. Pero estos tipos son duros de aprender. No hay manera.

El comunicado del Palacio de Nariño es la disculpa que exigía Venezuela y el reconocimiento de la comisión de un acto ilícito a la luz del derecho internacional. Los eufemismos en que está envuelto el remitido importan poco. El señor Álvaro Uribe ha quedado muy mal parado ante sus connacionales. No sólo hizo sufrir a las poblaciones fronterizas de su país y le causó un grave daño a su economía, sino que los colombianos ahora lo ven como un peón de brega de Estado Unidos. En lo que a política interna se refiere, quedó pagando. Y sus adversarios, no lo duden, cobrarán.

Otro perdedor ha sido Estados Unidos, por metiche. Los precipitados pronunciamientos de la Casa Blanca a favor de Colombia, más que ayudar, perjudicaron la posición neogranadina. En su intención de aislar a Venezuela, fue el imperio el que terminó como un ánima sola. La Comunidad Andina de Naciones condenó su intervención en el problema y reivindicó el carácter bilateral del mismo. Desde el otro lado del Atlántico, la Unión Europea se pronunció en igual sentido. Doña Condoleezza Rice se estrenó mal, muy mal.

Volviendo a los cachacos de la Plaza Altamira y las guarimbas, del golpe de abril y el paro petrolero, de nuevo dejan al desnudo su limitado cuociente intelectual, por lo menos en materia política. La posición pro-colombiana que asumieron (o pro-Uribe o pro-yanqui), nada más que por puro antichavismo, les enajenó buena parte del poco apoyo que les quedaba. Una vez más le pusieron en bandeja de plata un contundente triunfo político al comandante Chávez. Yo estoy por creer que estos escuálidos talibanes son chavistas aunque no lo sepan y lo detesten. El cisne negro se apoderó de sus cerebros, e insaciable, se deleita succionándoles los sesos, si les queda.

En materia de soberanía nacional, si no quieres favorecer a Chávez, el silencio es mejor. Pero no es fácil cerrar el pico cuando se tiene una obsesión. Esta gente ve la caída del Presidente en cualquier cosa, desde el derrumbe de un rancho, la huelga de los presos, la revuelta de los buhoneros o la avería de un semáforo. Algo de más envergadura como la reciente crisis colombo-venezolano elevó su obsesión hasta el paroxismo. Oyeron los claros clarines del US Army. Imaginaron marines descolgándose por el teleférico hasta la estación de Maripérez. Soñaron con un remozado y atrevido Pedro Carmona retirando el retrato del Libertador Simón Bolívar del Salón Ayacucho de Miraflores. Saludaron el retorno de un sonriente Charles Shapiro y la reposición de la pieza cómica de la señora Colomina.

Las aguas de las relaciones entre Colombia y Venezuela volvieron a su cauce. Los que viven en las fronteras, de ambos lados, están felices. El increíble señor Uribe, de historia algo más que triste, en el comunicado de su gobierno se compromete a no volver a hacerlo. Al Departamento de Estado de Estados Unidos medio mundo le cayó encima. El presidente Chávez ha obtenido una contundente victoria política y diplomática. La consigna “Venezuela se respeta” no resultó letra muerta. La tristeza cachaca es la alegría de todo el pueblo venezolano y, no lo duden, también del colombiano. Vea usted.


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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